jueves. 19.05.2022
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Velarde y yo

Texto de Zoar Román

Tachas 05
Tachas 05

I

Lo primero que recuerdo haber aprendido conscientemente de López Velarde fue que no era un señor, porque nunca se casó, yo tenía quizás 5 ó 6 años.

Crecí escuchando sobre López Velarde, el jardín de niños al que asistí lleva su nombre, la secundaria en la que estuvieron varios de mis amigos también, la calle Ramón López Velarde fue una de las primeras de las que aprendí su nombre. Asistí varias veces a su museo en alguna visita escolar. Luego, toqué en muchas mañanitas y ofrendas florales, he escuchado discursos y suaves patrias.

Pero primero fui consciente de que conocía Jerez, más tarde a Velarde. Primero supe que era jerezana, después leí “Jerezanas”, primero oré a la virgen de la soledad, luego me topé con “A la patrona de mi pueblo”. Así, al leer su obra no imaginé, recordé. Su vida cotidiana (en lo que se refiere a su vida en la provincia) me puede parecer cercana, entiendo a qué se refiere cuando habla de los cítricos del Santuario, del teatro Hinojosa, de su viejo pozo; pues he olfateado los naranjos en el atrio, me he sentado frente al teatro, me he perdido en la “estrofa concéntrica de esa agua”.[1]

Mi encuentro con Velarde pudiera parecer demasiado fácil y próximo. Tal vez incluso envidiable para algunos de sus estudiosos —sin ser presuntuosa— “la primera vez que vine […], quería, con curiosidad picante, [estar] en los sitios que el poeta sintió íntegramente suyos”.[2]

Pero en realidad fue un poquito tumultuoso, pues acercarme a Velarde, de verdad acercarme, tomar su obra y abandonar mis prejuicios, no como algo malo, sino como ideas previas, abandonar mis ideas previas sobre Velarde, leerlo como leo a los demás autores, fue, ha sido y sigue siendo difícil.

Quizás no es que tenga que abandonar mis prejuicios, pero sí olvidarme del “santo y del héroe y atender al poeta y al hombre”.[3] Recordar que, como opina Paz,López Velarde no es un poeta provinciano, aunque el terruño sea uno de sus temas: los provincianos son la mayoría de sus críticos y es que hace de la provincia ese tema literario respetable, no ese canto sentimental acrítico .[4]

Me gusta ver ese otro lado del autor, prefiero no al “López Velarde acartonado, niño bueno, envidiable célibe”[5], si no al profundo, al obscuro incluso (uno no puede ser igual después de leer de verdad a Baudelaire), complejo como en Obra maestra, lleno de misticismo, de sensualidad. Me gusta más este poeta erótico, penetrante, triste, solo, desgarrado, desencantado.

II

[…] se dignaría usted a conservar cariñosamente
mi recuerdo, aunque sea el de un amigo un poco triste
que ha pronunciado palabras melancólicas al oído de usted.

Perdóneme estos renglones fúnebres […]
Ramón López Velarde  (Carta a María Nevares)

Uno va caminando por el mundo y por la vida sin más que unas cuantas preocupaciones y un corazón intacto; sin embargo, Cupido se percata de nosotros y todo cambia: nuestro andar es distinto, el corazón ya no está indemne y la vida se transforma en rosa, simple y sencillamente somos felices. Sonreímos, cantamos, bailamos, brincamos. Y cuando vemos a esa persona “sentimos mariposas en el estómago”, nos ponemos nerviosos y ligeros sonrojos se asoman por nuestras mejillas; esos días son los mejores, vimos sus ojos y su sonrisa, escuchamos su voz, quizás hasta tocamos su mano al saludarla. Todo es perfecto.

[…] Oh gloria
de estar enamorado, enamorado,
ebrio de amor a ti, novia perpetua,
enloquecidamente enamorado[…][6]

Mujer lopezvelardianaUn momento. Nos damos cuenta de que el sádico de Cupido lanzó sólo una flecha: la nuestra; así que la amada sigue caminando por la vida con su corazón ileso; esto le importa poco a nuestro optimismo que decide intentar enamorarla, pero cuando nos damos cuenta de que es imposible, nuestra vida vuelve a cambiar, la felicidad se esfuma para dar cabida a la tristeza, las canciones nos hacen llorar y caminamos lentamente pateando alguna piedrecilla, mirando sin mirar.

Esta tristeza se profundiza, se encarna y se vuelve melancolía cuando la persona amada nos está vedada, cuando el destino se encarga de hacerla inalcanzable, cuando por más que luchemos no estará a nuestro lado, jamás besaremos sus labios ni tendremos su cuerpo. “López Velarde nunca conoció el amor íntegramente correspondido”.[7]

Por fin nos resignamos a nuestro destino. Y así, recurrimos constantemente a ese Y pensar que pudimos, divagamos sobre lo que hubiera pasado si; y construimos toda una vida alterna inspirada y basada en la saudade,[8] éste es el sentimiento que reconozco en más de un texto de Velarde me hizo experimentar, pues los encuentro cargados de melancolía y añoranza, de una tristeza más profunda que la tristeza, de una tristeza interminable, eterna.

