Es lo Cotidiano

Un eco de Voces zacatecanas

Artículo de Matilde Hernández Solís

Tachas 06
Tachas 06
Un eco de Voces zacatecanas

Hace semanas, a propósito de la reiterada insistencia en la presentación de un libro, le daba vueltas a la importancia que alguna gente da a que una obra aparezca públicamente en el momento

oportuno.

Veía una entrevista con un director de cine que, siendo honesta, desconocía y sólo me quedé viéndolo porque me pareció un sujeto muy vital y un hombre muy sencillo, me enteré después, por los cintillos, que era Frank Darabont y ¡ah! —me gusta mucho una película suya con Tim Robins —ese hermoso niño grandote—y Morgan Freeman, “The Shawshank Redemption”, cuyo título ha tenido infinidad de traducciones en nuestra lengua: “Sueños de libertad”, “Cadena perpetua”, “Escape a la libertad”, y otro del que sólo recuerdo que es “Rita y… ¿¿(—era alguna frase sustantiva—)??” (aludiendo a Rita Hayworth). [Tal cantidad de interpretaciones da idea, en principio, de por qué lo relacionaba con Voces zacatecanas: la casi infinita posibilidad de traducir una frase]—. Con más razón seguí atenta: Veía sus ojos vivaces, sonrientes, y fue bastante notorio, cuando le preguntaron sobre su película preferida, cómo cambió el semblante y se opacó su mirada al hablar del infortunio de “El Majestic”, la obra que más le gustaba de su producción: decía que cómo le iban a hacer caso si se lanzó el mismo día que “El Señor de los anillos”. Aunque posteriormente el entrevistado recuperó el brillo de su mirada con otras evocaciones, terminé de ver la entrevista en plena solidaridad con su infortunio.

Para refinar mis telarañas, hacia esos días Alejandro García me platicaba sobre la ‘desgracia’ de Vicente Leñero. La representante editorial de los autores del boom latinoamericano lo tomó bajo su tutela (luego resultó que tenía sus consentidos, pero qué le vamos a hacer…), sin embargo, pese a estar a la sombra de quien catapultaba autores latinos hacia la fama, supo que el quid estaba en la traducción, así, se ocupó en hacer relaciones con el traductor de García Márquez y, pese a sus esfuerzos tanto en la labor individual en la creación de obra como en la labor social congraciándose con el más cotizado traductor ¿quién iba a voltear a ver una obra de Vicente Leñero en el momento de salida de Cien años de soledad?

Para redondear esta idea, creo que Voces zacatecanas. Zacatecan voices de Anna Maria D’Amore (Editora), México, Texere/UAZ, 2012, no conocerá el infortunio, sólo tendrá fortuna porque no hay producto editorial —local, regional, al menos— que le haga sombra; porque la intención de este texto no era llegar a un mercado comercial —si alcanza esa fortuna, qué maravilla, lo celebraremos con siguientes ediciones— ni competir con cualquier otro de semejante índole. Visto así, me veo en la situación paradójica de reconocer que ni siquiera tiene sentido toda mi reflexión anterior.

Voces zacatecanas se fue germinando, dice mi memoria, como un complemento de la enseñanza del inglés en la Escuela de Letras (dejémosle allí porque los nombres han ido cambiando pero siempre manteniendo una buena longitud: Especialidad en Letras de la Facultad de Humanidades o, según el lado que se quiera ver, Licenciatura en Humanidades con Especialidad en Letras; Licenciatura en Letras de la Unidad Académica de Letras): el CETET, Centro de traducción y de estudios sobre la traductología —el reducto académico de Anna D’Amore y Molly Harkins— que hoy ha generado este texto, un producto de tan singular calidad que ya sobrevive independientemente de lo que le diera vida.

En Voces zacatecanas está la constante de un sentido de grupo, de entorno de clan que mantiene a Letras —ahora no como la licenciatura sino como entidad abstracta— como una isla que lucha con el entorno para mantener un sentido de armonía y punto de confluencia para quienes escriben, para quienes lo pretenden, para quienes los leen, para quienes los difunden o tan sólo quienes respetan la escritura —es cierto que a veces sólo han sido estancias pasajeras pero que dejan y reciben marca de ese paso—.

Formalmente, extraño un comentario sobre los traductores, pero al margen de eso, observo un arduo trabajo en la traducción poética y, curiosamente en la narrativa, labor de filigrana. Y digo curiosamente porque recuerdo, con vaguedad, viejas (pienso en unos veinte años) y largas discusiones sobre la fidelidad en la traducción de un poeta, alguna de ellas hecha por sujetos que, si no están aquí presentes sí son anfitriones de ‘La casa del poeta’. De esas discusiones me quedo con una inquietud, que debe entenderse como un gran elogio para los traductores, y que no espero que se conteste ahora porque sería pretender resolver los enigmas de la teoría lingüística.

La inquietud: siempre había sentido que la poesía tiene mayor complejidad dentro de los niveles de descripción lingüística, sin embargo, en Voces zacatecanas encuentro ‘más llana’ la traducción de la poesía y ‘más accidentada’ la traducción de la narrativa (disculpen, no hallo un término que se acerque con fidelidad a mi percepción porque quiero decir que no es simple pero no quiero decir que es compleja). Me pregunto si esa llaneza/llanura está en el original o si es labor del traductor y definitivamente observo que los originales no son textos fáciles, que la propia lectura en español demanda un lector avezado. En suma, me ha asombrado la portentosa fluidez de las voces zacatecanas llevadas a voces inglesas.

Quisiera abordar a más profundidad y con más palabras Voces zacatecanas pero es una tremenda losa tratar de decir algo sobre después del texto “La literatura zacatecana” de Nathanial Gardner y del texto “Las voces del libro y el santo olor de páginas y forros” de Alejandro García. No obstante, no puedo dejar de hacer un guiño cómplice con Anna por la simplicidad que logró con la poesía de Acosta, sobre todo en una frase de la Melodía de la i (“Hay un dios para Dios”: ‘pero eso tiene poca gracia’ = ‘but where’s the charm in that’, nunca hubiera imaginado semejante transparencia) y con Molly por la efectividad del gentilicio que encontró para ‘salsipuedeños’ (= ‘getoutifyoucans’, en “El problema de los bandos”), el vocablo es, en verdad genial, un prodigio de juego de la morfología lingüística… la voz inglesa casi me remitía, olvidando la crudeza del texto traducido, a algo de Tolkien o de Rowling, así de poderoso el efecto de esas voces.

Antes de cerrar. Admiro y respeto a muchas mujeres pero no a quienes llevan un solo camino, eso tiene poca gracia. Me gusta sorprenderme —y me enorgullece convivir— con mujeres que son maestras, esposas, compañeras, madres, asesoras, hijas, hermanas, tutoras, amigas, investigadoras, comadres, estudiantes, colegas…. Como Anna, como Molly.

Zacatecas, Zacatecas, Domingo 31 de marzo de 2013

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