Es lo Cotidiano

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Meditatio mortis

Texto de Lauro Arteaga Muro

Tachas 06
Tachas 06

Espero no arruinar la alegría de la fiesta ni echar una tina de agua fría sobre la amable concurrencia.

He titulado este escrito “meditación”, a sabiendas de que no hago más recoger lo que todo mundo en sus momentos solitarios piensa, murmura, mastica. Lo que a mí mismo, en momentos privilegiados, asalta, cual ave negra que de pronto atravesara el cielo y robara la atención. Porque, aunque no queramos, las religioens se ocupan de cultivar el pensamiento de la muerte para paralizar las mejores intenciones y, en muchos casos, para sumir en la desesperación a los incautos.

Es cierto que nada hay tan lejano ni tan cercano como la propia muerte. Cercana, porque aparece cuando menos se le espera: los accidentes de todo tipo, las venas que se hinchan de más en el cerebro, los tumores furtivos, una piedra en el riñón son apenas unas cuantas máscaras con que se adorna. La muerte acecha —diría el filósofo de postín— porque el no-ser es inherente al ser. La nada limita al ser y lo hace contingente.

Lejana, porque hemos inventado toda suerte de conjuros para ahuyentarla y mantenerla a la zaga. Escrituras, monumentos, artes, religiones son las cartas que barajamos para introducir un rayo de eternidad en lo que hacemos. “No moriré del todo”, decía Horacio. Y Horacio sigue presente en nuestro siglo por médium de la literatura. Pretendemos organizar todo. Ponemos orden a las cosas. Hacemos gala de una razón que todo lo regula. Donde hay muerte y destrucción volvemos a construir. Creamos con ello un sentido edificante de eternidad.

¡Todo en vano! —Nada evoca tanto a la muerte como las artimañas para destruirla o simplemente olvidarla.

La mía fue una muerte chiquita. Apenas un sueño. Más bien la oscuridad absoluta, la ruptura repentina de todo cuanto fuera conciencia. El caos de los antiguos donde todo es desorden si así se puede llamar a lo que no existe. Es posible que alrededor de mi cuerpo se formara un cortejo de dolientes, de admiradores, de buitres, todos supuestamente interesados en el supuesto montón de despojos unidos ya nomás por el recuerdo. Todo eso es posible, pero totalmente irrelevante para el muerto que fui. Si la muerte existe, fue la mía porque es la única que puedo identificar. Sí que existe porque la vi de reojo dejando unos hilachos como restos de su fuga apresurada.

Durante mi ausencia momentánea de este mundo no recuerdo haber visto ni ángeles ni demonios. Unos y otros tal vez esperaban ansiosos mi desenlace o quizá se encontraban en un no-lugar contiguo afinando rápidamente unos sus laúdes y cítaras, otros sus dientes. Ambos tuvieron que guardarlos en su estuche para mejor ocasión. De lo que estoy seguro es que oí el silencio de la oscuridad, muy parecido al de los viajes al infinito que frecuentemente hice montados en el carro supersónico de mis pesadillas. Los que presenciaron mi pequeña muerte, dijeron que la posición en que me encontraba era la más cómoda. Y se guardaron de perturbarla.

Lo que más me gustó de mi propia muerte es que fue tranquila, no desesperada. “Despertar” es lo contrario de “esperar”, como “desentierro” es lo contrario de “entierro”. Yo me desprendí del entierro del cuerpo, pero no recuerdo haber volado. Si mi alma hubo de lanzarse hacia los cielos, lo hubieran impedido las nubes, demasiado espesas, demasiado oscuras. Por eso preferí por unos momentos más permanecer tranquilo en el entierro de mi inconsciencia. ¡Se abriga uno ahí tan a gusto tan a salvo de lfrío tan de la lluvia! Si, como dice Savater, los signos de la desesperación son el miedo, la codicia y el odio, la mía fue una muerte desesperadamente tranquila. No importa si tuve o no miedo, no si fui avaro. Me basta con que no odié ni fui odiado. Morí en paz.

Me percato ahora de que si la muerte se define por la falta de conciencia, soy cuerdo cuando pienso que el objeto de mi meditación también es un sueño. Es un sueño que morí. Más bien he de decir: “estoy muriendo” sin darme cuenta de ello, en la plena inconsciencia. Lo cual no es nada trágico para celebrar porque de lo que no me doy cuenta equivale a que no existe en el horizonte de mis preocupaciones. Dejo a la muerte que se ocupe de las suyas.

Lo que me dice la experiencia de la muerte no es tal porque en realidad no la experimente ni la puedo experimentar. Lo que experimento es la vida. Cuando, después de muchos años, de ausencia, llega un Dorian cualquiera y me espeta “hombre, ¡cómo has envejecido!, o cuando en una de tantas subidas de repente mi pie tropieza con el viejo escalón hollado pareciera encontrar una experiencia anticipada de la muerte. No es así. Es cierto que mi vida corre más lenta a lo largo de mi piel y de mis músculos pero sigue siendo vida, más valiosa aún por más intensa. Muchos enfermos —¡Y quién no lo está!— se familiarizan con ella y hasta la desean como insustituible compañía. En efecto, la vida no depende de la condición corporal sino del sentido que imprimamos a nuestro cuerpo. Se vive hasta el último momento, tal vez el decisivo, más allá del cual no hay decisión ni construcción posibles. Ese momento no está escrito, pero sí programado en nuestras decisiones anteriores. Programamos la vida o programamos la muerte. Nunca la muerte es una fatalidad ni resultado de una mala suerte. Simplemente es un acontecimiento que acaba con mi individualidad, el punto final de una crónica más del libro de los vivientes. Yo programé la vida. 

  

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