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Nada: ¿La nostalgia de Lisístrata?

Alejandro García

Tachas 11
Tachas 11
Nada: ¿La nostalgia de Lisístrata?

 

Bajé la escalera despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos así creía yo entonces.
Carmen Laforet[1]

 

I

La ciudad se ha convertido en uno de los emblemas de la modernidad y en rostro de una de sus personificaciones más evidentes: la modernización. El entorno urbano ocupa un lugar cimero en el ámbito de las —llamémoslas así— ideas positivas: progreso incesante y rectilíneo, frente a un espacio rural representativo del atraso y portador de la inercia que tiende a detener la realización humana del gran mundo. La ciudad es la puerta al universo, el abrazo con el cosmos, el receptáculo de la vida cómoda y la asepsia. El campo es signo del atraso, continente de la provincia (el lugar vencido) irredimible, el laberinto sin salida y sin panorámica, el lugar de las incomodidades y de la inmundicia.

La ciudad aparece como espacio ideal del hombre en la utopía renacentista, frente al afán agustiniano de una Ciudad de Dios: el trastrocamiento del paradigma se inicia: de Dios pensando al hombre, a el hombre pensando a Dios. Durante el siglo XIX, con el antropocentrismo en pleno vuelo, con el ascenso de la novela y el peso que adquieren algunas ciudades, la literatura muestra con ambivalencia el espacio urbano. Un inicial entusiasmo de algunos escritores[2] que coincide con las aspiraciones de las revoluciones industrial y francesa. Y una posterior crítica ante los excesos de las prácticas políticas en perjuicio de una realización mayoritaria.

Esta última actitud muestra una vertiente más radical de desencanto en Charles Baudelaire y los poetas malditos: ciudad en donde la podredumbre y los males del hombre se dan la mano, espacio en donde los lemas arrastran su cotidiana contradicción y desenfreno. Ciudad en donde, sin embargo, la moral no es la tabla rasa, pues la corrupción de los grandes principios inició la diáspora y los extremos maniqueos desaparecen. Ha fracasado una vez más el hombre en su anhelo de un proyecto de redención. Ha triunfado una vez más la rebeldía a los dictados moralinos, la modernidad inicia su autocrítica.

El tema de las relaciones hombre-ciudad parece ser una constante en la literatura del siglo XX. Desde un Ulises escéptico por las calles de Dublín, hasta un Ixca Cienfuegos por la ciudad de México, pasando por las ópticas siempre enriquecedoras de Cavafis y Borges, quienes señalan el nexo indisoluble entre la ciudad y sus habitantes: "Siempre llegarás a esa ciudad", "No nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto".

Espacio de amarguras y sinsabores, de voces arcaicas, eco de anhelos perpetuos, la urbe vive y en ella hombres y mujeres apuestan a su destino, apoyan sus pasos, creen y descreen, logran pequeñas victorias o gigantescas derrotas (Edipos, Lisístratas, Isoldas, Orlandos, Faustos, Otelos). Algunas veces huyen lejos —a otra ciudad, curioso escape—, sólo para añorarla más y más, retornando a morir a los pies de sus muros.

II

Nada, de la escritora catalana Carmen Laforet (Barcelona, 1921-Madrid, 2004),[3] nos llega reeditada en 1995, después de medio siglo, gracias a la colección narrativa actual de RBA editores. Obtuvo el premio Nadal (en su primera versión) el año de 1944 y está considerada (junto con La Familia de Pascual Duarte, 1942, de Camilo José Cela)[4] como uno de los libros fundacionales del realismo social español de la posguerra.

