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El arte puro que surge de la llamada locura: Martín Ramírez

El arte puro que surge de la llamada locura: Martín Ramírez

Paisajes repletos de trazos que se repiten una y otra vez, trenes pasando por túneles sin saber a ciencia cierta si están entrando o saliendo. Vías de tren que parecen infinitas, la repetición de un gesto gráfico aparentando líneas sonoras de un eco que se extiende hasta los bordes del papel. Barcos a la deriva flotando sobre ondulaciones coloridas, venados, jinetes sobre caballos corpulentos, animales de campo, flores en forma de campanas o de cáliz, automóviles que parecen pequeños escarabajos y más túneles. Estas son solo algunas de las expresiones gráficas que podemos ver en la obra de Ramírez.

Martín Ramírez y Tarmo Pasto

Martín Ramírez fue un hombre al que le tocó nacer en 1895 en Rincón de Velázquez de Tepatitlán, Jalisco. Estos eran los pocos detalles biográficos confiables que se tenían acerca de su vida hasta hace poco. Fue internado en el Hospital psiquiátrico de Witt, donde permaneció hasta su muerte en 1960. Por sus dibujos, se podría deducir que en su otra vida creció rodeado de sembradíos, animales, plantas, jinetes y diosas, refiriéndome  a su otra vida como aquella que conoció antes de sufrir delirios paranoides y de perderse entre los laberintos de las calles de Los Ángeles y los recovecos de su mente.

Martín Ramírez | Charro

Ramírez era lavandero de oficio. Tenía una tierra, una casita de adobe y una familia, hasta que se decidió por emigrar a California con miras a mejorar su situación económica, como tantos otros de sus coterráneos. En California encontró  trabajo en las vías ferroviarias, donde se empleó como peón caminero. Como muchos mexicanos de esos tiempos, Ramírez era analfabeta y el lugar donde ahora habitaba era un sitio totalmente ajeno, donde no comprendía ni el idioma ni a los nativos, ya que él provenía de un entorno rural extremadamente conservador. Fue así como desistió de tratar de entender o de darse a entender, internándose en un completo mutismo. Su silencio, el ir y venir de los trenes diariamente, el rechazo constante, el trabajo arduo y monótono bajo el sol y la visión de las vías interminables, lo orillaron a entrar en un estado catatónico paranoide. Comenzó entonces a vagar por las calles de Los Ángeles, sumido en una profunda depresión y envuelto también en la gran crisis económica estadounidense de principios de los treintas. Así duró varios años, hasta que las autoridades lo recogieron en Pershing Square, sitio donde se refugiaban por entonces los marginados de toda índole.

Ramírez fue un caso curioso para el personal médico del hospital, y un pez grande para la investigación psicoanalítica; no mostraba señal alguna de querer comunicarse. Totalmente ensimismado, se pasaba la mayor parte del día bajo un pequeño escritorio de madera, como si se tratase de un animal asustado, dibujando en las paredes, en el piso o en pequeños trozos de papel que encontraba en la basura, utilizando cabos de lápiz o la punta de los fósforos de madera, creando trazos que eran ignorados, borrados o desechados casi de inmediato.

Martín RamírezRamírez mostraba claros síntomas de alucinaciones constantes, como lo dictaban sus archivos médicos, y trataron de “curarlo” aplicándole repetidas sesiones de electrochoques, tratamiento en boga por aquella época. Por suerte existió un médico con cierta sensibilidad artística que fijó su atención en sus trazos repetitivos e imágenes delirantes, proporcionándole el material necesario para que estas líneas dejaran de ser efímeras manchas en el piso del hospital. El doctor Tarmo Pasto era profesor de Psicopatología de la Universidad de Sacramento y se convirtió en el médico de Ramírez, coleccionando sus obras y proporcionándole papel de mejor calidad y lápices de colores, crayones y gises, y alentándolo constantemente a seguir trabajando.

