Es lo Cotidiano

El fruto de todos

Jorge Iván Chavarín Montoya

Tachas 07
Tachas 07

Cuando Alonso se levantó esa mañana de abril, el sudor ya había humedecido sus sábanas y un olor salado se desprendía de ellas; habían pasado unos días y su cuerpo ya le exigía volver, ocupaba volver.  ¿Tan pronto?, apenas habían pasado cuatro días, la última vez había soportado siete; a este paso su vicio lo llevaría como a otros a quedar atrapado en ese lugar. Soportar la tentación, evitar recaer, soportar el peso de su propia carne y aguantar los deseos de caminar hacía allá. Alonso observó los mosaicos azules del techo, los rayos que entraban por la ventana, el closet abierto (dentro de él sus tres camisas y sus dos pares de pantalones) e intentaba formar en su cabeza una estela obscura que ocultar sus pensamientos y tentaciones.

Alonso no soportó, La carne pesa mucho y es débil, se dijo a si mismo mientras se levantaba. No se cambió de ropa, conservó el pantalón y la camisa blanca con los que durmió esa noche, no se aseó, no desayunó, no asistió a la facultad de Letras, no sentía deseos de oír parloteos sin sentido sobre alguna teoría aplicada a una obra, ni siquiera recordaba lo que vería en clases. Alonso sólo se digno a caminar por el centro, por el mercado Garmendia, percibiendo el fétido olor de la carne en los mostradores rodeada de moscas, que se confundía con el olor de la carne de su cuerpo, no menos podrida que la que los vendedores arrojaban a los perros; el agua atrapada en las canaletas mezclada con el aceite de los carros, y las deformes calles que perdieron dirección, nombre y sentido para transmutarse en simples corredores de un laberinto. Las manos de Alonso sudaban, había logrado aguantar una hora, todavía faltaban catorce. Tranquilo, tranquilo, se repetía en voz alta sin importarle la gente que volteaba, ni los niños que lo señalaban, ni los hombres que al pasar junto a él musitaban: loco. Sólo era cuestión de soportar, de sentir que era capaz de aguantar  esa recaída, de sentirse dueño de sí. Observaba que el Crono de Goya destrozaba Catedral, que se colgaba en las torres pasando de una a otra como un mono, y en su boca introducía una de las campanas para reducirla a simples trozos de cobre. Alonso huyó escuchando que los gritos del titán articulaban una palabra: Mesón.

Alonso descansó en uno de los troncos de la isla de Orabá, ese parque que al igual que la desaparecida Mesopotamia se encuentra entre dos ríos casi muertos. Había una mujer que jugaba con un niño con una pelota; Alonso los observó, debía ser la madre, una madre joven, quizás soltera, con pocos ingresos y que aprovechaba los espacios públicos para que su hijo se divirtiera. Al retirarse la mujer  y el niño, éste dormido en los brazos de ella,  Alonso contemplo el agua del Humaya, el color opaco impedía que su rostro se reflejara; metió su mano izquierda, la sintió espesa, de nuevo confundió su olor corporal con el del caldo de orines, excrementos, basura, alimañas muertas. Si el sabor de ese liquido era tan nocivo como decían los rumores, tal vez al beberlo lo dejara en un transe de asco que le hiciera olvidar el Mesón y, más importante aún, le hiciera olvidar a Lilia. Se sentía que era uno con el Humaya, Alonso sumergió su rostro y tragó del Humaya, esperaba que ese caldo destrozara sus papilas, que su garganta se fuera pudriendo al momento que el líquido pasara por el conducto; no sintió nada, esa agua no le sabía diferente a otras.

Alonso dejó atrás la isla, no entendía por qué había ido, por qué se le ocurrió tragar del Humaya, qué era esa necesidad de restarle importancia a todo y sólo tener la necesidad de volver al Mesón, tal vez si soportaba este día y el siguiente,  ya no sintiera esa adicción, dejaría de deambular para calmar las ansias, dejaría de ver a Cronos y con suerte volvería a la cotidianidad: volver a las clases de romanticismo europeo y noches calmadas con sabanas secas. Alonso volvió a tomar marcha, aún con la esperanza de que en algún momento el agua del Humaya lo hiciera vomitar, le causara dolor de estómago o por lo menos un retorcimiento en las tripas, cualquier cosa que le devolviera el sentido común para dejar ese andar, ignorar esos estridentes rugidos y volver a su habitación a dormir un poco y olvidarse de ver criaturas de pintores españoles vagando por ahí sin correa. 

Alonso que, años atrás conocía todas las calles del centro de su ciudad, con sus respectivos negocios, ahora caminaba entre dos muros de piedras, sin prestarle importancia a alguna referencia, escuchando las pisadas del Cronos que ahora se desplazaba por las calles; fue esa libertad móvil que le dio a su cuerpo, ese descuido de perderse en pensamientos por algunos minutos, lo que lo llevo frente al Mesón. Después de varias horas de lucha había sido derrotado, su misma necesidad fisiológica ante ese lugar lo había traído. Observó la cantina y sus letras negras pintadas en la fechada: “El mesón”; en este punto Alonso cayó, desistió, ya no era posible escapar,  Esta será la última vez, se dijo al momento que entraba. Alonso se sentó en una de las primeras mesas.

