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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

La caja del tesoro

Marcelino Díaz Mares

Tachas 08
Tachas 08
La caja del tesoro

Hubo pérdidas y hubo ganancias. De la quemazón del Mercado República no me acuerdo mucho. Por ese entonces yo vivía en Amado Nervo, cerquita de la Gutiérrez Nájera, allí donde hacían su vida las muchachas de la noche y del pecado. Poco tiempo les quedaba allí por culpa de las Poquianchis. El Mercado República mira al Coecillo, con el Río de los Gómez de por medio, pero pertenece al Barrio de Santiago. El Coecillo tiene su propio mercadito a un costado del templo de San Francisco y dejó para regocijo de los quirineros el de la Luz.

Sucedió antes de la apertura del bulevar. Yo me fui a buscar a mi primo Domingo, que andaba construyendo carreteras por el sur, a ver si me daba trabajo. Ni siquiera lo encontré, pero me pasé unos dillitas en Acapulco. Ya cuando regresé me dijeron que el mercado se había quemado y que iban a construir uno nuevo. Anduvieron chismeando que lo quemaron a propósito para hacer algo diferente, pero no creo que haya sido el caso del Parián. Allá si les estorbaba para construir la plaza y hacer de León una ciudad de respeto. Toda la vida peleando por hacer de ésta una ciudad de respeto y ahora a quién le reclamamos por lo que hicieron de ella.

A mí me la contaron casi como la película de Pedro Infante, la gente despertó con los gritos de los primeros en enterarse y los coecilleros vieron desde su orilla cómo las llamas crecían y crecían y no había agua suficiente paras apagar aquello. Y mientras tanto los perjudicados entre que se desmayaban las señoras y los hombres corrían por agua o se resignaban a encontrar algo después de la tragedia.

Don David vivía en la Paz. Cada mañana caminaba unos pasos hasta llegar a la calle Artes, se detenía un poco mientras se persignaba al pasar por Santo Doningo, revisaba la cartelera del Cine Isabel, aunque nunca se le conoció afición por las películas, casi vivía en su changarro, llegaba a Santiaguito y allí si entraba, tomaba un poco de agua bendita, se persignaba con más cuidado, se arrodillaba en la última fila, rezaba algunas oraciones y salía, caminaba por esa entrada del mercado.

Tenía su tienda de abarrotes entrando por el frente, por la puerta de la derecha. Eso de la entrada principal fue siempre un lío porque a alguien se le ocurrió ponerle el nombre por el lado contrario al templo y no lo pusieron por el lado más largo que daba a Picos Pardos. Total que los del Coecillo sintieron siempre que era una reverencia para su barrio y un desprecio para Santiago.

Don David era un hombre platicador, muy gente, rara para el mercado que como todo montón de raza que se respete se la gasta en líos y chismes. De modo que la prima Teté le puso el Platicón. Y hoy todavía decimos vamos con el Platicón aunque sea un apodo familiar nada más y aunque el señor ya esté en los brazos de Dios.

También era un hombre ordenado y muy cristiano. Sus hijos fueron monaguillos en Santiago y luego estudiaron en la escuela de Catedral y allí también asistían a los monseñores en la misa. Creo que a uno de ellos le decían el Pollo, pero alguna vez oyó don David a un cliente y así le fue, con tono respetuoso y todo, pero puso al otro como palo de gallinero. Y estaba bien compacto el pelao, parecía refrigerador. Enojado seguramente era imparable.

De modo que tampoco le podíamos decir su sobrenombre. En fin que el Platicón tenía su casa a dos cuadras del mercado y era una buena casa, lo que sea de casa quien.

En medio de la quemazón, entre los bomberos, los voluntarios y los policías que no dejaban que algún desesperado se metiera, llegó el hombre todo desesperado. Y dicen que gritaba la caja, la caja. Y pues nadie le entendía, hasta que dijo, dejé en la caja de sal de uvas Picot todo el dinero.

Destrucción total. Cuando El Platicón avanzó entre los restos humeantes llevaba cortejo, había logrado que los otros se fijaran más en su desgracia, porque saltaba a la vista lo perdido. Él se metió entre lo negro aún caliente, identificó lo que había sido su negocio, puso el cuerpo como lo hacía cada mañana, para orientarse en ese nuevo territorio. Y allí estaba la caja, negra, había perdido su color anaranjado, pero estaba entera. Había caído una vez que el mueble que la contenía se había chamuscado. Eran cajas chicas, ni siquiera del tamaño de una de zapatos, pero eran metálicas.

La tomó entre sus manos y cuentan que aún le sopló para bajarle la temperatura. Y la abrió. Algo había quedado del Mercado República porque los billetes estaban allí, como los dejó, en dos o tres fajos, apretaditos, con sus caras de héroes nacionales. Don David contuvo los mocos, que no el llanto, la multitud suspiro y ambos acariciaron la fortuna. Sólo que en ese momento la tal por cual, al fin rueda, rodó para abajo, y se hizo ceniza. El León que se nos chamuscó. 

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