Martes. 15.10.2019
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Novelas que de lejos parecen moscas

Reseña de Alejandro García

Tachas 05
Tachas 05
Novelas que de lejos parecen moscas


Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, transtornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita “cierta enciclopedia china” donde está escrito que

Los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e], sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación,  i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados por un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas.

En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la desnuda imposibilidad de pensar esto.

Michel Foucault

I

La aparición de este libro que conjuga cuatro novelas de escritores potosinos por nacimiento o por adopción y un ensayo introductorio de David Ojeda me permite una serie de reflexiones que buscan incorporar el sentido del lenguaje que se encierra en este objeto que abarca 721 páginas, más en la intención de malabarear con clasificaciones y juegos que me permitan llevar a la experiencia, en el sentido que le da Jorge Larrosa, tan amplio y rico producto cultural.

Está en primer término la labor conservadora de Ojeda y de las instituciones que hacen posible el libro, el primero en el plano de la mirada y del discernimiento, las segundas en el de la provisión de recursos materiales. A este nivel encuentro una saludable síntesis entre la labor del humanista del Renacimiento, su cuidadoso rescate de los clásicos y la guía para dicho rescate, así como para la lectura y escritura de los textos, bien de los anteriores, bien de los por escribirse, lo que en el último caso generó el culto ciego a la norma y a la repetición el desgaste propio de los fenómenos culturales y la elevación de la guía en ley suprema.

También está aquí la siguiente fase, la propia de la era Moderna, donde la didáctica, la política y la ideología se trenzan a fin de llevar el alimento espiritual a los hermanos para cumplir la ruda tarea de la desdivinización.

Está por último el rescate a pesar de los excesos y de las caídas de las causas redentoras. En el ensayo introductorio hay un sabio índice de juego que además de su brevedad, pudo haber hecho el autor todo un tratado, nos provoca, nos seduce. Esgrime argumentos, por ejemplo una teoría de la historia, su matriz cristiana, su maniqueo juego entre el progreso y la decadencia, pero deja al lector la elección, le alude a los prejuicios, a ciertas reglas de funcionamiento del texto y los autores en la sociedad actual y en la de su tiempo, en el género en que se inscriben, en el momento histórico que enmarcan, pero lo que busca es hacer inevitable la lectura, entrar a esos mundos de lenguaje donde los hechos históricos están camuflados por situaciones ordinarias o por un trato de la realidad que permite avanzar sea por el lado de la curiosidad histórica, sea por el lado de la simple satisfacción de leer y hacerla experiencia vital.

Claro que también los curiosos especialistas tendrán la oportunidad de desafiar los juicios, de cruzar apreciaciones propias y extrañas, de comprobar el canon, de aludir a la justicia o a la injusticia de estos autores en la historia de la literatura. Pero el mal de Ojeda está hecho, cada chango a su mecate, dice el dicho, y es cierto, la palabra breve y serena de las primeras páginas cede su lugar a la confrontación del lector y su mundo de intereses, sus demonios, con el texto literario (que desde luego también carga sus legiones infernales).

II

La segunda idea entra en juego con ese afán por clasificar o por lo menos con trazar contornos, destacar pistas, tomar distancia con respecto a la información de los hechos. Hace algunos meses asistí a la culminación de un trabajo sobre Eduardo J. Correa, novelista de Aguascalientes, católico, que entre 1929 y 1948, las fechas, algo recordarán en relación al libro que hoy presentamos, publicó 9 de sus 14 novelas, la mayoría en ediciones de autor y que con excepción de 2 son hoy prácticamente inconseguibles. Esto no es raro en el mundo editorial donde muchas de las obras trascendentales han sido producto de recursos económicos personales o familiares o de amigos. A lo largo de la ruta de su trabajo, la investigadora cayó en escepticismo extremo sobre los valores literarios y a punto estuvo de abandonar el barco. Por suerte se recuperó y el trabajo está impreso, es una tesis doctoral.

Siempre mencioné los esfuerzos que se han hecho en San Luis Potosí, en particular los de David Ojeda, para hacer comentario sobre las obras y publicarlas. En gran medida ante soledades tan espantosas como obras que sólo puede conseguir el investigador no es raro que gane la desesperanza. Y más con factores en contra como el hecho de que Correa fue un buen cristiano, militante, a menudo intrusivo dentro de los textos, pero no radica allí ni su pequeñez ni su grandeza. Mencioné también el caso de la poesía de Joaquín Antonio Peñalosa Hermana poesía. Poesía completa, publicada en 1997,  por Verdehalago y Ponciano Arriaga con un estudio de David Ojeda. Me parece que una tarea fundamental en relación a Aguascalientes o a nuest ra investigadora tiene que ver con la publicación de las novelas de Correa, de otra manera la investigación tendrá corta vida.

