4:43 a.m.

Narración de Elena Bernal

Tachas 04
Tachas 04

Él ­­—sigilosamente— entra en la recámara de ella y se queda unos minutos contemplándola desde la esquina de la cama.

Ella, entre sueños, siente su presencia, su inconfundible aroma que la incita a refugiarse entre sus brazos.

Él se desliza sobre la sábana y apoya su mentón a la altura del cuello, para susurrarle al oído lo mucho que la quiere.

Ella disfruta plenamente de ese momento, sabe que no será eterno, sin embargo, lo siente como el regalo perfecto, en el instante perfecto.

Él la acaricia, la recorre con sus manos, besa sus labios, su cuello, sus senos, su sexo.

Ella lo acoge entre su cuerpo y abre las piernas para permitirle entrar a su mundo.

Él la penetra, la hace suya, sin darse cuenta que en cada visita le ha contado cosas íntimas reservadas al olvido.

Ella ha sabido ser una sacerdotisa al escuchar sus secretos, sus confidencias, sus fragilidades.

Él ha perdido la noción del tiempo.  

Ella al oír que suena el despertador de buró a las 6:45 a.m., empieza a vislumbrar la mañana, el sonido del agua de la regadera que cae sobre su cuerpo, la taza de café negro que bebe antes de salir de casa, los niños que corren a la escuela…

7:00 a.m. suena la alarma del reloj de pared, que Beatriz su mujer, colgó en la recámara.

Él no se percata de ello, todavía sigue en su viaje, como si fuera un sueño.

—¿Qué no piensas levantarte para llevar a los niños al colegio? —le dice Beatriz— mientras sacude su hombro. 

Al estrujarlo, el aterrizaje es forzoso, le duele, como si cayera a un precipicio.

8:00 a.m., ella ya en el elevador, dispuesta a ir al quinto piso donde está su oficina, recuerda que alguna vez le contaron sobre las personas que hacen viajes astrales, pero nunca se imaginó ser visitada por alguien así.

¿Él ya habrá comenzado a trabajar?... —se pregunta ella- mientras le da los buenos días a sus compañeros.

El tiempo se ha ido volando, 3:30 p.m., hora de salida.

Ella sale de prisa, espera un encuentro con él a la luz del día, por eso lo busca en la calle, en la fila del banco, en las miradas de los automovilistas, en todas partes y en ninguna, porque sabe que la próxima cita será a las 4:43 a.m. de cualquier madrugada, de cualquier vigilia, siempre y cuando no se sienta intimidado, vigilado, pues sólo ahí, entre caricia y caricia, podrá soñar con una libertad que hace mucho ha perdido.

5 de diciembre de 2008.

 

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