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Carlos Saura dialoga con Calderón de la Barca

Presenta 'El gran teatro del mundo' del 9 al 24 de marzo en la CDMX

Carlos Saura dialoga con Calderón de la Barca

México. “No, no miro a la cámara”, dice Carlos Saura (Huesca, España, 1932) al responder las preguntas de la prensa.
      ―Hazme la pregunta y yo te la respondo ―le explica a una joven que con cámara en mano titubea al lanzar la primera pregunta.
      Las circunstancias orillan a compartir los cuestionamientos, pero no las respuestas.
      Los micrófonos están prendidos, sin embargo, lejos de grabar las palabras del ahora director de teatro, se escucha cómo caen objetos del entarimado. Carlos Saura exhala una fuerte interjección de silencio. Parece estar molesto, pero aun así responde en buena lid. No deja de maravillarse por el recinto en el que se encuentra.
      ―Este conjunto de teatros que tienen aquí es verdaderamente insólita. ¡No es normal! ―dice acerca del Conjunto de Artes Escénicas de Guadalajara en su ya quinta entrevista consecutiva, varias de las cuales han sido con diferentes medios al mismo tiempo.

Primero la fotografía

Ana, su hija y manager desde hace ya algunos años, mete prisa por irse; pero el director no muestra velocidad, sus respuestas siguen siendo fluidas.
      Sigue hablando del recinto:
     ―No me importa qué banco sea ―menciona a propósito del patrocinador del inmueble―, este centro cultural es un ejemplo para que se repita no solamente aquí sino en España: un centro con esta categoría es fantástico…
      Para Carlos Saura, dirigir teatro “es una de las múltiples facetas que me apetece hacer”, porque también ha dirigido cine. Sin embargo, confiesa que lo que mejor le sale es la fotografía:
      ―Pero luego viene el movimiento ―dice―. Y ahí está el teatro, que todavía estoy aprendiendo. La ópera también.
      Llega finalmente el momento de que los micrófonos se apagan en definitiva (¡en un recinto tan alabado por Saura!)… y sólo queda una grabadora encendida: la de Notimex.
      ―¿Cuál papel habría recibido Carlos Saura si él hubiera sido un personaje de El gran teatro del mundo?
      ―¡El autor soberano! ―responde de forma inmediata y sin dudar, para luego reír.

El autor soberano

―De hecho, de alguna manera sí soy yo el Autor Soberano. Porque yo soy el que dirige toda la obra ―reflexiona mientras su hija espera sentada atrás de él mirando el reloj, asegurándose de que nadie más lo aborde.
      La versión libre de Saura amplía el espectro de la obra original, añadiendo al propio Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681, cuyo 420 aniversario natal acaba de cumplirse el pasado 17 de enero) como un personaje para que la pieza teatral quedara en un tercer plano, desde donde se pueda analizar con una perspectiva actual.
      Al respecto, el director agrega:
      ―La primera parte de la obra es interesante, porque el propio Calderón de la Barca aparece haciendo un ensayo. Eso es lo que me gusta a mí.

Liberar el contexto histórico

Carlos Aragón, el actor que interpreta al autor original de El gran teatro del mundo, anda de un lado al otro del escenario con un libro rojo, color que contrasta completamente con la paleta de cafés que pinta su atuendo.
     ―Tiene una obra escrita en su mano y está ensayando la obra ―explica Saura.
      Sin embargo, a pesar de ser Calderón de la Barca el autor del texto, es en la versión de Saura donde los personajes no se conforman con haber sido escritos:
      ―A veces no responden a lo que está en el guión; lo rectifican y le cambian cosas…
      Saura sonríe al explicar su visión de El gran teatro del mundo, porque sabe que indirectamente él forma parte de la historia que se está contando:
      ―Calderón de la Barca es el autor de toda la obra, pero es el primer Calderón el que mira su obra, donde al final estoy yo.
      El director dibuja tres líneas sobre las que se puede dividir la acción de su texto:
      ―Primero estoy yo, luego Calderón de la Barca y al final todos los demás ―donde incluye a los actores (más de nueve, entre los que se encuentran Carlos Aragón, Carolina Ramos, Denisse Corona, María Balam y Erandi Rojas).
      La prisa por irse desaparece: a Saura le entusiasma hablar de los distintos niveles de narración que formaron parte de su visión dramática cuando pensó en montar El gran teatro del mundo. La presencia de Calderón de la Barca responde a un impulso de libertad: libera al texto de su contexto histórico y lo pone a merced de una visión contemporánea.

