De erizos y zorros

Texto de Alejandro García Ortega

Tachas 02
Tachas 02
De erizos y zorros

La historia dice que hay un zorro muy astuto que sabe de muchas cosas y las apoya en el desplazamiento. Se mueve con galanura y va de cacería siempre atento a no ser la víctima. También afirma que suele haber un erizo. Pequeño, se desplaza acorde a las dimensiones de sus pequeñas extremidades. Ante la cacería, se encoge, se aferra a un solo lugar, se cubre de punzantes erizos. Mientras el zorro sabe de muchas cosas, el erizo sólo sabe una, defenderse con fortuna, cubrir sus partes nobles ante el acoso de los victimarios.

Se dice que en la escritura Alexandr Pushkin es el zorro. Tiene una vida oscilante entre la gracia y la desgracia con respecto al poder y expresa su punto de vista sobre su realidad actual y la sociedad por construir. Trabaja el teatro, la narración breve, la novela en verso. Su movilidad y panorámica es amplia. Sabe de muchas cosas. Fedor Dostoievski, en cambio, es el erizo. Atormentado, encogido sobre sí mismo, pendiente de sus enfermedades y de sus obsesiones, canaliza todo aferrado a un pequeño espacio, madriguera que cuida no se convierta en ratonera, en trampa letal. Sabe una sola cosa, pero lo sabe muy bien.

Entre el erizo y el zorro tenemos la lucha entre la variedad y la unidad, entre la extensión y la intensión, entre la exterioridad y la interioridad. Y tenemos una historia lúdica que confluye en una sola. Imposible entender  la literatura rusa sin Pushkin y sin Dostoievski, sin Dostoievski y sin Pushkin. Las dos caras de la vida, los dos rostros del alma. Son los dos extremos del siglo de oro de la literatura rusa.

Me preguntaba yo si David Ojeda, el escritor,  es un zorro o un erizo. De acuerdo a lo evidente: cuentista, novelista; narrador, poeta, ensayista; traductor, compilador, prologuista; profesor universitario, periodista, editor, coordinador de talleres literarios, promotor cultural, fundador de revistas y suplementos culturales, trabajador de la cultura, asesor de sabios y de necios, formador de escritores, cubriría la estampa del zorro.

Durante muchos años pensamos que sus libros eran de una ambigüedad de género: entre el ensayo y la narrativa en Las condiciones de la guerra, entre la novela y el cuento Cuando el espejo mira, libros que se reordenan cuando vemos otros más recientes, más ortodoxos, más fijados en el género, como la antología de escritores potosinos, los ensayos introductorios de la poesía de Félix Dauajare y de Joaquín Antonio Peñalosa o Entre sierpes y lagartos o sus novelas: La santa de San Luis y El hijo del coronel.      

Su tarea, a estas alturas, es monumental: hacer obras de valor literario y generar condiciones para que la literatura ocupe un lugar digno, merecido, en nuestro país y específicamente en la zona centro con punto de reunión en San Luis Potosí.

Ojeda ha sido fundamental en la tarea de formar compañeros de ruta, de generar historia y crítica literaria, de contribuir a una labor de miras contemporáneas dentro de las instituciones culturales. Y ha tendido un puente tanto entre escritores de su generación, como con los jóvenes, algún día se podrá hacer el recuento de los escritores que han tenido el apoyo de David Ojeda para la publicación de su primer libro o través de un comentario en presentación o en periódico, revista a suplemento.

Si bien ha sido implacable contra las prácticas atávicas y utilitarias de la literatura también se ha dedicado a reconstruir las líneas con los escritores innovadores en su momento o rescatado los que han sido ensuciados bien por el bronce, por las coces y caravanas del poder. De allí que en gran medida la generación de una masa crítica permita ahora acceder a una información que no teníamos hace dos décadas: prácticas literarias, autores, obras, premios, precursores, sacados a la fuerza de la historia, elementos que recombinan, nuevamente, los segmentos de una historia que debe ser re—escrita siempre desde la literatura misma.

