El refajo de la señorita: Acuérdate, cuerpo

Reseña de Alejandro García

Tachas 04
Tachas 04
El refajo de la señorita: Acuérdate, cuerpo


Insomne, no me recupero de los estertores que me motivas y, casi agonizando, descubro que la longitud de tus piernas descansa sobre el oasis de las sábanas con un sobresalto semejante a mi agonía. No hay derrota ni abdicación, simplemente calma, cala y reposo efímero para trenzarnos nuevamente en esa contienda inacabada que pernocta por momentos en el túnel incandescentemente blanco de mis explosiones…
Juan Manuel Bonilla

I. El cuerpo fija sus nostalgias

El refajo de la señorita (México, 2013. Sísifo, 85 pp) de Juan Manuel Bonilla, libro de 13 relatos, en su mayoría breves, con un “Endenantes” de Fernando Hernández Almaraz e ilustraciones (Grabados) de Eko me ha provocado un mismo punto de partida, que tiene que ver con el aprendizaje de los sentidos que, gracias a la clandestinidad, escapa de la educación y de la moral que nos persigue después de que hacemos nuestra Primera Comunión, es decir, una vez que hemos adquirido el “Uso de Razón”.

Yo no vagaba por el Cerro de Proaño, pero sí lo hacía por los Ríos del Muerto y de los Gómez. En éste, ya casi para incorporarme a las filas preproductivas de la ciudad del Zapato, se acumulaban unas grandes cantidades de espuma, blancas en su cúspide, amarillentas en su parte media y de color grisáceo en su base. Ocultaban un caldo acuoso que, el Paraíso sea de los inocentes, nunca se nos ocurrió nadar. Rodeábamos esas nubes terrestres, aventábamos piedras y el líquido se resistía a dejarlas entrar y producir los patitos con que competíamos.

Eran los residuos de las tenerías, ácidos que circulaban por el lecho del río una vez que habían producido las más variadas pieles. Con el tiempo nos enteramos de que el León se daban numerosos casos de anencefalia, niños que nacen con la corteza cerebral fuera del cráneo y que eran producto no de la presencia del Chupacabras ni del demonio, ni siquiera del consumo de esos caldos, sino de su simple respiración.

Aún recuerdo ese olor a huevo podrido, a guiso caliente a punto de tornarse insoportable, pero que bateábamos con el ir y venir de nuestros pasos. Creo que allí aprendí muchos de los hábitos que me han tipificado como de mal gusto o de poca educación: olerme los dedos en cuanto percibo algo en ellos, tocar con la lengua lo que da curiosidad, fijar los ojos unos instantes más de lo permitido una vez que mi campo (pobre) visual ha sido tentado. Quién no ha cerrado los ojos junto a una bella mujer, pongamos por caso en un camión, afinando los sentidos, avanzar centímetro a centímetro, tocar, oler, degustar, ver con los ojos cerrados, para abrir los ojos y constatar que hubiera sido más fácil pedir lo que casi enseguida se ausenta.

Pero esto es el logro de una sensibilidad a contra corriente, tomar el instante en que el placer se da, gratis, fulgurante, antes de que el mundo de la cultura nos enfríe y nos castigue. El mundo de los mezquites y de las tunas, más al sur de Zacatecas la tintura y el sabor de las pitahayas. Así que a contracorriente se vive la vida, desplegando los sentidos, más en lo acústico y en lo polvoso, dice el autor, pero cada experiencia se ilumina y se filtra con esos sentidos re-sentidos y el mundo del cuerpo revive, vibra, se estira, se repliega, sin importar aquello de que todo acto puede ser pecado de palabra, obra y omisión.

2. Los narradores fijan sus nostalgias

Si hablamos de esa sensibilidad que es defensa y a veces presunción o canto, tenemos que indicar que las voces de los narradores cumplen esa función. De ese texto inicial “Tres cuartos de perfil” en que se tira una línea para que el lector repose sus señales de interpretación se llega otros donde más parece una estampa o un poema, textos en que la ambigüedad le gana a la referencia (“El jinete y la Sibila” y “Equilibrio”), pero no a la experiencia de los sentidos que inician un diálogo que a veces llega a lo glandular.

