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De pasiones, amores y odios

Federico Urtaza

De pasiones, amores y odios

Los hábitos rigen nuestra vida, aunque por inercia nos repetimos que estamos dispuestos (¿de veras?) a hacer de todo para romper el cerco de la rutina. Y es que los hábitos nos ayudan a situarnos en un mundo que por definición escapa de nuestro control, nos ayudan a encontrar una dimensión ilusoria en donde todo tiene orden, sentido, coherencia.

Así, bajo la apariencia de racionalidad de las costumbres rigurosas, sea en comunidad o en soledad, nos acogemos a la seguridad de lo conocido, de lo cierto, tangible y comprensible. Nos dicen los neuropsicólogos, gracias a sus experimentos que no son sino repeticiones que buscan la confirmación o la negación de sus hipótesis, que en la regiones primigenias que sobreviven en nuestros evolucionados cerebros de humanos prevalecen los patrones, aquellos que nos permiten reconocer lo inusitado en el entorno de lo habitual, nada menos que para sentir miedo ante cualquier anormalidad que pueda implicar una amenaza.

Podemos decir, entonces, que hay una zona donde lo racional y lo irracional se sobreponen, se mezclan e interactúan; como en las pasiones, a las que encontramos un fondo de justificación y desplegamos casi sin control alguno. Por otra parte, en las pasiones que son la estructuración de los sentimientos y las emociones con una pizca de razones, nos permiten también definir lo que hay de personal en nuestra experiencia como miembros de una colectividad. Las pasiones, en cada uno, se manifiestan (al igual que los pecados y las virtudes) con diversa intensidad, pero en lo individual y en lo colectivo son la parte esencial de nuestra humanidad, lo que nos define en el proceso civilizatorio que llamamos cultura y que nos recuerda qué tan lejos (o cerca) estamos de esa naturalidad animal que caracterizaba  a nuestros remotos antepasados.

Así, en las pasiones encontramos lo que más tememos y lo que más anhelamos; en las pasiones encontramos la fuente y el río de lo que amamos y de lo que odiamos; y, por cierto, no es raro encontrar (como la sabiduría de lo cotidiano nos reitera) que la frontera entre el amor y el odio es prácticamente indiscernible, como si formaran parte de un ente convexo y cóncavo.

En lo que amamos y en lo que odiamos, nuestras filias y nuestras fobias por decirlo de otra manera, decidimos que está lo que nos da identidad y la fortalece, y lo que nos amenaza y por ende intimida; en nuestros amores y nuestros odios están los polos entre los que se desarrolla nuestra lucha por la supervivencia, asumiendo que sabiéndolo o no, entendiéndolo o no, aceptándolo o no, como organismos los individuos y como especie en lo colectivo, nacemos destinados a morir.

En lo que amamos y en lo que odiamos está nuestro afán de perdurar y nuestro temor a desaparecer. Viéndolo así, amamos lo que asegura nuestra presencia en la Memoria y odiamos lo que nos expone al Olvido.

En lo esencial de las pasiones encontramos motivaciones, justificaciones y hasta pretextos; aquello que amamos desde el ejercicio de las pasiones nos ratifica y nos reivindica, le da sentido a lo que hacemos y esto define, a la larga, quienes somos.

Ahora bien, el asunto nos lleva a plantearnos la duda sobre si cualquier pasión nos redime o nos pierde.

Como en todo lo que tiene que ver con la experiencia humana, hay mucho de ilusorio; ¿qué es la realidad, que no lo es y sin embargo lo aceptamos como tal?

Habrá quien ancle sus pasiones en la banalidad y uno puede apostar que su trascendencia será igualmente endeble y provisional; habrá quien considere que sus pasiones se identifican con grandes pensamientos y elocuentes palabras, pero al igual que en la banalidad, si no hay un hallazgo auténtico de lo Real, se pierde el sentido y la orientación y se queda uno a merced del Olvido, de la Nada.

Aunque las pasiones sean esa rara mezcla de razón y sinrazón, por ello son la esencia de la experiencia humana, de la lucha del hombre por entender su vida y entenderse en el Mundo.

Uno puede amar una quimera o aterrorizarse por una sombra, pero sin duda tarde o temprano debe elegir entre vivir y esfumarse en la irrealidad o vivir y morir en la realidad… Como hacen los héroes, según nos enseñan la Ilíada y la Odisea, por dar un ejemplo.

En fin, amamos y odiamos de manera dispareja; somos amantes y enemigos inconstantes. Pero en el fondo, aquello que nos apasiona, para bien o para mal, tarde o temprano, sale cuando tiene que salir, cuando queremos darle la cara a la realidad.

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