Es lo Cotidiano

La urdimbre de la memoria: El mundo representado en los cuentos de 'Gente que vino a mi boda' de Soledad Puértolas

Irma Guadalupe Villasana Mercado

Tachas 11
Tachas 11
La urdimbre de la memoria: El mundo representado en los cuentos de 'Gente que vino a mi boda' de Soledad Puértolas

Tengo la impresión (…) de que he pasado la vida dormida. (…) Los días transcurren dentro del sueño, y yo apenas me doy cuenta de que vivo. No pienso, no siento nada, mientras el día discurre por encima de mí y yo lo veo de lejos, desde el fondo, y siento que debo correr, tratar de alcanzar ese discurrir, pero llego siempre tarde.
Soledad Puértolas.[1]

 

 

En el universo literario de la escritora española y miembro de la Real Academia Española Soledad Puértolas, los personajes que ahí habitan viven al margen de la existencia, son espectadores de sí mismos. En Gente que vino a mi boda los narradores-protagonistas que guían al lector en cada relato se desdoblan, cuentan la vida de sí como si fuera la de otro; tratan como Penélope, entre la angustia y la melancolía, de tejer, deshilvanar e hilar de nueva cuenta los fragmentos resguardados en la memoria para intentar aprehenderse o huir.

El ser no se presenta como una unidad, sino como trozos dispersos, disímiles, inconexos, contradictorios, camaleónicos; la realidad, con un barroquismo exacerbado, es un espectáculo en que los personajes interpretan diversidad de yoes, un sueño en que los planos diurno y onírico se mezclan o un viaje exterior y/o interior para asir o huir del mundo. En “Citas” el narrador, tras percibirse como extranjero, perdido, en una habitación de hotel en que minutos antes se siente como en un lugar conocido, se pregunta: “¿Era yo la persona que, inmovilizada sobre la cama, observaba la habitación con extrañeza, con temor?”[2]

Esta representación de la realidad responde a una estética postmoderna, característica de los narradores de la España democrática, posterior a la dictadura franquista. La narrativa postmoderna, de raigambre existencialista, se distingue por la construcción de obras abiertas, más que cerradas, en que priva la sugerencia, lo instantáneo, el juego entre el lector y el texto, una crisis existencial e identitaria entre los personajes, una visión fragmentada del entorno y  “el subjetivismo introspectivo”.[3] En la tierra de Cervantes ésta responde a la pérdida de sentido tras la fractura del régimen franquista y la apertura o la toma de conciencia ante una realidad global, compleja, vertiginosa, relativa, polarizada, regida por la incertidumbre, el caos y el azar. Aquí se ubican autores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Luis Mateo Díez, Almudena Grandes, Caballero Bonald y, por supuesto, Soledad Puértolas.

Para la última “la vida es muy discontinua. (…)Nunca he visto la vida –afirma- como una unidad sino como un conjunto de fragmentos muy desestructurados, un poco como el cubismo”;[4] mientras el motor que rige la existencia y el universo es el azar. “La vida es como es, la vida es azar. Esta vida es una improvisación.”[5] Con un tono intimista la autora recrea, entonces, lo cotidiano, el día a día, como una odisea, una búsqueda tras el ser y el sentido, en donde hay sólo fragmentos, sinsentidos y, como ella apunta, una “soledad insondable”.[6] Según Pradanos-García, mitifica lo anecdótico como si fuera “la mayor de las conquistas épica”.[7]

En su infancia Puértolas, en su natal Zaragoza y luego en Madrid, vive el régimen franquista. A los 21 años, tras dejar truncas las carreras de Política y Economía y concluir Periodismo, se muda a Noruega con su esposo. Luego viaja a Estados Unidos donde estudia la Maestría en Lengua y Literatura Española y Portuguesa en la Universidad de California, Santa Bárbara. Regresa a España en 1974, ya en el ocaso del franquismo. Esta vida itinerante le permite ser partícipe de los cambios acaecidos en el norte de Europa y Estados Unidos mientras en España bajo la dictadura el mundo permanece inmóvil. Lee de forma asidua a Tolstói, Chéjov, Baroja, Emily Brönte, Stendhal, Zorrilla, Flaubert, Virginia Woolf, Thomas Mann, Proust, Kafka, Cesare Pavese y Fernando Pessoa.

