MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Cállate la boca, niña

Texto de Cleone Valadez

Tachas 04
Tachas 04
Cállate la boca, niña

En el año 2000, poco antes del chisme generalizado sobre el fin del mundo, ya era exageradamente cierto para mi familia y para el círculo de nuevos clasemedieros al que pertenecíamos, que no iba ser la chica bonita para los quince años, porque me faltaba un poco de esto y de aquello para ajustarme al latiente estereotipo de mujer, que la sociedad deseaba y que fríamente había sido impulsado por la televisión basura, a lo cual debo agregar que dicha basura me encantaba. Lo bueno de ese entonces es que el mundo se iba a terminar, lo malo es que no sucedió.

Fue entonces cuando emplearon el plan b, el cual consistía según mi padre, en volverme una interesante intelectual —si no será bonita, que por lo menos sea interesante, decía—. Lo único que tenían claro sobre mí era que no podía quedarme callada, y con optimismo se pensaba que se podía redirigir la ausencia de mi silencio, y que con un poco de suerte, al hablar, diría cosas significativas. No hubo suerte.

 Desde la infancia ya sabía entonar las llamadas malas palabras en cualquier tema, las pronunciaba con el mórbido placer de incomodar a los demás. Recuerdo que en las fiestas se me prohibía hacer tema de conversación con las frases “el Kotex”, que seguramente desencadenaría el tema sobre la menstruación, la erección o cualquier cosa que tuviera un fin sexual y me exigían evitar la frase —hijo de puta— porque, según me explicaban, definitivamente no podía ser saludo para ningún invitado.

En la primaria le hablaron una o dos veces a mi madre para decirle en secreto lo que todo mundo sabía e incluso ella, mi madre, también reconocía hasta el cansancio —El tamaño de mi bocota—. La verdad es que el problema no consistía en que usara cabrón o hijo de la chingada de cariño para mis compañeritos, el problema era que se trataba de una mujer, una niña. Que osaba en cruzar la línea a la banqueta del albañil y que no parecía tener problema en decir cualquier cosa.

Unos días después, en la secundaría, aún con los senos abotonados en el pecho, ya era una mala influencia para las demás niñas, no era buena para conseguir amigas, la mayoría del tiempo y, hasta la fecha, se asustan de mi personalidad, de mi honesta manera de vivir, porque me niego abandonar uno de mis placeres más ciertos. Y porque me encuentro bajo el espejo que más me acomoda como una mujer ácida. Deliciosa. Real. Necesaria.

Debo confesar que desde siempre fui una aficionada a la incomodidad de las personas placer que me vino después de mi absoluta incapacidad para comprender lo que llaman “el sentido común”. Para tal afición las groserías, malas palabras, vigas o vulgaridades resultaron ser mejor que un sillón de piedra o un Felipe Calderón, o un Enrique Peña Nieto, etcétera. Esta irrespetuosa forma de expresarme, por decir lo menos, tiene un efecto más peligroso que una religión que ha engañado generación tras generación o que la rapiña política con sus discursos vacios o la inconformidad disparada de los grupos a los que llaman delincuentes. Mi lenguaje y dispareja forma de pensar sabe sangrar el orgullo de una desfigurada moral ambigua en que vivimos.

Qué le vamos hacer si me encanta entonar palabras rechazadas y usadas únicamente en discusiones maritales —verga, puta o nalgas—. Me gusta decirlas tanto como para soportar cualquier castigo. Además es justo decir que este oscuro placer alberga sus recompensas. Mi premio, por ejemplo, consiste en que después de hablar “mal” busco la expresión facial de las personas, la cual, muchas veces es como ver la cara de un hombre desprevenido al que le tocas el pene, y en otras ocasiones es como ver el rostro de una estrella porno que espera su ración de mecos sobre la cara.

Entre mis recuerdos abrazo una verdadera fiesta que sucedió cuando tuve la idea de que sí los hombres tenían un indomesticable órgano que se levantaba para las celebraciones eróticas, lo que correspondía era que la mujeres también tuviéramos algún órgano que se engrandeciera para manifestar nuestro ímpetu hormonal, como los senos o las nalgas, por ejemplo. La maestra de biología me sacó de clase y condenó mis comentarios como obscenos, no la culpo, seguramente lo son. 

A mis padres les gustaba mantener la fe en que lo mío debería tener remedio, aún después de los agotados esfuerzos de la iglesia para que sucediera lo mismo con la homosexualidad. Les gustaba pensar que dios les haría el favor ya que no sanó la drogadicción de mi hermano, ni la maternidad infantil de mi hermana. Pensaban que dios se las debía y que al menos la corrientada de mi vocabulario y pensamiento tendría manera de suavizarse.

Ahora mis padres, afortunadamente, ya están convencidos del peso de la voluntad de dios, saben que intentar enderezar mi torcida médula espinal sería como intentar ir en contra de la horrible y hermosa naturaleza que crece en mí, y que ha demostrado las suficientes señales de vida como para morir. Aceptan los colores de mis palabras y de vez en cuando se ríen conmigo. Aceptan que mi cuerpo deambulará como una extraña pintura de Arturo Rivera, con espeluznantes pinceladas de horror que se retuerce y se niega a modelar normal y decentemente, que hace convivir a montón de ideas acerca de la existencia, junto con una bomba electrónica que espera su detonante para vomitar en contra de lo establecido y fatalmente aceptado. Para consuelo suyo, les digo que lo hago con un poco de gracia e inocencia y algunas veces hasta con lucidez. Ahora saben y están convencidos que la forma ácida y efervescente de mi lenguaje sostenido por un pensamiento, hábil como para un inodoro, saldrá a flotar en cualquier momento como lo hacen las flores que parecen pájaros sobre el más hostil de los desiertos. 

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