Sus ojos se centraron en una fofa masa de carne vieja y putrefacta encerrada en una falda corta y un escote rosa ajustado que dejaba al descubierto sus enormes pechos;  al percatarse de la mirada del joven sonrió guardando una pequeña libreta en medio de sus senos. Ella era Lilia, o por lo menos era el nombre por el cual Alonso la reconoció. La mesera se acercó de tal forma que el joven era capaz de observar de frente esas masas de carne libres de un brasier. Antes de poder hablar Lilia tenía que apretar con su dedo índice la zona media del cuello para producir una voz robótica que se trababa a mitad de cada palabra. Que vas…a tomar, preguntó como si un cuchillo cortara su garganta, Cualquier cerveza, respondió Alonso sin despegar su mirada de los pechos cubiertos de estrías. La mesera se alejo, Alonso suspiró, en todo el día no había estado tan tranquilo como en esos momentos. Miró su reloj, las cuatro quince, a estas horas debía estar en su materia de literatura romántica, hacía tres meses que no hacía otra cosa que estar en el Mesón o tratar de no ir al Mesón. Desde la primera vez que fue, con algunos amigos de la facultad, encontró paz en los pechos de Lilia, tranquilidad en esos coqueteos descubiertos, en ese juego de tratar de ver el pezón; así que pocos días después volvió solo, regresó regularmente hasta darse cuenta que no podía hacer otra cosa, y fue cuando llegaron las abstinencias fallidas y esas caídas que concluían en arrepentimientos nocturnos. Como: bien sucedería esta noche.

Lilia atiende a un anciano en la parte izquierda, voltea a ver a Alonso saludando con la mano, estira el escote y los pechos quedan más descubiertos, mostrando una pequeña porción rosada del pezón, de nuevo sonríe pícaramente y humedece los labios con la lengua. Alonso observa a los viejos de las otras mesas. Cronos lanza un rugido. Toca su abdomen y su rostro: es más joven y hermoso que ellos, se siente superior, piensa que por esas razones Lilia lo ama más, que lo tiene en una posición privilegiada, es el favorito. El orgullo de Alonso  como cada visita cae al ver al anciano de la parte izquierda sumergiendo su rostro en los pechos, sacando su vieja lengua, parecida a una liga, para lamerlos. Alonso, mientras observa los círculos de babas que se forman en las carnes de Lilia, se pregunta quién fue el primero, quién fue ese primer Adán en conocer a Lilia, en ese tiempo joven y hermosa, y hundirse en ella, secar sus lágrimas en sus senos, en mostrarle que su labor es la de consolar, dejar que lloren en ella, que no es una Eva para un solo hombre sino un fruto para todos. No, en estos momentos no podía ser para todos, tenía que ser sólo para él, él era el que más la necesitaba, el único con derecho de abrazarla y derramar sus lágrimas sobre ella. Lilia lo sabe, por algo viene, se sienta y observa, se limita únicamente a observar y esperar a que sus pechos se humedezcan, retorno seguro, cliente seguro.

El olor a carne podrida penetra el espacio, Alonso sabe que no es sólo su carne, sino la de todos los clientes, que todos apestan, que todos son iguales, que no es diferente a ellos, que todos tienen dentro de sí algo podrido, que todos deambulan, que todos al igual que ese primer Adán vienen por el fruto. El viejo baja el escote y lambe los pezones, los muerde, los mete dentro de su boca. Lilia fría como siempre. Alonso no resiste, se dirige hacía a ellos, Lilia sabe lo que viene, se escapa de los brazos del viejo, Alonso lo golpea en el  rostro, la silla cae junto al anciano, Alonso se lanza sobre él, no alcanza a dar el primer golpe cuando el viejo se zafa, se paran, dos golpes a la nariz, suficientes para dejar al joven tendido en el suelo. Cuando la sangre empieza a salir, Lilia toma el brazo de Alonso, se levanta, sin soltarlo lo lleva a su asiento, tratan de ignorar la burla del contrario, otra mesera coloca una cerveza, le pide que se calme, la respiración de Alonso va disminuyendo, se sienta junto a él, lo abraza, repega sus pechos a su rostro. Alonso llora sin vergüenza, empapa los pechos con lágrimas para después lamber sin control esos tronchos de carne de la misma forma que el viejo lo hacía y que ahora, a pesar de la sangre y la nariz rota, ya está con otra mesera; Lilia le toca el pelo y lo invita a continuar, sin perder esa fría expresión. En ese frenesí de lengüetazos desesperados Alonso olvida los rugidos de Cronos, que seguramente ya cayó muerto y no volverá hasta mañana; la clase de literatura romántica; las calles como laberintos; la madre que juega con su hijo; los viejos podridos; se olvida de todo solo le importa ese momento: todo converge en las lengüetadas, en  volver al origen, en ser el único Adán que come ese fruto.

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