La novela narra la estancia de Andrea, durante un año en la ciudad de Barcelona. Muchacha huérfana de padre y madre, recién salida del bachillerato en una escuela de monjas (de un pequeño pueblo), llega con un espíritu optimista a estudiar Letras. Sin embargo, choca con la realidad:

Aquel iluminado palpitar de las estrellas me trajo en tropel toda mi ilusión a través de Barcelona, hasta el momento de entrar en ese ambiente de gentes y de muebles endiablados. Tenía miedo de meterme en aquella cama parecida a un ataúd.[5]

Barcelona es personaje que se despliega silencioso a lo largo de las acciones. El caminar de la muchacha por sus calles, las jornadas en la universidad, los vericuetos para llegar a la buhardilla de los bohemios a que la conduce su condiscípulo Pons. Pero logra su mayor presencia en una noche de búsqueda enfebrecida y loca del tío Juan por su esposa Gloria, seguido a ratos por Andrea, otras a su lado, para terminar en un lugar de juego donde la mujer gana las pesetas para el sostenimiento de la familia, mientras en la casa, el pequeño hijo padece fiebre y coquetea con la muerte. En ese vaivén del que Juan conoce el destino, se retrata una ciudad oscura, con vida, a la que se le pueden aplicar las palabras casi iniciales de Andrea: "Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada".[6] Barcelona está clara en sus riesgos para la tía Angustias que advierte:

La ciudad, hija mía, es un infierno. Y en toda España no hay ciudad que se parezca más al infierno que Barcelona.[7]

Andrea, no obstante el enrarecido espacio citadino, desafía la observación autoritaria y se da tiempo para caminar por esas calles y por barrios peligrosos como el chino, pues percibe con claridad que el infierno lo cargan sus parientes y Barcelona se convierte en un refugio. Se abre camino. A lo largo de las tres partes de que consta el libro, ella tendrá pequeñas victorias, como ser aceptada por Ena y por Pons y consentida por ambos (una la invita a comer, el otro le regala los libros del curso), sobrevivir en la carrera y logar una relativa independencia.

Consigue, además, el hábil manejo de sus magras cartas: el refugio que representa la buhardilla de Pons y sus amigos cuando Ena, la amiga, se desafana de ella para entablar amistad con el tío Román y le sustrae el espacio acogedor de su casa.

También se apunta una pequeña victoria frente al espacio: la tía Angustias se retira —al final de la primera parte— a un convento. A partir de ahí ella podrá tener un cuarto y pagará tan sólo la renta, mientras se las averigua para mantenerse viva con lo que queda de su pensión de doscientas pesetas. Vivirá con estoicismo jornadas de hambre.

Desde allí, los lectores encontramos la constante: algo, siempre, le sonreirá; algo, siempre, le obnubilará el panorama: ante el retiro de Ena, viene el apoyo de Pons. Pero al final de la segunda parte ella huye de la casa en donde se celebra el onomástico de Pons y al hacerlo renuncia a una vida despejada, dentro de ciertas licencias y status socioeconómico. Barcelona seguirá siendo urbe de tránsito: no la atrapa. Cierra además un ciclo, pues la buhardilla le representa un descanso, el escape de una casa que no alcanza a comprender.

Por último, cuando se aclara el enredo entre la mamá, su hija Ena y Román: la curiosidad de la chica ante el antiguo enamorado de la madre, su fascinación primero y luego su retiro ante el artista —pero más que nada ante el hombre doblemente ruin—, y una vez que éste se suicida, cuando parece que la rutina atrapará a Andrea, por fin el hálito malsano de la ciudad sobre ella, llega la llamada para trabajar en el despacho del padre de Ena y continuar sus estudios en Madrid. Ella sabía su objetivo y lo ha cumplido: la ciudad era punto de paso, a la inversa de los abuelos:

Porque ellos vinieron a Barcelona con una ilusión opuesta a la que a mí me trajo: el descanso, en un trabajo seguro y metódico. Fue su puerto de refugio la ciudad que a mí se me antojaba como palanca de mi vida.[8]

Durante ese año, Andrea se dará cuenta de que las cosas no son sencillas y emprenderá la conquista tanto de los escenarios de la ciudad que están a su alcance, como los más complicados problemas de la casa de la abuela en que se hospeda  Ciudad y casa serán recipiente de su agobiado aprendizaje.

