sábado. 21.05.2022
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Retrospectiva: El zombi como mito

Retrospectiva: El zombi como mito

Tres secuencias especialmente escalofriantes en tres películas de género, producidas en un lapso de tiempo considerable entre sí y con intenciones distintas debido a la mano de cada uno de sus realizadores, ponen de manifiesto la importancia del zombi como el mito moderno del terror contemporáneo, sin ser el tema particular de interés.

En Juegos Diabólicos (Poltergeist. 1982. Tobe Hooper) es difícil no estremecerse cuando una horda de cadáveres putrefactos emergen desde el interior de una cloaca que se suponía se convertiría en la piscina del hogar de la familia Freeling, un suburbio construido sobre un viejo cementerio; cuerpos momificados que sin poseer un movimiento autómata per se, logran acosar a Diane (Jobeth Williams) cuando la mujer descansaba pensando que todo el horror había cesado.

Otro inquietante fenómeno sobrenatural ocurre a lo largo y ancho de Antonio Bay en La Niebla (The Fog. 1980. John Carpenter); suceso meteorológico que trae aparejado algunos efectos colaterales de carácter chocarrero, y poco después, el asedio de un grupo de fantasmas que se ocultan en su interior; bruma que obliga a un grupo de habitantes a buscar refugio en la iglesia y defenderse como puedan de la amenaza de varios bucaneros con ganas de joder el centenario conmemorativo; navegantes que fueron asesinados durante la noche de fundación del pueblo costero; crimen que tuvo la intención de despojar de un tesoro a una casta noble enferma de lepra, consignado en el diario del primer párroco de la localidad.

De dichas entidades fantasmagóricas puede deducirse que no obstante el don de la ubicuidad propio de su esencia paranormal, poseen ciertas características que los emparentan con el muerto viviente como lo demuestra el avanzado estado de putrefacción, las vestimentas que portaban al momento de fallecer –convertidas en andrajos-, además de la clásica locomoción corporal ralentizada; todo esto en un estilo y atmósfera gótica deudora de la literatura romántica evidenciada desde la secuencia de créditos, y enfatizada con la cita del mismísimo Edgar Allan Poe, incluida a manera de intertítulo.

Sin embargo, la secuencia más poderosa y alucinante de esta triada de películas proviene de una producción de estudio, gracias a un generoso presupuesto y abandonando –al menos por unos segundos- el tono de comedia familiar, una cacareada eclosión de muertos patizambos a los que se puede ligar de alguna manera con la momia; cuerpos sepultados en el interior de una abigarrada cripta decimonónica y que fungen como vigilantes de una llave secreta que revelará el misterio de la mansión; espectros con un diseño apantallante dentro de un episodio de eficiente elaboración atmosférica que termina por eclipsar a todos los demás espantos de pacotilla, en un aséptico producto comercial no exento de creatividad, sobre todo en la secuencia aludida de La Mansión Embrujada (The Haunted Mansion. 2003. Rob Minkoff), y que termina por comprobar la fascinación que producen estos entes cinematográficos, generalmente de instinto carnívoro.

Un elemento en común que tienen otras derivaciones es la de retornar a la primitiva génesis del muerto viviente, ya sea por obra y gracia del vudú más arrastrado (La Serpiente y el Arcoiris. 1988. Wes Craven), la práctica de la magia negra anatemizando un lugar sacro (Cementerio del Terror. 1985) o a raíz de la venganza sobrenatural (Segmento Father’s Day de Creepshown. 1982 George A. Romero), ideas bien arraigadas en el pensamiento mágico colectivo.  

Es ya un cliché en toda la norma en el cine de terror contemporáneo, la representación del zombi como un ser regido por su tendencia caníbal, carente de cualquier atisbo de identidad y sin una mente propia que dirija sus actos, aglutinado en masas descontroladas que atacan a los pocos humanos que se han convertido en parte de la cadena alimenticia, situación que deriva en embestidas hacia el gore más duro y extremo, sin abundar mucho en elucubraciones, ya sea de corte científico, teológico o parapsicológico acerca de la resurrección de los muertos.

Todo esto, por supuesto, según el evangelio apocalíptico de George Andrew Romero.

