R con r Rayuela

Ensayo de María Andrea Esparza Navarro

Tachas 01
Tachas 01

 

…de vez en cuando hago algo de magia…
Friedrich Nietzsche

Rayuela, primera edición, Editorial Sudamericana

A Rayuela se le debe mucho, pero no es lo último reconocer que, en principio, pide acaso demasiado. Es como una mina a cielo abierto, solicitando y autorizando de antemano todos los saqueos. Inagotable, extiende en cada línea un certificado de renuncia al derecho de leer. A Rayuela se le lee sin cesar, pero lo que se termina haciendo es des-leerla. Es la presencia huidiza de un azar que reduce al azar y que por este gesto, lo redime. No es un libro infinito pero al proponerse como posibilidad siempre alterna muestra las cartas del escritor que, esas sí, parecen infinitas —aunque, por piedad, no lo sean—. Pero Rayuela no es un libro redactado por un tal Julio Cortázar, un individuo nacido en la Primera Guerra Mundial en algún lugar del antiguo Flandes. O sí lo es, pero Rayuela es el individuo compuesto que, entre otros portentos, ha ficcionado a un supuesto sujeto, bautizado como Julio Cortázar, nacido por azar en alguna localidad entre el norte de Europa y el sur de América.

La escritura es un sistema de puertas giratorias, o una oca, o un dédalo imaginario, o un juego de abalorios. Cabe todo aun sin saberlo acomodar. Rayuela es la reescritura de Ovidio, pero enseña no a amar, sino a escribir, o mejor: enseña a amar escribir. Enseña que lo complejo es más sencillo  y lo sencillo es más complejo y que esta reversión es el arte de escribir, que es primero el arte de leer.

En Rayuela se anudan dos actos simétricos —leer, escribir— dando lugar a un tercero que no se esperaba en la fiesta porque con Rayuela comprendemos que leer, escribir y des-leer es una fiesta (y una resaca, pero la resaca anterior, no aquella que se presenta como consecuencia de la fiesta). Rayuela es una pierna de jamón serrano que crece con cada corte, pues nuestra lectura le agrega con naturalidad una capa de sentido que el texto apenas sugiere, o silba, o insinúa. Y hay mucho de psicoanalítico en esta escritura no infinita y no inagotable pero sí, para un lector atrapado en ella, interminable. Rayuela es una trampa para cautos, no para incautos: leerla una vez implica escribirla de lado y al revés. Es como utilizar un telescopio como microscopio y un caleidoscopio como cincel; Rayuela es un cartucho de dinamita alojado en ese pequeño ataúd que es cualquier libro.

Rayuela progresa en círculos, una muy bizarra y libre forma de progresar; transgrede la estructura literaria convencional sin violencia, lo hace de una manera muy tersa y hasta tierna. Y es que Rayuela es un rayo que sube de la tierra al cielo en un día perfectamente despejado: es un meteorito que zigzaguea. El zigzag se impone desde la primera hasta la última de sus páginas, porque el camino no lo hace sólo el escritor (cuyo plan es arrugar y rasgar el plano de la escritura) sino, de cabo a rabo, el lector. Es la Divina Comedia, pero agujerada como un queso gruyere; cada lector actúa más como un gusano en el queso que como un Teseo en el Laberinto. Rayuela es una escritura que se des-escribe merced a la lectura de ese lector agazapado en cada lector que se supone que somos. Es un poco como los dibujos de Escher: una mano dibujada dibujando una mano que la dibuja, un lector que lee por encima y se suspende a sí mismo atravesando todo el espesor del texto y saliendo —un poco despeinado, seguro— por el otro extremo.

Libro-seducción que tiene por objeto la seducción secreta de todo lector y cuyo efecto es una decepción, que resulta ser parte del mecanismo formal de la seducción. El lector va a ser llamado, enseguida esposado y por fin liberado en el interior de esta burbuja en la que todo es exterior; atrapado en una trampa que, paradójicamente, lo arrojará fuera de su mazmorra sensorial y de su calabozo espiritual: Rayuela cava una tumba gracias a la cual el lector lleva su cuerpo imaginario para que se pudra al sol. Hablamos, por supuesto,  del cuerpo que las costumbres —buenas y malas— le han confeccionado a la medida de ellas mismas.

¿Tiene sentido leer así: no como Dios lo manda sino como los golpes de dado lo ordenan? Para mí, que no volví a ser la misma después de hundirme en su vigoroso caos, no cabe la menor duda:

Le estaba diciendo a Perico que las teorías de Morelli no son precisamente originales. Lo que lo hace entrañable es su práctica, la fuerza con la que trata de describir, como él dice, para ganarse el derecho (y ganárselo a todos) de entrar de nuevo con el buen pie en la casa del hombre.[1]

Una <> que no llega a ser tal sino después de un infinito esfuerzo de des-antropomorfización en el que, según el capítulo 151, están comprometidas <>. Rayuela es el giro de lo infinito en los límites y bordes de lo finito. Incesante.

 

[1] Julio Cortázar, Rayuela, Sudamericana, Buenos Aires, 1979, p. 502

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