El sometimiento de Cronos: La manipulación digresiva de Tristram

Texto de Adilene Castillo Castañeda

Tachas 04
Tachas 04
El sometimiento de Cronos: La manipulación digresiva de Tristram

¿Cuál es el inicio de las ideas? Según John Locke, las ideas vienen bien de la sensación, bien de la reflexión. Son producto de  la experiencia y las percepciones; percepción como gestadora de los fetos palpitantes de las ideas, fundamento de nuestro conocimiento. Habiéndonos dado esas primeras percepciones, el armazón de la novela montado con la digresión, Sterne empieza ahora sí (y nos hace comenzar) con la estructura, el encadenamiento de digresiones que son una herramienta para la construcción de las novela. Me atrevo a decir que son esas primeras percepciones de las que habla Locke. Sterne desea que tengamos, para ir construyendo las estructuras de la historia. La unión de las digresiones se da mediante la asociación de ideas. Antes de estas percepciones, la mente es una tabula rasa.[1]

Desfile de personalidades

Sterne hace el moldeamiento de los personajes y su temperamento con las digresiones que escribe; al iniciar la narración de un nuevo acontecimiento, pareciera que se desvía y cada ramificación aleja de la historia y de la situación inicial.

La construcción del temperamento de Tristram inicia a partir de la construcción de quienes le rodean. Si Locke retoma a Aristóteles al decir que la mente humana es como “una hoja en blanco”, lo que Tristram es y lo que somos nosotros (por qué no decirlo), se va a construir a partir de lo que nos rodea, de allí también que la delimitación de los personajes se da por medio de anécdotas, la importancia de su vida doméstica y las relaciones entre sus personajes. Tan es así de digresivo y anecdótico, que Tristram nace hasta el tercer volumen  de un total de nueve entregas y la historia inicia con la presentación detallada de la vida de la comadrona alegando que es digna de ser mencionada por los méritos de haberlo traído al mundo. El repertorio (y el llenado de la hoja) es amplio.

Walter Shandy. Hombre racional, estudioso y gran orador. Se la pasa reflexionando acerca de temas filosóficos y de otras ciencias, suele escribir y su pasatiempo favorito es utilizar su elocuencia para tratar de explicar conceptos y teorías abstractas a su hermano Toby, quien escucha pacientemente, aunque no entienda ni jota de lo que aquél dice. Entretanto, dentro de sus filósofos favoritos encontramos a Locke en varios pasajes:

Este don de raciocinar como es debido entre nosotros, decía […] consiste en hallar el acuerdo o desacuerdo de dos ideas entre sí con intervalos de una tercera (que se llama medius terminus) es lo mismo —como observaba atinadamente Locke— que el hombre que con la medida de la yarda descubre que las boleras de dos hombres tienen la misma longitud sin tener necesidad de comprobar esa igualdad por superposición de ambas (p. 271).

Señora Shandy. Nunca se menciona su nombre. No entiende a su marido y se limita a afirmar todo lo que él dice, jamás le lleva la contraria y, según su marido, ella jamás entiende lo que él habla, ni sus teorías ni sus discursos. Para él, ella es una testaruda, la única decisión que toma es la de dar a luz en su casa y con una comadrona en lugar de un doctor.

Toby Shandy. Es inocente, noble, humanista, embebido en sus cavilaciones militares y construcción de fortificaciones y estructuras. Es de carácter apacible. Sin voluntad de daño, ingenuo. Por su misma inocencia, crea situaciones con humor involuntario. Lo paradójico es que, aunque humanista, combatió en una guerra y ahí sufrió un herida que tardó años en sanar. La defensa ante los elocuentes e irrefutables argumentos de su hermano es ponerse a silbar Lillabullero.

Bobby. Es mencionado en algunos pasajes, pero su muerte (sin mencionar cómo sucedió, p. 357) se anuncia después, sin haber hecho su aparición.

Trim. Es un cabo, colega inseparable de Toby, al que sirve como cómplice de gustos, amigo, sirviente, barbero, sastre, etc. Posee casi la misma nobleza de Toby.

Yorick. Tiene el cargo de párroco, Es la segunda historia, después de la de la comadrona. Lo describe como alguien que odia la seriedad: “no era lo mejor sino casi siempre lo peor […] como lo definiera un francés diciendo que era como un afectado continente del cuerpo para cubrir los defectos del contenido de la mente” (p. 85). Impertinente y excesivamente franco al hablar… tanto que su estilo lo condujo a la muerte. En el nombre, tal parece una reminiscencia del bufón de Shakespeare como Tristram afirma: “la familia fue originalmente danesa, de que se trasplantó a Inglaterra reinando Horwendillus, rey de Dinamarca, en cuya corte, al parecer, un antecesor de este Mr. Yorick por línea directa, ocupó un importante puesto hasta su muerte. En qué consistía este puesto no nos consta […] Me asalta a veces el pensamiento de que tal cargo no pudo ser otro que el bufón real. Y que el Yorick de Hamlet de nuestro Shakespeare, cuyas obras, como ustedes saben se basan en hechos reales, no es otro que ese hombre” (p. 83).