La obra es en los espacios una caja rusa: los personajes, los cuartos, la casa, la calle, la ciudad. Y habrá otros alternos: la buhardilla, la escuela, la casa de Ena. Cada uno de estos, a la manera de "aquella cama parecida a un ataúd" recubren a los personajes —además de sus caparazones— y los dejan ateridos.

Es al interior de la casa de la calle Aribau donde es más difícil abrirse camino: la tía Angustias la toma como obra de caridad y le prohíbe hacer cualquier movimiento sin su anuencia. Al final, después de saberse de la protección a su patrón durante la guerra, ¿nostalgia de Lisístrata?, se mete a un convento sin que haya podido comunicarse, jamás, con Andrea.

La abuela se ha reducido a un tronco oculto, presencia fugaz, generosa siempre, siempre sometida, aunque a hurtadillas, le hace pequeños regalitos (verduras cocidas, sobras dejadas, como al descuido, al alcance de la boca) durante los días del hambre.

Juan es el marido inútil, rechazado como soldado, pintor sin genio, a quien la mujer engaña: vende sus cuadros a los traperos y ella aporta las cantidades que lo mantienen en el sueño pictórico. Pero Juan es capaz de molerla a patadas, azuzado por Angustias o por Román y es capaz de emprender la cacería de la supuesta ramera, hasta darse cuenta que es ella la que mantiene el hogar.

Román, músico frustrado, presencia escurridiza, egoísta, misteriosa, quien ya una vez dejó fuera de la vida plena a una muchacha, ahora madre de Ena, quien entra al juego con la que pudo ser su hija y con la misma sobrina y al parecer dispuesto a arrancarle a la mujer al hermano y quien se encarga de incendiar la casa con sus intrigas.

Gloria, la mujercilla banal, tontaina, presuntuosa, sucia, que a la larga es la que sostiene a la familia con sus juegos en la casa de la hermana. Su presencia aumenta en proporción inversa a la de Angustias: la segunda va del dominio de la casa a su salida al convento; aquella va del aspecto sucio y el cuestionamiento de su fidelidad conyugal al sostén de la familia. Se trata de un simple relevo: el regazo femenino como punto de sosiego a los hombres después de la lucha.

Y la criada, horrible presencia en el fondo de la casa y que una vez muerto Román, un día desaparece con el perro Trueno.

En cada uno de estos personajes chocará el optimismo y la juventud de Andrea. No podrá con ellos. Pero tampoco —es justo reconocerlo— ellos podrán con ella.

Más allá se encuentran los verdaderos asideros, los verdaderos continentes, convertidos en las marcas de la historia. Y detrás de todo, como lo no dicho o lo suficientemente dicho, la guerra civil, por lo demás hábilmente escenificada en la lucha constante entre Juan y Román, los tíos, tan parecidos, tan prestos a cambiar de bando y tan dispuestos a ponerse a pelear.

Son estos hombres sin sosiego meras sombras, meros dependientes de las mujeres. Aquí se muestra una de las grandes habilidades de la narradora. Su retrato de la sociedad catalana con mujeres solitarias, al tamaño de la desgracia y de la vida. Lisístratas después de la batalla.

III

Juan y Román son símbolos: protagonistas aparentes de la batalla, la fratricida guerra que eclipsó a los hombres. Las mujeres se convierten en telas de araña para evitar la sumisión total de los despojos en la nada. Los mantienen, los cuidan y de vez en cuando les sacan la pendencia, los incitan a continuar la riña.

¿Dónde quedó la sensibilidad? En un Juan que no logra el genio a pesar de la pose desnuda de su mujer; en un Román a quien le sobran las defensas, los signos indescifrables que lo rodean, que son su defensa y que provocan ruina y dolor en lo que tocan.

