MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Qué bueno que no nací en 1970

Texto de Adolfo Luévano

Tachas 03
Tachas 03
Qué bueno que no nací en 1970

Si yo hubiera nacido en 1970, a los diecisiete, o sea, en 1987, estaría enganchado de una telenovela, la primera en México dedicada al público juvenil. Sí, hablo de la maldita Quinceañera. La maldigo porque es muy buena y me gustaría que no lo fuera tanto. La maldigo, además, porque es desesperante verla hoy día. Todo un riesgo para la salud física y para la salud mental.

A decir verdad, yo era de los que dudaban que Televisa en algún punto de su larga historia hubiera hecho cosas de cierta calidad, digo, algo más allá de la resabida fórmula Cenicienta o más allá de los dramas fresas, por demás insufribles, con que de un tiempo a la fecha la televisora deliberada y descaradamente ataranta a sus indefensos espectadores. Bueno, pues es cierto: la “caja mágica” antes estaba menos peor.

O tal vez no.

Lo mejor de Quinceañera, digámoslo de una vez, es que cumple a la perfección con los objetivos primordiales de todas las telenovelas (a fin de cuentas sucedáneas del folletín): entretener al público, mantenerlo en vilo, intrigado, con ganas de saber qué sigue, esperando ansioso el momento en que los nudos del argumento por fin se aflojan y dejan de asfixiar a los pobres personajes que no merecen la falta de oxígeno. Por otra parte, hay que decir que los villanos de esta telenovela son excelentes haciendo lo suyo. Se antoja matarlos, lo mismo que ponerse de pie y aplaudirles las fechorías. Las cachetadas y los puñetazos que se dan entre unos y otros son, ay, para celebrarlos también de pie. En suma, debemos reconocer que se ha realizado una muy buena adaptación para la pantalla chica de la historia homónima presentada décadas atrás en la pantalla grande.

Ahora, para terminar con esta racha de buena voluntad, señalemos dos ingredientes que, aunque de tan pequeños casi pasan desapercibidos, a mí me encantan: la música de fondo y las lecciones de literatura. Haciendo a un lado la canción ñoña de Timbiriche y otras más creadas especialmente para la telenovela, a cada rato suenan fragmentos de piezas de Tangerine Dream, de Vangelis, de Pink Floyd, todo el Between two worlds de Patrick O’Hearn. Sobra decir que la preferencia por estos últimos no obedece a un impulso malinchista y sí a algo que podemos llamar sentido común, un mínimo de buen gusto musical, etcétera. Respecto al ingrediente literario, pues sucede que hay unas cuantas escenas en el colegio, donde la maestra y las alumnas estudian, desde luego todo de manera breve y superficial, la obra de algunos autores: Juan Rulfo, Octavio Paz, José Gorostiza y hasta Shakespeare. Si esto sirvió en su momento para que alguien apagara un rato el televisor y se pusiera a leer un libro, Televisa subestimó a su audiencia.

Ahora bien, habrá quien solicite agregar a esta lista de cosas buenas el hecho de que Quinceañera haya sido pionera en ocuparse de ciertos temas difíciles, como la drogadicción y el sexo entre jóvenes antes del matrimonio. (Sí: hubo un tiempo en el que esto último de veras era preocupante.) Sin embargo, yo considero que precisamente eso es lo malo de Quinceañera. Pues lo hace pero no lo hace. Es decir, subraya la prohibición diciéndonos que hay que evitar a toda costa hablar de estos escabrosos asuntos, o que, en el peor de los casos, cuando ya es imposible seguir evitándolos, hay que hacerlo con una pulcritud de quirófano. Al parecer aún en aquella época la sola mención de las palabras sexo y drogas representaba una afrenta a la sensibilidad del vasto público televidente.

Luego, resulta que es una gran ventaja ver Quinceañera por primera vez en esta época, a veinticinco años de su transmisión original, porque en cierto modo uno ya es inmune a los efectos nocivos de la mentada telenovela. Es como viajar en el tiempo; como si llegáramos a los años de la Conquista y nos libráramos de la viruela, no por tener algo de españoles en la sangre sino más bien por haber sido vacunados antes de subirnos a la máquina del tiempo. Así, no naciendo en 1970, es como uno consigue salir intacto de la perforación moral que la novela pretende ejercer en quienes se ocupan de seguirla con interés capítulo tras capítulo.

Y es que, imagínense ser una próxima quinceañera cuyo desconocimiento de su propio cuerpo es tan grande que fácilmente cree haber sido abusada sexualmente por un patán de la colonia, y que además tiene que guardar el secreto por temor a la reacción ya no sólo de sus padres sino también de sus vecinos. O bien, imagínense ser una próxima quinceañera, ahora de clase alta, que anda teniendo relaciones con su novio, sin protección (por ignorancia, por vergüenza y, claro, por culpa de la indómita ebullición hormonal), imagínense ser esa próxima quinceañera que a la primera sale embarazada y cuyos padres consideran oportuno enviarla al extranjero para que las respetables amistades no se enteren de su desliz ni de su penosa calentura. Imagínense también no poder llamar a las cosas por su nombre, y tener que decir “eso” en lugar de drogas, o tener que hacer un ruido gutural para decir “sexo”. Ay, no, qué absurdo, qué ridículo. Insisto: qué bueno que no nací en 1970.

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