Comadrona. Tristram da un lugar para hablar de ella por el mérito de haberlo traído al mundo. Tiene tres hijos a los que debe mantener, ya que no tiene esposo.

Obadiah. Leal sirviente de la familia, un tanto torpe para hacer los quehaceres que le encomiendan.

Las torceduras de la linealidad

¿Y Tristram? ¿Y su vida? En el inicio él todavía no ha nacido, pero está presente durante toda la obra, de no ser así, ¿quién la narraría? ¿Y sus opiniones? Éstas se manifiestan en la novela. Es un narrador omnisciente, a pesar de no que existe como personaje sino hasta el volumen III y en los demás… “a ratos”. Sus opiniones son manifiestas:

Observen que no entro a juzgar nada; mi sistema consiste siempre en dirigir la investigación a lo curioso, a lo diferente; en llegar a la fuente de las cosas que cuento, pero no señalando que un pedante puntero o en la forma terminante de Tácito que se suele pasar de listo consigo y con el lector, sino con la humildad de corazón de alguien dedicado simplemente al oficio de ayudar a los que quieren aprender. Escribo para ellos y con ellos los que me leerán (si es que una lectura cono ésta es capaz de interesarles) hasta el fin del mundo (p. 120).

He aquí cómo se nos enuncia ese proyecto:

He tomado el partido de construir la línea principal de la obra y sus accesorias con intersecciones, complicándolas con movimientos digresivos, como ruedas engranadas, para que todo el mecanismo funcione y, lo que es más importante, para que continúe funcionando durante cuarenta años (pp. 125-126).

 

Humor voluntario e involuntario

Ya dentro de la trama, además de las jugarretas que nos hace Sterne, de mandarnos a un lado y a otro, se le da la libertad de introducir páginas anteras en negro, dejar otras en blanco, anunciar únicamente el número del capítulo en cada página.

Hechos como estos nos dan una idea de la ingenuidad e inocencia de Tob Shandy: “No sé de cálculos, más que esta barandilla, dijo mi tío —encajándolo mi padre en sus espinillas—. Pasa una vez de cada cien, exclamó mi tío Toby. —Creía, dijo mi padre frotándose la espinila, que no entendían nada de cálculos, hermano Toby. Aquí, mientras bajan las escaleras cuando comentan lo de la nariz aplastada  de Tristram”. (p. 307).

Y en cuanto a influencias se refiere… ¿no nos recuerda esto a Rabelais? “No había yo prometido escribir un capítulo sobre nudos? ¿Y dos sobre lo bueno y malo de la mujer? ¿Y otro sobre los bigotes? ¿Y otro más sobre los deseos? ¿Y otro sobre las narices?” (p. 307).

 

Un sarcasmo a la pedantería filosófica

Ironiza acerca de las controversias, de los discursos filosóficos intelectualistas de la realidad de la nariz de un forastero en un cuento que incluye que el canon de la belleza son las narices grandes. La vida entera de un pueblo se limita a discutir en torno de la nariz del forastero. Lutero, protestantes, papistas, filósofos, teólogos. Hace una burla de los recursos catedráticos (p. 292). Sobre le cuento de Slawkenberguius, ha escrito Charles Paris: “La sátira sobre la pedantería filosófica y teológica es tan importante para el autor como el simbolismo de la nariz, y leerlo únicamente como un cuento obsceno equivale a leerlo con, al menos, un ojo cerrado […] El acaloramiento aumenta en proporción inversa a la falta de conocimiento verdadero” (p. 293).

 

Las torceduras de la linealidad

Imaginemos un árbol con 5 ramas; elijamos la tercera, de ésta se desprenden otras 4 y la cuarta se divide en 4 más. Imaginemos que cada rama principal del árbol se divide de forma similar. Si avanzamos por una rama, nos alejamos del grueso del tronco y cada rama nos lleva a capítulos nuevos. Una vez que hemos llegado a la punta de cada capítulo nos recuerda por qué necesitó hacer esa explicación y, así desde lejos, nos hace regresar a la situación antes de la ramificada digresión.

De esta forma, no debe sorprendernos que luego de estas desviaciones que van construyendo el discurso de la historia de Tristram, él no nazca sino hasta que llegamos al libro III. Tristram está consciente de cómo destruye su libro, y nos lo reafirma:

Las digresiones, no cabe duda de que son la aurora, la vida, el alma de la lectura. Sáquenlas de este libro, por ejemplo, y no quedaría nada de él. Sería todo él como un frío y largo invierno. Devuélvanselas al escrito y cobrará la agilidad de un recién casado, exultante de nuevos alientos, aportando variedad y sin temor al desmayo” (p. 125).

