Alectorofobia

Cuento de Filiberto García

Tachas 03
Tachas 03

El pobre hombre ignoraba que por mi culpa varios pollos le sacaron a mi hermano los ojos a picotazos. Yo pude evitarlo, pero no, la curiosidad que ha desaparecido con los años me orilló a que arrojara sopa en la cara de mi hermano. En casa los animales siempre tenían hambre, hasta nosotros podíamos renunciar forzosamente a cenar, excepto los perros. Mi padre siempre los cuidó más que a nosotros, decía que todos nos casaríamos y no ayudaríamos a la familia ni a pesar de que la suerte nos favoreciera, en cambio los perros son fieles, animales devotos del menosprecio y la fidelidad.

Mi hermano estaba dormido bajo el durazno y los pollos le rondaban cerca de la cara, uno de ellos le picó por accidente la oreja y él despertó muy enojado. Pinche pollo vuelves a picarme y para la hora de la cena estás en el plato. Me dio mucha risa, porque mi hermano era la persona más paciente y se enojaba con dificultad, cuando soltaba groserías mamá se burlaba y le gritaba que para decir malayas también se necesitaba gracia y sobre todo mucha decisión.

Fui a la cocina y vi el plato con sopa, era de mi hermana, ella siempre fue muy busteque, tomé un poco y la arrojé a los pollos, los traía como locos correteándome por todo el patio. Algunos ya tenían espolones y la cresta les había crecido. Cuando vi que los animales buscaban la comida por donde quiera que la dejara se me vino esa mala idea. Mi madre dijo que el diablo me aconsejó. La verdad es que moría de ganas de mirar la reacción de mi hermano cuando los pollos le picaran los ojos, pensaba que no se atrevería a matar a ninguno.

Arrojé con cuidado la sopa y casi al instante los pollos se abalanzaron sobre él, no pudo reaccionar porque los dos más grandes le dieron tremendos picotazos en los ojos. Mi hermano se paró asustado, se llevó las manos a la cara y cuando las retiró gritó azorado que veía puras manchas rojas, ni tiempo tuve de reírme, corrí espantado para que alguien nos ayudara.

Papá llevó a mi hermano con el doctor, le dieron gotas y le vendaron los ojos con muchas gasas. A la semana el doctor quitó las vendas y dijo que se curaría, pero mi hermano ya no recuperó la salud, lo llevaron a varios hospitales, otros médicos lo vieron y ninguno le pudo regresar la vista. Luego se hizo maratonista y ganó varias medallas en los juegos paraolímpicos, ya ve que en esas competencias son en las únicas que conseguimos medallas.

Algún tiempo quise proteger a mi hermano porque sentía culpa. Lo hice un bueno para nada, después sólo pensaba en la forma de obtener dinero a mi costa. Al paso de los días fue peor, se emborrachaba hasta embrutecerse y luego la cocaína le trastornó el cerebro. Fue un calvario cuidarlo durante diez años. Pensé que todo lo que sufrí redimiría mis culpas, pero fue en la navidad pasada cuando en uno de sus arranques de locura pidió a su mejor amigo que lo disfrazara de pollo, el tipo lo acercó a mí y lanzó un grito tan fuerte que me arrebató la paz.

Yo estaba descuidado frente al árbol de navidad, acomodaba los regalos, por cierto le compré varios tenis muy bonitos para conseguir que regresara a la rutina de corredor, después del grito me tomó por la espalda. Al sentir las plumas en la cara reaccioné por instinto, maldita la hora y también el minuto en que tomé el cuchillo con que partiríamos el lechón ahumado. Sin reparar en las consecuencias le enterré el metal al pollote junto a la garganta. De igual manera que las aves de verdad corrió por toda la sala salpicando de sangre a cuanto estaba a su alrededor, gritando porque se le escapaba la vida.

En la casa gritaron de susto, mi esposa se desmayó y mi hijo mayor me golpeó con el puño. Quedé inconsciente. Al despertar la policía estaba investigando, pero como afortunadamente el juez que llevó el proceso era mi yerno se apiadó de mí. Sembraron pruebas en contra de mi hermano, sobornamos a su amigo y con los antecedentes de adicto, se alegó que fue en defensa propia.

El miedo que tengo a esos animales me ha orillado a cometer muchas locuras. Mi esposa me atemoriza creyéndose la graciosa. “Te voy a echar un pollo en el ataúd cuando te mueras” En ese momento siento una tristeza que nadie me entendería, ni siquiera ella que dice quererme desde siempre.

Mentiría si no le confesara que muchas veces he sentido un deseo casi invisible de suicidarme, pero el temor de que mi esposa, en represalia, cumpla la amenaza de lanzarme un pollo en mi última morada, me frena. Pobre mesero se veía tan bien con el traje guinda y esa corbata de moño que en otros se ve ridícula. Traía los zapatos lustrados, algo que habla muy bien de su personalidad, al igual que las uñas bien recortadas. Pobre mesero, él no sabía que a mi hermano menor un pollo le sacó los ojos de varios picotazos por mi culpa, pero yo tampoco sabía que llevaba pollo el caldo de jengibre que pedí como plato fuerte, tampoco imaginaba que el caldo le iba caer en la cara y le cocería los ojos, fue un instinto de supervivencia, de evitar a toda costa el horror. No sé cuándo le perderé el miedo a esos animales, no sé qué será de mí, ya van dos cristianos que dejo ciegos, y con franqueza, no sé qué es peor, si dejar que este hombre se gane la vida como limosnero o llevármelo a la casa para darle los mismos cuidados que a mi hermano.

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