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De yagos y otelos

Dante Alejandro Velázquez

De yagos y otelos

Nadie mejor que Otelo, el personaje de Shakespeare, para ilustrar esa estremecedora dualidad que constituyen el amor y el odio, emociones en apariencia opuestas pero que se alimentan una de la otra. Al final de la tragedia, el desdichado moro estranguló por celos a Desdémona y luego se hirió, decretando su muerte con estas palabras: “esposa mía, quise besarte antes de morir. Ahora te beso y muero al besarte”.

Ahora que el 2013 se despide, es momento de darle un beso de gracia igual al de Otelo, pues nos deja un costal de amarguras y dulzuras, las cuales habrán de saldarse sin rencor ni apego para dar paso a un rebosante 2014. Como cada año, durante estos días se vienen en avalancha verbos como recordar, recapitular, abandonar, olvidar, cambiar y prometer, los cuales son evidencia de que la historia es cíclica y necesita pausas antes de seguir haciendo de las suyas. Hay quien hasta redacta listas de propósitos o “buenos” deseos que terminan como chatarra en menos de lo que canta un gallo.

Y aunque el cambio de año no es más que un asunto conceptual, no deja uno de arrastrarse por esa avalancha de recuentos. El beso de gracia para el 2013 llevará una dosis de odio en la saliva, pues vivimos un tiempo enrarecido por los horrores de la violencia. Fue un año sitiado en todas partes: por el espionaje norteamericano, las barricadas, los enunciados y consignas que se suprimieron con cárcel y algunas reformas semejantes a un plan malévolo inimaginable para el mismo Yago. Año enrojecido por una violencia sistemática que no vislumbra un remedio cercano. Si en algún tiempo tenía refugio en la ficción, ahora es cercana y hasta llega a tocarnos en lo personal. Los ajustes de cuentas, los autogobiernos, los desaparecidos, el narcotráfico empoderado del país y toda una secuela de crímenes que permanecieron como una enfermedad.

Y para terminar de ser fatalista, hay que sumar a esos enormes yagos lucubrando en la penumbra, aquellos que pueden decidir sobre la mayoría y saben reclinarse ante el poder internacional: los dueños del aire mexicano (que ya son también los señores del futbol) y los tejedores de la política, algunos de los cuales terminarán dentro de poco tiempo como asesores de grandes corporativos energéticos o socios en alguna empresa “prometedora”.

Sin embargo, el malévolo Yago no sólo proyectó cuidadosamente la caída de Otelo, sino que guardaba un callado deseo por Desdémona. Esperamos que la oscuridad se ablande y mantengamos un voto de esperanza hacia nuestros gobiernos, a pesar de sus contradicciones. Hace días, por ejemplo, me preguntaba si todos esos diplomáticos que acudieron mansamente al funeral de Mandela lo hubieran respaldado en su tiempo de activista. No es descabellado pensar que habrían sido sus más férreos enemigos.

Por su parte, los amores del 2013 se construyeron abajo y en silencio, en las causas pequeñas que viven al margen de las decisiones macroeconómicas. Sobrevivieron la poesía y sus frutos, los empeños del arte y el trabajo hormiga de las redes sociales, frente a los grandes medios de comunicación, cuyo fin se resume en la rentabilidad monetaria. Los medios de comunicación regionales fueron también un cedazo ante ese aparato económico y se abrieron a voces diversas.

Aún nos queda la esperanza, la fidelidad desdemoniana ante un futuro indescifrable. Indicadores de lo que nos espera a corto o mediano plazo son el (¿aterrador?) saludo entre Obama y Raúl Castro, las contradicciones de Putin y la avanzada comercial de China. En el plano local se vienen tiernas alzas a productos y servicios, nada equitativas con el 3.9% de incremento al salario mínimo, así como la puesta en marcha de las multicitadas reformas.

El 2013, en resumen, tuvo los claroscuros de cualquier año, pero se recrudecieron las diferencias sociales y parece que este mundo no termina por enderezar su tragedia. Esperemos, entonces, que venga el beso y una nueva luz encienda este horizonte de complejidades.

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