Entre los pocos conceptos absolutos que se suelen manejar en el imaginario cinematográfico, uno de los que –casi- no admiten discusión alguna es aquel que le adjudica la paternidad del zombi contemporáneo al realizador formado en la ciudad de Pittsburg, con la mitología expandida a partir de la expresionista La Noche de los Muertos Vivientes (1969).

Sin embargo, metaforizando a cabalidad sobre los efectos del consumismo despiadado y la despersonalización del individuo, sería el fallecido escritor Dan O’Bannon a quien le tocaría perfilar los nuevos toques a un monstruo que ya había caído en los excesos de la caricaturización y el choteo.

Así, si en las creaturas de Romero cabía la posibilidad de su destrucción al atacar directo lo que queda del cerebro -lo que de alguna u otra manera insinuó la recuperación de un mínimo estado vital-, para El Regreso de los Muertos Vivientes (1986. Dan O’Bannon), amén de la recuperación de la sensación nerviosa del dolor solo atenuable con la ingesta de cerebros y cierta comunicación gutural, la reanimación accidental de los muertos por compuestos químicos militaristas les dota de cierto grado de inmortalidad, pues ya no se puede matar a un muerto, como se asegura en los irónicos diálogos, quedando de manifiesto en el desmembramiento de un cadáver que no deja de dar lata, toda esta truculencia vista desde el bilioso e incorrecto sentido del humor del escritor de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott. 1979)

Estos bosquejos a la despersonalización y la pérdida de la identidad, como la sufre el personaje de Freddy con todo y efecto de rigor mortis, ya tenían un antecedente inquietante en la poco conocida Dead & Buried (1981), realizada por Gary Sherman y escrita por O’Bannon. Es una mezcla desquiciada del cine de zombis con elementos sugerentes de brujería y magia negra, película de asesinatos truculentos y visionaria en sus fragmentos de video snuff que anteceden al Found Footage. Estas entidades son creaturas surgidas de la oscuridad de la noche que pierden su aparente humanidad y cualquier vestigio de emoción, para realizar extraños ritos donde se sacrifica humanos a través de una violencia espeluznante, con la intención manifiesta de provocar el mayor daño posible, para desfigurar a las víctimas hasta casi dejarlos irreconocibles.

Una nueva oleada de zombis se presenta a través de una variante enfermiza de vampirismo, cuando bajo el influjo carnal y erótico del mito, creaturas espaciales que viajaban en el cometa Halley, arribarán a la Tierra para alimentarse de la fuerza vital humana, dejando en calidad de charamusca a todas sus víctimas. El asunto es que se trata del inicio de un ciclo de contagio exponencial, llevando a la ciudad de Londres (y por ende, a la humanidad) a una catástrofe apocalíptica por medio una infestación incontrolable de entidades mezcla de zombis-vampiros, en una delirante trama que vuelve a unir el folclor macabro en un acento de ciencia ficción con el survival más chilaspastroso. Lifeforce (Tobe Hooper. 1985), entre lo más decente de la filmografía de los mercachifles israelitas de la Cannon, fusilando las atmósferas chirriantes y la sexualidad rascuache de la Hammer Films, muy por encima del inocuo producto de estudio World War Z (2013. Marc Forster).

La última derivación interesante sobre el zombi también pertenece a la década de los ochentas: en Night of the Creeps son bichos rastreros de origen extraterrestre los que ponen a caminar a varios muertos frescos y uno que otro momificado, un asesino serial ajusticiado por la ley fuga aplicada por un oficial novato que se convertirá en un sarcástico detective de homicidios que le debe entrar al quite. En medio de un campus universitario dado al desmadre se dan las condiciones para llevar a cabo un contagio epidémico, logrando sembrar el caos y la destrucción con su buena dosis de humor lácteo agrio; claro, con la atenta revisitación paródica que ya había ensayado Dan O’Bannon, y que Fred Dekker lleva a registros de virtuosismo.

Hay más miga para contar, pero valga esta breve reseña como prólogo para el cercano taller de apreciación cinematográfica donde nos abocaremos a desentrañar los mitos, convenciones, propuestas, estéticas y evolución del Género de Terror, a impartirse con el apoyo de un centro cultural independiente de nuestra ciudad. 

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