La guerra civil española ha sido el parteaguas para esta familia, el filo de la decadencia. Ha sido la mortaja. A Juan se le ha negó el enlistamiento. Román ha padecido las consecuencias de ser un rojo y ha estado en prisión, aunque su comportamiento también ahí no estuvo exento de sospechas:

¿Tú sabes que Román tenía un cargo importante con los rojos? Pero era un espía, una persona baja y ruin que vendía a los que le favorecieron. Sea por lo que sea, el espionaje es de cobardes...[9]

Lo que ha sobrevenido es la obsolescencia pura. Personajes superados por la vida. Casona que ha quedado en el centro de la ciudad, pero contradictoriamente, fuera de ella.

Más allá de ese que sabemos relativo triunfo de Andrea, su elevación por sobre las cenizas de la guerra, se elevan otras presencias femeninas a lo largo de la novela: la abuela, la madre ausente, la prima, la tía Angustias, Gloria, Ena, la madre de ésta. Todas ellas luchan a la manera de Lisístrata por el porvenir de sus hombres. Es cierto que la hecatombe real ha pasado, pero el holocausto cuerpo a cuerpo, cara a cara, puño a puño, la guerra cotidiana, sigue y no cede.

IV 

¿Lisístrata en Barcelona? No. Visita a una ciudad con sus padecimientos, con sus hombres convertidos en guiñapos después de la guerra. No hubo planeamiento, de ahí que acaso ya no se pueda hacer gran cosa. Vivirán Gloria y Juan los días que les quedan libres, tal vez sin la presencia de Román, pero con el agobio de su ausencia.

Andrea podrá desarrollarse en esa ciudad que no le dejó nada, según se lee en el epígrafe, pero que en cambio le ha servido de aprendizaje, de roce con la ciudad y sus demonios, de vía de ascenso hacia nuevas pruebas, acaso de potencial Lisístrata para el siguiente drama. No en Barcelona, ahí Nada. Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en ti.

 

[1] Carmen Laforet, Nada. RBA, Barcelona, 1995, p. 286.

[2] En América, Domingo Faustino Sarmiento habla de los términos civilización y barbarie. y Rodó acentúa la contradicción entre Ariel y Calibán con respecto a Próspero.

Muestra de esta desconfianza ante el campo se da en novelas naturalistas como Naná o Santa, donde la perversión de las protagonistas se da en el campo. La ciudad sólo completa lo que comenzó en el espacio original.

[3] "En 1944 el primer premio Nadal —inicio de una nutrida serie de estos que contribuyeron tanto a expandir la afición por la novela— recayó en el relato de una muchacha, Carmen Laforet (1921-    ), significativamente titulado Nada. Narrado en primera persona y verosímilmente autobiográfico. Nada era una implícita denuncia de la sordidez y la miseria —física y moral— de la burguesía española tras el traume bélico; de este modo, esta novela junto con La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela  sirvieron de piezas testificales para suscitar la famosa polémica sobre el "tremendismo" narrativo, pero, en todo caso, para diagnosticar un nuevo rumbo para la novela española en más directa conexión con una realidad atroz.

“Por lo común, los ganadores del Nadal en los años cuarenta, incluyendo a Carmen Laforet, no han justificado las esperanzas, fuesen cuales fuesen, que los jurados del premio pusieron en sus obras. Dos excepciones, de tipo bastante diferente, son José María Gironella (1917) y Miguel Delibes (1920)". Brown, G. G. Historia de la literatura española. Vol. 6. El siglo XX, Ariel, Barcelona, 1980, pp. 221-222.

[4] Este ciclo se considera cerrado en sus mejores producciones, por El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, 1956.

[5] Carmen Laforet, op. cit., p. 15.

[6] Ibid., p. 8.

[7] Ibid., p. 21.

[8] Ibid., p. 18

[9] Ibid., p. 43.

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