Los diecisiete relatos conjuntados bajo el título Gente que vino a mi boda son una representación de la estética postmoderna, una lectura desde los ojos de una serie de narradores testigos, observadores, paradójicamente, de su vida, de una serie de fragmentos, que pretenden unir en una misma urdimbre. Como afirma en su discurso de ingreso a la Academia, homenaje a los personajes periféricos cervantinos, Puértolas tiene una afición por aquellos seres que ocupan un papel secundario, “aquellos a quienes, en los diferentes órdenes de la vida y del arte, les toca ocupar posiciones marginales”, aquel personaje “poco visible, [que] no se encuentra en el centro de la acción o del discurso, sino en la periferia, en los ecos, en los rincones”.[8] En la compilación aquí revisada contradictoriamente los protagonistas son, a su vez, personajes secundarios.

El cuento sirve para mostrar a estos seres que viven al margen de la existencia, dado que según la autora misma a través de este género sólo se sugiere, bosqueja, un mundo; ahí la indeterminación, los silencios estructurales, son mayores que en la novela. En consonancia con esto en el universo de Puértolas el tiempo y el espacio se desdibujan, diluyen. En estos relatos priva el tiempo subjetivo, vertiginoso que se disuelve sin que los narradores logren aprehenderlo, el tiempo de la memoria en que pasado, presente y futuro se confunden, ahí vagan los relojes de Dalí; el día y la noche, Apolo y Dionisio, se enfrentan, la segunda es el refugio de los narradores-protagonista de sí mismos:

No sé qué hora era, en cuanto salgo de casa pierdo la idea de la hora, el tiempo se ensancha y deja de importar, (…) ninguna pista de que el tiempo discurre (…) sólo el pozo insondable de la noche, un pozo al que todos nos asomamos, por el que descendemos, confiados, olvidando todos los aterrizajes.[9]

El espacio de fondo en estos relatos es la ciudad, tal vez Madrid, en donde el individuo se pierde, impersonaliza y hasta deshumaniza, entre oficinas, andenes, hoteles, bares, cafés, estacionamientos, vagones de tren y tiendas departamentales. La ciudad se alza como un laberinto, en ocasiones, que salva de la vida; en otras, que asfixia:

Era yo, sí, la persona que, a pesar de no soportar los espacios cerrados y oscuros, me adentraba en ellos, (…) Sentía un estremecimiento de horror mientras el coche se deslizaba, guiado por mí, por la rampa que se internaba en la oscuridad, esas naves llenas de coches aparcados, vacíos, inermes, pegados unos a otros (…).[10]

La representación de un mundo cubierto por un velo de neblina es elaborada por los narradores protagonistas y testigos de su vida, quienes se asumen como intérpretes, lectores, de una serie de imágenes amalgamadas en la memoria. Entre el narrador y otro personaje, en la mayor parte de los relatos, priva una relación de dependencia; el primero es a través de los otros o para los otros y olvida, niega, la propia existencia: “Cada noche vivimos las vidas de los compañeros de oficina de Teresa, nos sentimos intérpretes, somos el cerebro gris de la noria del mundo de la oficina, y reímos, nos inquietamos, comprendemos, y al fin apagamos la luz y nos refugiamos en el sueño”.[11]