Hay cuentos donde se llega tarde, como “El impuntual”, no sólo a las labores cotidianas, sino a ese cuerpo que es percibido por el aroma, por las zapatillas, por las piernas y por el hombre que se la lleva antes que se nos revele plenamente, otra forma de ser sugerente y propiciar el viaje del lector.

Los hay de campanas castigadas, de no vírgenes que no tuvieron la  fortuna del mito y de cuerpos de hombre con posición y disposición de mujer, enfriados no por el sistema sino por una neumonía producto del azar y de la fatalidad.

Creo que en “Chuy Mollá” y en “Ojos negros, piel canela” se da el otro nudo de significaciones del libro, lo que le da mayor densidad. En “Tres cuartos de perfil” el narrador, del semidesierto, habla del polvo y de lo acústico más que de lo acuático. “Chuy Molla” es un texto acuático, no sólo por el hálito y el cuerpo que se tornan líquidos, sino porque la madre del mentor le está lavando el pene:

Ella pide que le acerque el miembro, que lo acune en la sonrosada palma de su mano y cuando lo hizo, no sin antes enfrentarse y  derrotar una serie prejuicios que nunca creyó suyos, porque nunca antes lo condujo nadie de una manera tan extraña a finalizar el acto de la entrega, ella descubrió que la humedad pegajosa que él ponía entre sus manos no era la abdicación ni la derrota, sino el cetro orgulloso que aún después de la contienda pronunciaba su satisfacción con latidos como diástoles de un corazón con taquicardia. Mientras recibía en el cuerpo del pecado la absolución jordánica de aquellas aguas, él guardó silencio.

Y la tarea es larga, larga como la agonía. Y la experiencia es cercenada por el peso del remordimiento; pero el remordimiento fija el recuerdo, lo repite, lo torna una agonía repetible y ya muy poco importa si fue antes o después de la cópula, aunque desde mi perspectiva de crítico literario debo decir que creo que fue después.

En “Ojos negros, piel canela” es el sonido, la música, la que acompaña el asedio de un cuerpo sobre otro. Aquí no hay tardanza, no hay culpa, hay sólo el abrumador conjuro de las fuerzas para probar una vez más que este cuerpo no raja, recuerda, se proyecta y vive la diferencia.

El cuento que da título al libro “El refajo de la señorita”, palabras que daban tanta risa a mis compañeras de secundaria, la primera porque era de “nacas” y pobres, la segunda porque de eso ya  no había, es un poco la historia vivida del primer relato, el niño que ve las prendas, el cuerpo que sabe que eso que está allí cobija partes que le prenden, que le iluminan de fósforo algunas partes y lo demás vendrá o ya ha venido en otras páginas del libro.

Las tesituras narrativas fijan su nostalgia

Si no me resultara extremadamente pedante, oportunista y restrictivo, me atrevería a decir que hay en ese semidesierto algo que ha permitido hablar de una literatura diferente y que incluso ha llegado a conjuntar a escritores del norte, del noreste, del noroeste, de aridoamérica, del narcotráfico, de las víctimas de los choferes de Transportes Anáhuac, de los nietos y bisnietos de los Tigres del Norte.

Ya en serio, creo que hay una sensibilidad y un lenguaje que hace diferente la visión de los temas y de los espacios e incluso de la percepción del tiempo. Eso produce un tono raro, extraño, original, que yo emparento siempre con la literatura de un autor de final terrible: Haroldo Conti. He visto en el primer Lizardo algunas de estas características, las encuentro también en algunos pasajes y perspectivas de Bonilla. También creo que luego se separan de ese trabajo de realidad y lenguaje, pero creo que por allí hay mucho qué explotar. Creo que esto es sobresaliente, porque aunque a nadie va a quitar el sueño, veo una mezcla de generaciones en Fresnillo que hoy producen una literatura muy valiosa: agrego a los mencionados, los nombres de Juan José Macías,  Arturo Burciaga, Juan Antonio Caldera, Andrea Esparza, Claudia Isela Rodarte.

De modo que estos cuentos merecen la pena de ser leídos y, una vez que hagan efecto, que cada quien se apacigüe como Dios le dé a entender. 

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