Y está la generación y el destino de una serie de recursos que generan una infraestructura en el campo literario: talleres, becas, estímulos, ediciones, premios, fondos bibliotecarios. En el terreno de la cultura se sele decir que vale más un veterinario en los institutos de cultura que un artista, lo cual es síndrome de un auto-maltrato cuando de los gremios se trata y de una infamia cuando de los servidores públicos se trata. ¿Cuántas bibliotecas se han surtido por metros de fondos editoriales, la misma historia de los nuevos ricos, sin importar si se leerán o si son útiles y actualizados.

Hasta aquí el zorro, Renart refuncionalizado. Pero igual me pregunto: qué texto de Ojeda dentro de esa gran producción me viene siempre a la memoria.

Me vienen siempre dos, de la etapa inicial de David: “Los truenos de mayo” y “Pelotita de ping pong”. El primero es de una intensidad asombrosa, historia fatal, un accidente automovilístico, en la fatídica, familiar, cercana, avenida diagonal potosina, en donde la intensidad del domingo futbolero alternado con un auto que amigo que va por la ciudad va cambiando: de la vivacidad del deporte, al deporte de la muerte, a la pérdida irreparable del amigo, del cómplice, del ser humano a costa de otro ser humano trepado en una máquina.

El otro se llama “Pelotita de ping-pong”, es un cuento breve. Y tiene algo de profético. Un  niño, escolar, formado en una plaza cívica, coteja su pequeño mundo primero con el de los niños maristas, también allí presentes, de mejor condición social. Es el aniversario de la ONU y el niño muestra los temores, segundo aspecto, que normarán su vida, mientras no encuentre algo que lo saque esa construcción de una realidad amenazada. Pacheco habla de las luchas entre árabes y judíos; Ojeda, de la amenaza roja, comunista, de los dolores de cabeza de Kennedy ante la infamia de Krushev. Es el miedo, la posibilidad de que la reacción en cadena se dé, cómo se dio en Japón, sin encontrarle el nombre al agresor. Es el pánico, una bomba, Cuba, la libertad arrebatada, los hogares cristianos invadidos de soplones y delatores. La ideología ataca a los callos, dicen por allí, y es cierto. La propaganda avanza entre los niños, el futuro de la patria, los soldados de Cristo y del país. Ojeda nos da en este cuento un adelanto de esa construcción de la realidad de que habla Watzlawzki: son las percepciones las que se imponen, son las mentes las que están tomadas sin violencia.

Allí se arrebata también la crítica, de tal manera que llegamos a vivir en un país donde los señalamientos críticos elementales están estigmatizados. Para qué criticar si se sirve al enemigo, sea  en la crisis de los 60 o en el pos-trauma de las torres gemelas. El niño dickensoniano era sometido a golpes, mediante experiencias duras, apoderándose de su destino aunque siempre haciéndoselo saber a tiempo. El niño de Ojeda no lo sabe, sólo recita lo que se rumora, lo que se dice en los discursos cívicos, la violencia y los aparatos de punición están escondidos, sólo se utilizarán en casos extremos.

Y entonces, aquí tenemos al Ojeda erizo, el que sólo sabe una cosa, pero la sabe muy bien, el que presenta una secuencia de la obsesión, el que sabe que unas líneas bien fraguadas dan el golpe, el que es capaz de dibujar el universo en un grano de arroz.

En el mundo de ferocidades en que vivimos, en el espacio de luchas de adversarios externos e internos que es la literatura, para nada alejada de las riñas más viles, Ojeda ha tenido que jugar el papel de zorro, dar vueltas, olisquear el horizonte, saber de muchas cosas para sobrevivir, auxiliar a los otros, explicarse el mundo; pero también ha tenido que encogerse en un pequeño espacio, fijarse, profundizar, rumiar, saber que es instante de sobrevivencia y de comprensión de sus sístoles y diástoles, es el momento del erizo. Ni modo, de cualquier manera, lo dijo alguien, todo el destino a pie.

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