Es lo Cotidiano

Suicida verdadero

Relato de Filiberto García

Tachas 06
Tachas 06

El indígena esconde los pies tras la cobija y observa atento el ritual anquilosado y en ocasiones patético de los suicidas contemporáneos. Sin realizar el menor movimiento examina cómo el joven de escasos treinta años se deshace de la corbata y la suelta al vacío. La prenda serpentea como si tuviera vida hasta que al final queda inmóvil sobre el asfalto. Zapatea contra el piso del puente peatonal para descargar los temores y removerse la muerte del pensamiento.

Muchos otros ya lo han hecho, deciden que los problemas no son tan severos desde la altura del puente, desde la dureza del piso y la velocidad de los autos que circulan cada vez con mayor frecuencia por boulevard López Mateos. En cierta ocasión una pareja de adolescentes intentó suicidarse porque sus padres se oponían al noviazgo. Se tomaron de la mano y se arrojaron en estampa grotesca, ella sintió tanto miedo que soltó al novio para cubrirse la cara. Ella, quien propuso la idea, sobrevivió, quedó parapléjica de por vida, mientras que él murió después de tres minutos de dolor y sentimiento.

El joven se desprendió del saco y maldiciendo la excesiva confianza y buena voluntad en los negocios relacionados con dinero subió al pasamanos, se despeinó con violencia la cabellera y realizó varias flexiones. El indígena aguzó la vista, frunció el entrecejo para disponerse a ver el vigésimo primer suicida del año. Soltó sonrisas sádicas y se acurrucó al sentir algo de emoción. El cosquilleo en la nariz lo hizo estornudar, el ruido alertó al joven que vio al indígena cubierto con la vieja cobija de lana, sintió algo de angustia al ver la miseria de ese tipo y pensó que hubiera sido mejor ser el muerto de hambre que vivía por el basurero, sin problemas, sin tarjetas de crédito, sin traición… exhaló con fuerza y dijo: “Cuando eres pobre la mayoría han de ser sinceros contigo, no hay por qué te halaguen, nadie busca chuparte la sangre”.

Exaltado, como si recibiera insultos, el indígena se incorporó. “Si uno quiere quitarse la vida tiene que aventarse antes de que salga la primera lágrima y, de ningún modo, por ninguna razón debe platicar con la gente. Usted es cobarde y además hocicón, uno de los que vienen al puente, de esos que usan de pretexto la mirada de los críos o la ropa de limosnero que traigo para agarrarse a la vida por medio de la compasión hacia los demás, como si la vida de ustedes pudiera cambiar en algo el pasar de los hombres. El tipo se bajó del pasamanos y comenzó a insultar al indígena que permanecía de pie al fondo del puente.

“Quién te crees para hablarme de esa forma, lánzate tú si de verdad piensas que sabes de tristezas”. El indígena no se desprendió de la cobija de lana, sujetó el pasamanos y se arrojó al vacío. Los automóviles que iban a gran velocidad le pasaban por encima, triturando sus huesos, destripándole el cuerpo, adhiriéndolo cada vez con mayor pasión al pavimento que empezaba a calentarse. El joven contempló al indígena sin vida, recogió el saco que había tirado minutos antes y bajó del puente, abrió la puerta del automóvil, sonrió como si un chiste mal contado hubiera recobrado gracia tiempo después y se marchó al departamento a disfrutar cuatro días de reposo, antes de que los acreedores del banco le reclamaran la vivienda y experimentara el deseo de volver a suicidarse.

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