Así fue como en 1971 Pasto presentó “el caso” durante un Congreso Mundial de Psiquiatría en el Centro Médico Nacional en la ciudad de México, exponiendo varios de sus dibujos, aunque ésta no era la primera vez que se exhibía su trabajo. En 1954 se había montado una muestra individual de Ramírez en el Colegio Mills, donde con anterioridad se habían realizado exposiciones individuales de Picasso, Chagall y Matisse.

Muchos consideran que el trabajo de Ramírez es una clara muestra del choque cultural y la impresión de la monstruosa modernidad estadounidense que él desconocía. Ramírez dejó a su familia en aquel pueblito cerca de Tonalá, en los Altos de Jalisco, convencido de que sus tierras habían sido destruidas y su esposa se había unido al ejército federal para luchar en contra de los cristeros, hechos que distaban mucho de ser ciertos. Sus imágenes son una especie de licuado entre lo que veía, lo que imaginaba y los recuerdos de su tierra distante, sus plazas y sus fiestas.  

Ahora bien, se podría analizar la obra de Ramírez desde la visión de un “loco”, pero eso no lograría profundizar en el entendimiento de la misma. Si me encontrara frente a frente con alguna obra de Ramírez sin conocer sus antecedentes, jamás pensaría que se trata de la obra de un enfermo mental, sino de una creación tremendamente honesta y fluida en sus trazos, con una absoluta lógica interna que cuenta con congruencia compositiva y un buen manejo de línea.

Es conocido que dentro de la psicosis paranoide la mayoría de las personas infiera que se trata de una elaboración atípica de la realidad, cuando no es así, ya que dentro de la mente de un paranoico hay congruencia total hasta en los mínimos detalles; de hecho, suelen resaltar aquéllos que se escapan a la vista de las personas con cánones que solemos describir como “normales”.

También es cierto que existe un amplísimo conjunto de obras realizadas por psicóticos en colecciones como la de Prinzhorn, que muestra más de 200 dibujos realizados por pacientes de centros psiquiátricos entre 1890 y 1920, o incluso el propio art brut o el más reciente art outsider, que hacen que el caso de Ramírez no sea uno aislado, pero sí único en su tipo, que reúne en su creación la cosmovisión de dos lugares tan distintos como lo fueron el pueblo del que provenía y la ciudad de Los Ángeles, como si se tratara de dos planetas lejanos para la época y el contexto en donde creció, y donde se fueron formando sus creencias, mitos y paisajes.

La obra de Ramírez se ha expuesto en diferentes partes del mundo como el Museo Guggenheim de Nueva York, el Museo de Bellas Artes de Berna en Suiza, Museo Nacional Reina Sofía en Madrid y Museo de Arte Setegaya de Tokio, con la desventaja de que el montaje realizado dotó a sus trabajos con algunas características que originalmente no poseían. Aún así, sus dibujos mantienen la esencia de una personalidad dotada de creatividad artística, que se dedicó de lleno a encontrar una manera de expresar el pensamiento de una mente disgregada, y que no entendía otra manera de comunicarse con el mundo que lo rodeaba. Ramírez realizó más de 450 dibujos encerrado en un psiquiátrico, lejos de las exposiciones, la fama, las entrevistas y el mercado del arte, lejos de todas las pretensiones de las que puede ser víctima cualquier artista que se jacte de serlo.

El mismo Octavio Paz dijo sobre la obra de Ramírez en el catálogo de la exposición “Arte Hispano”, del museo de Bellas Artes de Houston en 1987: “la tentación de ver en las obras de Ramírez un ejemplo más del arte de los psicóticos debe rechazarse inmediatamente, ya que estos dibujos no hacen pensar en los cuatro muros en que estaba encerrado, ni en las galerías de espejos de la paranoia. Son resurrecciones del mundo perdido de su pasado y son caminos secretos para llegar a otro lugar, desconocido para nosotros”.

Por desgracia la obra de Ramírez es más reconocida actualmente en Estados Unidos y en Europa que en México, a pesar de ser clasificado ya como uno de los  artistas más importantes del siglo XX.

Bibliografía: Arte y Psique de Teresa del Conde. Ediciones Plaza y Janés.

 
 
 
 
 
 
 

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