La preocupación de Ojeda por estos autores se muestra ya en su compilación Literatura potosina. Cuatrocientos años (San Luis Potosí, S.L.P., México, 1992, Comité organizador “San Luis 400”, 533 pp.) en ella afirma:

Ese medio servirá de crisol para distintos narradores potosinos nacidos entre 1889 y 1910. Ellos conforman el grupo más importante de nuestra narrativa en lo que se refiere a la recreación del tema revolucionario. Sobresale ahí el caso de Jorge Ferretis (Río Verde, 1902), autor de la obra tal vez más lograda, por su intensidad y una argumentación precisa y llena de vehemencia, de nuestra novelística de la Revolución: Tierra caliente. José María Dávila, por su parte, aunque nacido en Mazatlán (1897) llegaría a San Luis a los cinco años de edad y en la ciudad viviría hasta 1913. En su obra resalta la novela El médico y el santero, que debe ocupar un lugar también preponderante (por su humor y su toque costumbrista) en nuestra narrativa de la revolución. De la Huasteca es otro escritor, Jesús Goytortúa (San Martín Chalchicuautla, S.L.P., 1910), quien entre otras cosas publicara Lluvia roja, una  novela muy lograda que junto a la asunto de la Revolución en la Huasteca potosina explora una de sus vertientes temáticas: el poder caciquil y su refundación en la lucha armada. Agustín Vera, por su parte (Acambaro, Gto., 1989) es autor de la novela potosina acaso más conocida y comentada en esta materia: La revancha. Ello se debe, seguramente, al hecho de que Antonio Castro Leal lo incluyó en su antología: La novela de la Revolución Mexicana.

Ojeda completa el escenario potosino y plantea un orden con base en las temáticas y en el uso de lo literario, en el grado de madurez de la lengua y de la ficcionalización de los hechos de tal manera que extrañados en la lectura, nos permitan regresar a la apreciación del contexto, del entorno.

El reto es interesante, porque el período, al igual que el productivo de Correa, corresponde a los momentos en que se ha dicho que la novela latinoamericana transita a la ciudadanía o al cosmopolitismo, poniendo como hitos El señor Presidente (1946) Al filo del agua (1947) El túnel y Adán Buenosayres (1948) y a sus creadores Miguel Ángel Asturias, Agustín Yáñez, Ernesto Sabato y Leopoldo Marechal.

La afirmación recientemente se ha estado cimbrando y amenaza con moverse, después de la reapreación de novelistas como Roberto Arlt, Manuel Rojas, Macedonio Fernández, Mauricio Magdaleno y José Revueltas. Lugar aparte, creo, debe tener la novela La invención de Morel (1940) de Bioy Casares y desde luego que todo esto se mueve cuando hablamos del cuento y de Borges en particular (también aquí debemos incluir a Felisberto Hernández).

Este continuo martillear sobre los hitos, sobre las fronteras precisas es lo que mueve a leer a estos autores, todos ellos merecedores de más lecturas y más apuestas en su favor y esta oportunidad la tenemos ahora, no como una propuesta terminada, sino como una tarea con un pórtico, la provocación de Ojeda. El hecho de que sean 4 novelas importantes, nos habla de un porcentaje alto, cuando cuento en México en su novela que Brushwood consigna 95 productos del género entre 1930 y 1947. Y cuando el mismo autor consigna  133 para Hispanoamérica.

En lo particular debo confesar que considero que Goytortúa debería ser disfrutado por más lectores. También debo decir que leí La revancha cuando apareció en La Matraca de Premiá y que a Ferretis y a Dávila lo conocí por Ojeda, por el entusiasmo provocado después de conversar con él. Tendré tiempo de dedicarme más a cada uno de estos autores a partir de lo que ya se ha publicado y de lo que hoy podemos incorporar.

   

III

Hoy más que nunca la clasificación de Borges retomada por Foucault es necesaria para abordar el asunto de la Revolución. Rebasada la historia de facciones, rebasado el sistema  que nos inyectó todos los días la creencia en que habíamos hecho totalmente diferente a lo que había hecho el mundo y que se prolongaba como venturosa espuma y se traducía en maná para nuestra necesidades materiales y espirituales, es posible buscar que los hechos históricos se dividan en a] pertenecientes a Juan Cuerdas o a Pedro Páramo, b] embalsamados en la Ciudadela, c] amaestrados en Tlaxcalatongo, d] lechones en el cerro la Bufa en la Toma de Zacatecas, e], sirenas en el argonáutico Adolfo de la Huerta, f] fabulosos “La Bombilla”, g] perros sueltos en El Gargaleote, h] incluidos en esta clasificación y en esta reunión,  i] que se agitan como locos y compran libros, j] innumerables, traidores y amos de mundos posibles k] dibujados por un pincel finísimo de pelo de camello en un tren de Juárez a Lerdo, l] etcétera, poetas que redactan planes subversivos m] que acaban de romper el jarrón para esconder el libro, n] que de lejos parecen moscas o cuatro novelas de la revolución.

La narrativa de la revolución dejó desde el principio en claro que no había tal sistematicidad ni alturas de miras, que el discurso era parte de la violencia y que el consejero era parte del poder que se levantaba en armas, ciertamente contra la injusticia, pero no la del liberalismo, no la de la Dictadura, sino la de aquella que se había filtrado en las vidas, en los baños, en las camas, en los besos, ese terror que lo mismo amparaba el derecho de pernada que la imposibilidad de ser feliz. Por eso el amor está presente en estas novelas, como una posible clasificación, los enamorados o los que enamorados besan y detrás y debajo de ellos aúlla la violencia. Sin duda este libro es como un circo de tres pistas, pero creo que aquí debo acabar.

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