Esa vida hecha de recuerdos que no existieron fue creada con fantasías de todo lo que puedo ser y no fue, de todo aquello que nos hubiera encantado vivir al lado de la persona amada, así inventamos el recuerdo de un beso, de un vals, de un hijo, inventamos el recuerdo de una vida juntos.

Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
[…] ver las cintilaciones del Zodiaco
sobre las sombra de nuestras conciencias… [9]

Sin embargo hay indicios de que eso no es más que una ficción, y como un balde de agua fría nos despiertan a la realidad, donde esa persona no está, donde la vida es distinta, donde nos encontramos solos en nuestra habitación abrazando a una almohada.

Ahora, Velarde no se pregunta qué fue lo que perdió, nos enumera lo que perdió antes de vivirlo. ¿Qué es más frustrante preguntarse qué es lo que no se tuvo o respondérselo?, ¿tener esa curiosidad o esa certeza? El “hubiéramos” toma el papel central, es de esos verbos que traen consigo un peso tremendo, ese verbo que deja vacío, eco, resonancia terrible, duda y seguridad a la vez.

El poeta describe el hijo que no tuvo, la boda que no celebró, el beso que no dio, los latidos que no escuchó, la novia que no dijo sí, la vida que no vivió, A un imposible, Me estás vedada tú, Y pensar que pudimos, Obra maestra, Huérfano quedará, Novia imposible, me parecen los mejores ejemplos para ilustrar esa nostalgia y melancolía; los títulos mismos nos remiten a esa saudade.

¿Imaginas acaso
mi amargura impotente?
Me estás vedada tú… Soy un fracaso
de confesor y médico que siente
perder a la mejor de sus enfermas
y a su más efusiva penitente.[10]

Cómo hablar de esos amores que no se cumplieron, pero que “llegan a nosotros como un torbellino, que derriban todo a su paso, que succionan todo, que descuartizan todo, que machacan todo”,[11] amores que nos marcan por su ausencia, que les lloramos porque no fueron, que nos duelen porque no están.

Me está vedado oír en los latidos
de tu paciente corazón […]
Me está vedado, cuando te fatigas
y se fatiga hasta tu mismo traje,
tomarte en brazos […][12]

y es que, ¿qué hacer cuando no depende de nosotros, cuando es el destino contra el que luchamos? pues a excepción de “Huérfano quedará” (si te vas de ahí,/ y para siempre lloraré por ti/ […]Triste renuncio a las venturas todas[13]) y Obra maestra, ningún otro poema parece culpar a alguien, nadie abandona a nadie, ella no lo desprecia, él no decide no tenerla, pues si así lo hiciera no le afligiría y eso no es lo que nos dice

con el fardo de todos mis pesares,
guardaré los marchitos azares
entre los pliegues del nupcial vestido.[14]

tampoco creo que quepa pensar que sea porque la ame tanto que esté dispuesto a sacrificar su propia felicidad por la de ella.  El joven jerezano quiso casarse con Fuensanta y quiso casarse con Margarita Quijano y quiso casarse con Fe Hermosillo, y si no ocurrió así, no fue por falta de voluntad de él. ¿Entonces?[15]

Al único que culparía sería al destino, a ese terrible ser que hace de nuestras vidas lo que le da la gana, que toma decisiones sin consultárnoslo, que nos mueve a su libre antojo, y que encima de todo nos hace creer que nosotros somos los que llevamos las riendas de nuestras vidas.

El problema, el gran problema, es cuando el destino se mete con cuestiones importantes para nosotros, cuestiones que preferimos decidirlas personalmente y no que las decidan los demás. Cosas que si para él no tienen mucha importancia, para nosotros sí, nos son primordiales, son tan trascendentes que cambian nuestras vidas.

 Así que, si el destino mueve una ficha para divertirse y Cupido “olvida” enviar flechas dobles, estaremos condenados a vivir eternamente y velardeanamente ‘saudadeanos’.

 

[1] Ramón López Velarde, Obras, FCE, México, 2004, p. 181.

[2] Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. ensayos sobre Ramón López Velarde,  Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde. México, 2005, p. 14.

[3] Alejandro García, Encuentros y desencuentros (acercamientos al campo literario en Zacatecas), Ediciones de Medianoche, México, 2008, p. 26.

[4] Ibid., p. 27.

[5] Ibid., p. 25.

[6] Ramón López Velarde, op. cit. p.137.

[7] Marco Antonio Campos, op. cit.,  p. 38.

[8] Vocablo portugués que no tiene un equivalente exacto en español, sería algo así como nostalgia, como vago y constante deseo por algo que no fue y que probablemente no puede existir... un giro hacia el pasado o hacia el futuro.

[9] Ramón López Velarde, op. cit., p. 174.

[10]  Ibid., p. 157

[11] Haruki Muracami, Sputnik, mi amor, Tusquets, México, 2009,  p. 7.

[12] Ramón López Velarde, op. cit., p. 156.

[13] Ibid., 101.

[14] Ibid., p.101.

[15] Marco Antonio Campos, op. cit., p. 45.

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