viernes. 24.09.2021
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54 MUJERES [III]

Aretha Franklin (13 y 14 de enero de 1972) • José Luis Justes Amador

José Luis Justes Amador
Aretha Franklin en su concierto Amazing Grace - Fotogramas de la película
Aretha Franklin en su concierto Amazing Grace - Fotogramas de la película
Aretha Franklin (13 y 14 de enero de 1972) • José Luis Justes Amador


La Capilla Sixtina del góspel moderno. (Jerry Wexler)

 

Algún crítico ha llegado a escribir que “Amazing Grace es uno de los jalones más importantes en la carrera de Aretha Franklin. Lo que quiere decir ‘de la historia de la música pop’, sin exagerar”. Más allá de la exageración, la afirmación es cierta. El disco comienza con un solo nombre, con el anuncio que hace el reverendo James Cleveland de “miss Aretha Franklin”; el documental es más concreto aún: “la mujer a la que todos estábamos esperando que cantara. Puede cantar lo que sea. Lo que sea. Mi hermana, miss Aretha Franklin”. Lo que sigue es la hora y media, minutos más en el documental minutos menos en el disco, en que más cerca ha estado Dios (exista o no exista) de un micrófono.
 


 

Aretha tenía en 1972, además de la merecidísima fama, cinco Grammys y once singles consecutivos con número uno en las listas.  Podría haber hecho lo que quisiera y sus proyectos hubieran tenido el visto bueno de la discográfica, y Aretha prefirió volver a donde pertenecía, a la primera música que había cantado en su vida: el góspel. Y lo hizo en la New Temple Missionary Baptist Church en Los Angeles, rodeada de los mejores: su habitual banda de acompañamiento, el “rey del góspel” el reverendo James Cleveland y el excelente Southern California Community Choir. Entre el público, mayoritario, aunque no exclusivamente, negro y pobre estaba también la gran diva del género Clara Ward o su padre, “predicador de costumbres muy disipadas”, Clarence LaVaughn Franklin, que en un momento del concierto limpia el sudor de la cantante para que no se distraiga ni un segundo del piano y el canto.

El disco, publicado a mediados de aquel mismo año, es, ahora, el disco de góspel más vendido de toda la historia, y también de la más que amplia discografía, recopilatorios incluidos, de Aretha. Y, sin embargo, casi ninguno de los temas de este disco se encuentra entre los más citados o reproducidos de la gran dama del soul.

Tras la introducción, lo que sigue es una de las colecciones de canciones más espirituales que se hayan grabado jamás a las que, incluso, Aretha, siempre yendo y viniendo de la música profana a la religiosa o viceversa, añadió tres canciones no precisamente eclesiásticas:  el “You’ve got a friend” de Carole King, “Wholy Holy” de Marvin Gaye y la más conocida ahora futbolísticamente, “You’ll never walk alone”, de Rodgers y Hammerstein. El resto de los temas son espirituales populares, arreglados por el mismo reverendo Cleveland, o himnos espirituales entre los que destaca, sobre todo en la interpretación de este disco, el multiversioneado “Amazing Grace”.

Precisamente ese el tema que le da título al disco resume en sus diez minutos y cuarenta y ocho segundos todo el espíritu del disco. Tras una brevísima y sobria introducción al piano, el coro entra como una sola voz, preparando la entrada de la majestuosa garganta de Aretha, que nada más entonar las primeras palabras de la canción, arranca unos aplausos más de reconocimiento y respuesta que de admiración. La cantante aguanta y retuerce las notas como si fueran, que lo son, una oración que sale del alma (“soul”) y que se recita con todo el cuerpo, cuerdas vocales incluidas. A los tres minutos la comunidad, expresión más acertada en esta ocasión que público, comienza con gritos de ánimo, alabanza y respuesta a toda la energía de la cantante y la canción, el espíritu único del verdadero góspel moderno.

No hay, a pesar de ese momento glorioso, ni un solo segundo que desmerezca en todo el disco, impecable desde la presentación hasta su final simple “goodnight, Good bless you, thank you”. Un disco que más allá de su valor musical, que lo tiene y mucho, es, sobre todo, una demostración más de que tal vez, más allá de creencias o no, la música es lo más espiritual que tenemos. Es imposible no conmoverse y pensar que Aretha está diciendo la verdad cuando recita el salmo “El señor es mi pastor nada me faltará…”. Incluso las canciones laicas de este disco elevan el ¿alma? de quien lo escucha. Y, como con toda experiencia que vaya más allá del cuerpo y de lo físico, las palabras nunca serán suficiente. Sólo escucharlo es suficiente.

Años después llegaría a las pantallas el documental grabado simultáneamente al disco. Los años setenta fueron una época dorada para los conciertos grabados tanto en sonido como en imagen, para ser publicados tanto en disco como en película. The Song Remains the Same (1973) con Led Zeppelin, Gimme Shelter (1970) con los Rolling Stones o, por supuesto, The Last Waltz (1978) de Martin Scorsese con The Band como protagonistas, son —entre otros muchos– tres de las mejores muestras de esa época dorada. La historia del documental del concierto de Aretha es, sin embargo, bastante más accidentada que la de los tres citados.

Sydney Pollack, que aceptó nada más escuchar el nombre la cantante, se encargó de rodar el concierto, pero olvidó agregar claquetas, con lo cual fue imposible sincronizar imagen y sonido, lo que llevó a que el proyecto fuera cancelado y el material enterrado en un sótano de Warner. Una vez que se rescató y se editó la película, su estreno tuvo que ser pospuesto por una demanda interpuesta por la misma Aretha Franklin. No lograría estrenarse hasta 2018, apenas unos meses después de la muerte de la cantante.

Si el concierto ya resulta una experiencia casi religiosa, el documental, donde se pueden ver las reacciones de público y de los propios cantantes del coro, resulta una experiencia única que el crítico del New Yorker resumió diciendo “no lleve pañuelos; lleve una toalla”.

Mick Jagger, concierto de Aretha Franklin Amazing Grace, LA, 1972 - Michael DeChellis
 

PD: ¿Cómo llegaron los Rolling Stones a aceptar otras influencias de la música negra más allá del blues, como esas canciones de la cuarta cara del Exile on Main Street, especialmente “Shine a light”? “Fue una actuación realmente electrizante la que ofreció. Te ponía los pelos de punta”, fueron las palabras de uno de los pocos asistentes blancos al concierto, un Mick Jagger al que se puede ver brevemente en el documental, emocionado y palmeando al ritmo, con un atentísimo Charlie Watts sentado a su lado.
 

 

 

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