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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Las tinajas de oro

Marcelino Díaz Mares

Tachas 07
Tachas 07
Las tinajas de oro

¿Dónde quedaban las Siete Esquinas? Pregunté a un amigo cascarrabias. Pues según, me contestó, porque en Guadalajara hay las siete esquinas y en Monterrey y en México. Toda ciudad que se respete tiene sus siete esquinas. No, le dije, no seas cábula, en León, ¿dónde estaban las siete esquinas? Ah, eso sí no me acuerdo, porque por entonces yo no andaba rancheando. A mí los pueblotes no me gustaron de joven, ahora pues no me queda otra que visitar a los amigos y bajar de la civilización a la barbarie.

Eso decían los de Guanajuato, que ellos eran de ciudad y los de León de entre rancho a pueblo, más lo uno que lo otro, y eso  era reconocernos más de lo que merecíamos. En fin, las Siete Esquinas estaban donde se cruzaban Libertad y República con Morelos. Allí están, ahora atravesadas por el bulevar López Mateos.  Lo único que pasó fue que se ampliaron y un tiempo desaparecieron por la apertura del bulevar, pero poco a poco estuvieron allí de nuevo y nos siguen mirando pasar. Una cuadra atrás estaban los Picos Pardos y eso si no sé por qué el nombre.

Yo era taxista en Picos Pardos. No se paraban ni las moscas porque venían las obras encima y los montones de tierra se apilaban y la gente prefería caminar. Moví esa mañana mi auto de la bocacalle que daba al Mercado República y me moví a la esquina de Pedro Moreno. Mi calle se llamaba y se llama Zaragoza, pero en ese tramo le decían Picos Pardos, del mercado a la calle Morelos.

Salieron los asistentes a la misa de nueve y el padre Sandoval acompañó a algunos hasta la puerta. Desde allí se me quedó mirando y tuve la esperanza de que me llamara para un servicio. Por la Pedro Moreno no se tenía uno que meter al terregal y se podía uno mover al centro y al sur de la ciudad sin problema alguno.

Eran los años en que Torres Landa era gobernador y se decía que aspiraba a la presidencia de México. El famoso Caballo Blanco, por las canas. Después lo mandaron de embajador a salvasealaparte y no se le volvió a ver por León, se fue Querétaro, a Jurica y allí se dedicó a administrar lo que había sacado.

Pensé en regresar al mercado o ruletear un poco o ir a platicar con el compadre Jerónimo, a escuchar sus quejas por la falta de ventas de piel y la crisis del calzado. No se queje, le decía siempre yo, lo que a usted le deja son los préstamos, los intereses, claro, y dios me libro de caer entre sus deudores. Nada más se reía. Era cierto, a él poco le importaba la industria zapatera o curtidora, a él lo que le importaba es que hubiera necesitados de efectivo para sacarles sus centavitos y propiedades.

Me regresé por donde había venido, qué tanto son dos cuadras. Y me detuve en la primera porque los montones de tierra complicaban el paso. Fue cuando se escuchó el golpe. La grúa con la bola de metal había estado golpeando las casas, derribándolas y una vez que esto sucedía, entraban los trabajadores a cargar camiones de escombro. Eran casas viejas, con familias de muchos años viviendo allí. No había sido fácil la negocia.

Como siempre, por la buena o por la mala fueron avanzando, pero hubo los que demandaron o conocían los caminos de la ley y obstruyeron lo que parecía incontenible. Todos fueron derrotados.

De modo que al oír el golpe sobre la pared, la mitad de mí me dijo que era normal, pero la otra mitad me llamó por el lado de lo que no era común. La enorme bola volvió a pegar y entonces el muro se partió, se sumió, se cayó, pero entre la bola en retirada y el vacío relumbró algo y se oyó un extraño retintinear. Los curiosos, siempre pendientes de la menor sorpresa, dejaron escapar un oh y corrieron. Eran monedas. Lo que había eran monedas y caían como caramelos, como maná del cielo.

Y la gente, no sé dónde apareció tanta, se agolpó y con las manos, con las camisas, con lo que pusieron hicieron itacate y se retiraron felices y yo alcancé a correr con mi bote chilero para ponerle agua al taxi y alcancé a pelear entre manos y pedruscos y pude colocar el metal a buen recaudo. De mucho sirvió aquello. Y como llegamos, nos fuimos. Ahora no nos interesaba fisgonear, sino poner en seguro lo que habíamos ganado gracias a la curiosidad. Por una vez había estado en el lugar adecuado.

Después rodearon las casas a derribar con alambrada y con madera y pusieron vigilancia permanente. Quién sabe quién más ganó allí. Curioseamos, pero nada más de queso hubo para los ratones.

Eso sucedió a unos pasos de las siete esquinas. Qué tanto corrí, como cien metros, pero para mí fueron los pasos más felices de mi vida. Ni modo, el León que se nos escapó. 

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