La necesidad de protestar

―Calderón de la Barca está ahí ―explica el director español― para darle un sesgo, para poder partir de la libertad absoluta al hacer un ensayo; así podemos cambiar las cosas y que parezca una historia que transcurre más en el mundo contemporáneo, que salgan cosas más propias de nuestra época.
      De repente el entusiasmo se desvanece de tajo: una pregunta lo conduce a sitios que no le gusta tocar y, plenamente consciente, decide poner freno.
      ―Si todos somos parte del gran teatro del mundo, como usted mismo asegura, ¿de qué manera podemos protestar apegándonos a lo que usted acaba de escribir haciendo protestar a sus personajes?
      ―Eso es un tema político, eso lo dirán ustedes ―dice desviando la mirada, después de charlar todo el tiempo mirando a los ojos, no a las cámaras.
      Intenta cerrar diciendo:
      ―Para eso están las instituciones…
      Sin embargo, algo dentro suyo recuerda por qué decidió hacer que sus personajes se quejaran:
      ―Yo creo que hay que protestar para conseguir cosas mejores ―añade―, sobre todo si uno es pobre, para conseguir que no sea más pobre aún…
      Después de tantos años dirigiendo películas ―al grado de tener que preguntarle a su hija para recordar cuántos filmes ha realizado, pero aun así la cifra permanece en el misterio―, Carlos Saura reconoce que dirigir teatro no es muy distinto de lo otro:
      ―De hecho, es muy parecido.
      Pero, al hablar de cine, hace a un lado los musicales, que también forman parte de su obra como director:
     ―Eso es otra cosa donde trabajan muchas personas, no sólo yo; ahí hay bailarines, por ejemplo, yo sólo veo lo que tienen que hacer.
      Empero, cuando hace alguna película “hay una historia que hay que escribir, igual que en el teatro, por eso creo que son casi lo mismo: escribes un guión”.
      Reconoce, sin embargo, una diferencia sustancial:
      ―Cuando dirijo una película, casi siempre antes de rodar, verifico el espacio con la cámara para saber qué es lo que tengo que hacer, hacia dónde moverla. En cambio, en el teatro la representación es continua. El teatro es una especie de película, es algo a lo que ya estoy acostumbrado.

Asuntos religiosos

Siendo una obra concebida como autosacramental, Carlos Saura consiguió destilar todo lo relacionado con la religión:
      ―He tratado de quitarle muchísimos elementos religiosos concretos ―asegura.
      Sin embargo, tampoco le quita el sueño cómo la reciba el público, católico o no:
      ―Allá cada cual con su conciencia ―dice con seguridad―. Yo he escrito todo lo que no ha escrito Calderón de la Barca ―asienta tratando de dimensionar hasta qué punto El gran teatro del mundo es una obra suya.
      No obstante, hay un elemento muy importante que trató de cuidar: los versos:
      ―He sido respetuoso con las voces de Calderón de la Barca. En algunas ocasiones no he tocado sus versos en absoluto.
      Una de las bondades más plausibles de El gran teatro del mundo de Saura son los diálogos versados que, aun sin utilizar un lenguaje plenamente barroco, se elevan muy por encima de lo prosaico.
      ―¿Cómo fue capaz de conseguir eso?
      ―Muy fácil. Parece que no, pero es muy fácil. Todo suena muy bonito, algunos versos suenan preciosos que ni te los crees; pero hay un detalle: hemos trabajado mucho en la interpretación: con el mismo lenguaje, decir las cosas de una forma diferente.
      Más allá de cambiar el texto o incluso de sustituir palabras, Saura descubrió que el secreto estaba en la cadencia:
      ―No es una lengua coloquial, tampoco es de la calle, en ningún momento lo es.
      El secreto para haber conseguido un diálogo versado y fluido estuvo en “decirlo con las comas muy claras, eso hay que decirlo muy bien, muy fluidamente; que se entienda su intención, eso es lo importante”.

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