UN RATITO DE TENMEALLÁ

Postales a casa, de Yolanda Alonso

Reseña de Chelseae Yarazel Carrillo Carrillo

Tachas 03
Tachas 03
Postales a casa, de Yolanda Alonso

El viaje es una de las grandes ficciones humanas, pues en él se concentran rituales, pequeñas ceremonias que individuales o colectivas forman una escena precisa, una impresión, una postal. Predisponen al viajero a un recorrido feliz o doloroso. En Postales a casa encontramos estos rituales como condimentos que van engendrando una historia sostenida por el juego, en el cual los lectores se ven sometidos a relacionar los fragmentos hasta encontrar el trasfondo general. Yolanda es nuestra guía en ese mundo donde los placeres vacacionales no son importantes, sino el significado que tienen como evolución, auto-descubrimiento. La insaciable búsqueda de las respuestas a interrogantes como ¿a dónde vamos? ¿qué hacemos? y ¿por qué?, siguen a nuestra protagonista hasta el final del primero de los dos apartados.

La historia de Postales a casa (México, 2012, Texere, 134 pp.) de Yolanda Alonso, si por algún mínimo soporte podemos abordarlo, dada su ambigüedad genérica, comienza con un piloto «aficionado a fotografiar el cielo» objeto de fijación para Ella, pues en él no se ve aquel disimulo ostentando por los de Tierra Firme ante el miedo al distanciamiento de lo que Gabriela Mistral llama La casa, sin embargo para Ella esta palabra se desliza desvaneciéndose entre las brumas de su infancia. Por eso los capítulos  siguientes nos hablan de la ida que emprende este personaje principal ante la inevitable muerte de Yolanda, madre de Yolanda, hija de Yolanda.

Después Ella cocina y decide viajar. Salir sin plan o destino fijo. Conoce al hombre- grafía que se convierte en su amorío «para lanzarse a beso abierto y hacer de los traslados, itinerarios y salas de espera sensación de hogar».  Atraviesa el atlántico con la esperanza de calmar sus quimeras, pero termina encontrarse con la parafernalia de turistas que llevan a casa como fe del viaje caras felices, llaveros, recordándole que «Las respuestas son el retorno directo y sin escalas a la localidad de la que huyes; aunque interpongas el mar, sigues ciego» A estas alturas Ella experimenta la inercia de la fuga, se fastidia con lo pequeño que se ha vuelto el mundo. Desiste de Él. Desespera.

Ella siente la necesidad de llamar a su madre Yolanda diciéndole « ¿Podríamos hablar un rato? De clima, de lo que sea…» reflexiona sobre las piezas que dejó inconclusas tratando de reconocer que el rescate será vital. Retoma sus memorias para formar una vida nueva, aceptando la condición del retorno. Por lo tanto el viento le guía en la dirección del reencuentro. Repentinamente se encuentra buscando un piso para establecerse indefinidamente. Acaba confiando de más; le estafan, mas no todo es malo, ya que termina alquilando la casa de Olga, mujer en la que recaen el vértigo, la emoción y tedio hasta que Ella decide desaparecer su esencia. Ella salé e intenta distraerse y un díave en una joven pareja rasgos de simpatía. En esta última parte de ida encuentra otra vez amor, se relaja, añora, presencia una boda, extraña al padre, madura. 

En de vuelta, la segunda parte de la obra, y según el prologuista Alejandro García «la más intensa» es la culminación del escape para entrar a la siguiente fase; el reencuentro, esa  donde Yolanda hija, reconoce el espacio, objetos, su madre, el hogar, el viejo árbol, la responsabilidad, cuartos azules, la colina. «La casa posee las casualidades de la luz y de la sombra, de un vecindario hosco, indiferente de la muerte. Sí la calle no sabe de tu ausencia» Ella –Yolanda– se muestra melancólica ante los objetos, por lo tanto busca refugio en ellos cambiándolos. Empieza por el árbol que tanto intento burlar, a continuación los arbustos, sin embargo la esencia de la madre ausente persiste por que para Ella «nunca estuviste tan presente y cerca como ahora»

Por último Yolanda nos revela los momentos anteriores al deceso de su madre. La nube de resignación que se había posado en hombros de la familia era comparable con la melancolía al despedir a una viajera, que sin maletas ni pasaporte se aventuraba a lo desconocido, y como consuelo Ella se conforma en  hacer el ritual que precede al entierro «envolví tu cuello en violeta, cubrí tu cabeza con un gorro de piel de la abuela; en la mano, el rosario de tu madre» De esta manera le fue posible a Yolanda cerrar el círculo del viaje, para dar paso al de una nueva generación.

Con esto culmina uno de los aportes de Alonso al campo literario, donde el viaje ya no es un recuento de hechos felices o cálidos, sino también puede ser melancólico, doloroso, iniciático. Las virtudes del libro son la brevedad, la movilidad de personajes, pero sobre todo el juego. La única dificultad que el lector podría tener estriba en armar el puzle, apartar las piezas y seleccionarlas, sin embargo es un buen ejercicio de lectura para los amantes de viajar.

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