En Gente que vino a mi boda deambula un trotamundos con cincuenta años encima que va de ciudad en ciudad, de café en café, de cantina de cantina, en busca de historias de otros seres errantes; un hombre que en un bar es confundido por una mujer con aquel que espera y decide continuar el juego, ya que le ahoga “la necesidad de escaparse de vez en cuando”;[12] un esposo que observa la fragmentación de su cónyuge tras ella haber hurtado una chaqueta que un joven loco, libre, abandona en su oficina; un detective fascinado con la mujer que ha seguido por semanas para develar una posible infidelidad; un sobrino que sufre el abandono de su tío Bernardo, entre preocupación y envidia por no atreverse él también a huir; un periodista que en busca de la historia de un tipo extraordinario se topa con la apasionante vida íntima de la dueña de un restaurante chino:

Ella, con sus pasos breves y silenciosos, su sonrisa hospitalaria, su pasado de amor y sacrificios, su presente de amor y sacrificios, llena siempre de empresas y sentido, ha acabado por imponerse a todo, mientras él apenas sirve como mínimo pretexto, como símbolo de todo lo falso y lo impostado frente a aquella sencilla y verdadera historia.[13]

Ahí también habitan una mujer que cada noche evade dormir para que la realidad diurna que parece sueño no se fugue de la memoria: “Todo lo que he hecho hoy desaparecería como si no hubiera sido hecho si yo ahora no estuviera dispuesta a reproducirlo lentamente”;[14] una voz narrativa femenina que comparte con el lector su pavor y obsesión por los estacionamientos subterráneos en que asegura que ha sufrido eventos traumáticos, aunque no los recuerda; en el cuento que da título a la compilación, para olvidar a su padre, madrastra, exesposo, suegra, a sí misma, la narradora se consagra a aquello que desde la infancia le sale mal: bordar, con cada puntada eterniza al mismo tiempo que borra un recuerdo. “En aquellos primeros ratos de costura conseguí salirme del desorden que me cercaba y aturdía y me impedía ser feliz”.[15]

El mundo representado en Gente que vino a mi boda es una pintura de la memoria íntima, cotidiana, de quienes erran en la ciudad, en una época postmoderna, vertiginosa, consumista, compleja. Los narradores testigos-protagonistas permanecen en estado de tensión frente a la realidad, hay un son de atracción y repulsión, de encuentro, desencuentro, sin embargo, sobre todo, de fuga. Soledad Puértolas, como otros autores españoles, consagra su obra a la urdimbre de la memoria.

 

[1] Soledad Puértolas, Gente que vino a mi boda, Anagrama, Barcelona, 1998, p. 109.

[2] Ibid., p. 44.

[3] Luis I. Pradanos-García, Los silencios fenomenológicos en Soledad Puértolas, Tesis inédita en Maestría en Arte, Universidad de Texas, 2006, pp. 4-32.

[4] Gonzalo Álvarez Perelétegui, “El amor, la forma más sublimada y exagerada del mito”, en Fábula, revista literaria, núm. 30, Primavera-verano de 2011, p. 50 (versión electrónica en http://www.revistafabula.com/30/documents/30.soledadPuertolas.pdf, consultada el 10 de agosto de 2013).

[5] Ibid, p.  55.

[6] Puértolas, op. cit., p. 227.

[7] Pradanos-García, op. cit., p. 31.

[8] Soledad Puértolas, “Aliados, Los personajes secundarios del Quijote”, Discurso de ingreso a la Real Academia Española, leído el 21 de noviembre de 2010, Madrid, Alef de Bronce CPG, pp. 15-16 (versión electrónica en http://www.rae.es/rae/gestores/gespub000028.nsf/(voanexos)/arch80FAD4CE8E6D24D6C12577E5003FBB26/$FILE/Discurso%20SOLEDAD%20PUERTOLAS.pdf, consultada el 10 de agosto de 2013).

[9] Soledad Puértolas, Gente que vino a mi boda, pp. 16-17.

[10] Ibid., p. 188.

[11] Ibid., p. 52.

[12] Ibid., p. 50.

[13] Ibid., p. 95.

[14] Ibid., p. 113.

[15] Ibid., pp. 235-236.

Comentarios