Como podemos ver en un esquema que el mismo Tristram (a decisión de Sterne) incluye en el libro, el avance de la novela no es lineal, él explica la forma narrativa que le ha estado dando a la historia, y hasta gráficamente los movimientos de las líneas son cómicos: entrar en zigzag, adelantarse, regresar, línea continua, ir arriba, abajo… caer sin un orden aparente. Obviamente sabemos que no es así: “debido a este designio, el plan de mi obra es en sí mismo un género. En ella conviven dos fuerzas contrarias que se reconcilian. Es en definitiva, una obra digresiva y al propio tiempo prgresiva” (p. 125).

Incrusta pasajes como para indicarnos que tiene una perfecta noción del tiempo cuando al hablar nos indica, que ya han pasado treinta minutos desde que dejamos a padre y a tío dormidos en la sala o cuando deja a su mamá más de 5 minutos como congelada, escuchando a su esposo y cuñado escondida tras la puerta: explica algunos datos y luego la “reactiva”.

Poseé tanto control sobre nosotros que no se olvida de recordarnos que dejamos a los personajes en espera de seguir la narración. Al dar esos saltos, es que hace saber incluso cuánto tiempo los dejará allí. Nos dice media hora, y mientras pasa “su media hora” habla de otras cosas relacionadas con el tema o la situación que dejó en espera, habla de los personajes que están inmiscuidos avanzando capítulo tras capítulo. Cuando termina su media hora, nos damos cuenta (nos lo dice) de que su pequeña media hora fue para nosotros alrededor de 80 páginas y un número considerable de capítulos. Las digresiones son de dos tipos, las de “congelarlos” y las de permitirles que sigan haciendo lo que hacen, como el caso de Walter y Toby cuando se quedan dormidos. Pero qué más da, con la literatura en el proceso hasta llegar al final, a veces no el final mismo. También suele regresar al tiempo del lector:

Y estando como usted comprobará a mitad del cuarto volumen, y no más allá del primer día de mi vida, resulta evidente que me quedan trescientos sesenta y cuatro días de mi vida para escribir ahora, que cuando comencé; de forma que en lugar de avanzar con lo que he ido escribiendo como cualquier escritor, resulta que no he hecho más que retroceder más y más en cada nuevo volumen. ¿Es que cada día de mi vida va a ser tan agitado como este primero? […] con este tenor yo viviría 364 veces más de prisa de lo que escribiera, se llega a la conclusión de que cuanto más lean ustedes más se verán obligados a leer” (p. 312).

¿Y qué es sino una fatalidad que desde la introducción de la novela se anuncia la posibilidad de no llegar a narrar completa su propia autobiografía?

Una transgresión jocosa

Concepto Lockeano de la duración, parafraseado por Walter, “los hombres derivan sus idea sobre la duración a partir de su reflexión sobre la sucesión de las ideas que ellos observan en su propio entendimiento” (p. 228). Esto se convierte en una parte fundamental del método que emplea Tristram Shandy para presentar su historia y le permite apartarse del esquema narrativo tradicional en lo espacial y lo temporal.

Después de habernos acercado a la estructura de la novela, podemos imaginar que siendo unos lectores de su época, acostumbrados a la linealidad del tiempo novelesco, Tristram Shandy no debió ser lo que ellos esperaban ni lo que estaban acostumbrados a leer. Tanto así rompió esquemas que la crítica lo recibió mal en los primeros volúmenes y todavía en los siguientes, de modo que en un arrebato de enojo consigo mismo (un tanto extraño) justifica este tratamiento de las reglas.

¿Es que el hombre ha de atenerse a las reglas, o más bien las reglas adaptarse al hombre? […] ¿No resulta esto diez veces mejor que salir dogmáticamente con una sentenciosa retahíla de erudición para contar al mundo la historia, por ejemplo, de un caballo asado?” (p. 308).

La publicación se hizo por entregas, resultando un total de nueve volúmenes. 

El esguince de Cronos

Si este volumen fuera una farsa, casa que bien mirado puede decirse de la vida y opiniones de todos igual que de las mías, no veo razón alguna para no suponer que el capítulo anterior haya dado fin a su primer acto y que este capítulo:

Zzziiing, Ting, Tang, Riss. Ying… (p. 391).

¿Es acaso el no poder terminar de narrar su vida un recurso hecho a propósito? En todo caso él es su vida y sus opiniones; en el momento en que él deja de opinar, deja de existir. ¿Quién tiene la pluma que escribe nuestras opiniones y nuestra vida? ¿Nosotros? ¿Dejamos de existir en el momento en que dejamos de opinar? De ser así, haríamos lo mismo que Tristram… empezar a contar antes de nacer para, por lo menos, tardar más en morir, o dejare la continuidad abierta: para no morir nunca. Para no dejar de existir en el momento en el momento en que el lector cierra el libro. Para no dar oportunidad a que cerraran el libro y ello nuestra vida.

 

[1] Sintetizado, en lo esencial, de John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, Libro II, Capítulo I. FCE, México, 2002, pp. 77-97.

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