Es Lo Cotidiano

UN RATITO DE TENMEALLÁ

Lecciones para sobrevivir a un mundo ficcionado

Juan Gerardo Aguilar

Lecciones para sobrevivir a un mundo ficcionado

i. Trancapalanca para mediar entre realidad y ficción

Todos, en alguna etapa de la vida, necesitamos elementos que nos ayuden a sobrellevar la realidad. Digo sobrellevar, porque aceptarla implicaría emprender una cruzada nacional contra todas las producciones de Televisa vistas de una sola sentada.

La realidad de nuestros días nos ha colocado en una suerte de impasse del que sólo podremos salir recurriendo a realidades alternas, que poco o nada tienen que ver con todas las drogas juntas metidas en una sola noche. Vamos más allá. Curiosos como gatos, arañamos la alteridad de lo que nos rodea y para eso, nos valemos de un elemento clave: la ficción.

Danos Señor la ficción nuestra de cada día, no nos dejes caer en la tentación de aceptar que ésta es y será nuestra única y miserable realidad. Para eso, precisamente, fueron elegidos algunos escritores: para servir de trancapalanca entre la ficción y la realidad, para proveer con las historias que demanda nuestra voracidad por acabarnos éste y otros mundos.

Quiero creer —o al menos eso es lo que mi cabeza desea creer— que Trancapalanca, volumen que recoge 23 relatos del escritor sinaloense Élmer Mendoza viene a reforzar mi aventurada teoría de correlación entre ambos mundos.

Y es que la realidad jamás deja de sorprendernos, sobre todo a quienes vivimos en el país que libera a los capos del narco old style por argucias legales, y donde la reforma energética provoca opiniones encontradas, pero no así la noticia de que Ben Affleck encarnará a Batman en la pantalla grande, lo cual generó un grito unánime de rechazo por parte de los mexicanos.

A veces nos gustaría creer que lo terrible ya ha pasado y, sin embargo, los acontecimientos nos aplastan. A la rata no le vemos más que la cola y tenemos un miedo encabronado a jalársela, porque no sabemos si va a huir o a mordernos, pero en ambos casos la idea nos llena de estupor. Cabe aquí citar a Élmer cuando escribe: “El mejor final es el principio donde la historia crece como enfermedad…”

ii. El cuento no está muerto siempre anda de parranda

Por todos es sabido que en el panorama comercial de las editoriales en español, el cuento es un género que goza de un amplio desmerecimiento. Merced a que la industria apuesta por la novela para conquistar a más lectores, el cuento ha mostrado cierta tendencia a volverse plato de segunda mesa.

Cierto es que, como afirmaba Enrique Serna en algún artículo, el cuento exige más a los lectores. Un libro de cuentos implica una atmósfera, personajes y situaciones distintas en cada relato, hecho que obliga el lector a cambiar de imaginario entre historia e historia. Lo anterior no sucede con la novela, puesto que sigue determinada continuidad en la historia y los capítulos apuntan hacia un mismo argumento.

No obstante, quienes hemos apostado por el cuento sabemos que sigue siendo la cereza del pastel de la narrativa. Si no, ¿por qué siguen escribiendo cuentos? Ha sido gracias a esa extraña necesidad de contar historias que el cuento sigue vivo.

Por es un placer para quienes también gustamos de oscilar entre la realidad y la ficción toparse con libros como Trancapalanca, donde las historias no sólo ofrecen giros inesperados, sino que se convierten, también, en experimentos léxico-gráficos con tintes poéticos que, extrañamente, logran dar unidad narrativa al resto del relato:

Ella irresistible amor se enredó bello como se enredan dos ganas dos intenciones dos historias en una tarde cama motel y cantinela. 

Construcciones como la anterior se encuentran a lo largo de todo el libro y lejos de serun recurso innecesario, se convierten en un ejercicio lúdico-poético, donde las imágenes y las sensaciones aparecen ante nuestros ojos como si estuviésemos viendo a través de un caleidoscopio:

Tigre diáspora vestido bravo para matar herir despellejar carácter ojos que relumbran rugidos lenguaje húmeda delta piel.

Por eso reitero que nunca como ahora, el cuento goza de excelente y cabal salud, quizás padezca de sus facultades comerciales, pero ésa es una batalla en la que hoy no es necesario profundizar. Hoy estamos aquí para darles a conocer a todos ustedes el libro de Élmer Mendoza y para regocijo de muchos de nosotros, es un libro de cuentos.

iii. El azar es cabrón (pero más el que lo aguanta)

El azar es cabrón, escribe Élmer Mendoza en “Más valen mitómanos conocidos”, una historia de amor entre engañifas que no rebasa una sola página y que aun así nos muestra todo un microcosmos particular. El azar y la casualidad parecen mover el mundo. Nada se mueve sin que la suerte lo decida. Ésa podría ser una de las premisas fundamentales de Trancapalanca.

Sus personajes no son precisamente el paradigma de los triunfadores; en todo caso, pertenecen a esa especie de borderliners que coquetean con la realidad esperando la ficción deseada. A final de cuentas, a nadie nos gusta del todo lo que estamos viviendo, por eso buscamos elementos que nos permitan subir y bajar de nivel sin perder del todo el control, como si de un sube y baja se tratara.

Para lograrlo, el también autor de novelas como Cóbrasela caro y la Prueba del ácido recurre a intromisiones deliberadas de sí mismo no en uno sino en varios relatos. El propio Élmer se convierte en personaje, un asesino a sueldo, un matón también de mamacitas, que al final resuelve como el gran demiurgo que es, quemando los borradores y avivando una atinada metaficción. 

Predominan la variedad de recursos literarios y un amplio dominio del lenguaje. Tal y como lo demuestra en “43 grados a la sombra”, donde nace una historia cachondísima como una inferencia en una gran onomatopeya del zumbido de las moscas.

Suicidas dominicales, pugilistas desconsolados, mujeres neuróticas, fantasmas nostálgicos, quimeras, detectives inútiles, atletas con el santo de espaldas… el común denominador de los personajes de Trancapalanca es la necesidad de contarnos algo, por lo regular una historia que altera los sentidos porque: “La violencia nos abre los ojos”,  y vaya que aquí lo ha hecho.

A Élmer Mendoza también se le conoce como uno de los principales exponentes de la llamada Literatura del Narco, lo cual, a mi juicio no es sino otra de las muchas etiquetas impuesta por el establishmentde un país donde se habla incluso de términos como norteñismo y postnorteñismo, que dirigen la brújula lectora hacia esta parte del país donde huele a carne asada y le echamos cátsup a la pizza.

Lo que nos ocupa ahora es la faceta de Élmer Mendoza como cuentista y es quizás en estas líneas donde encontramos la poética de la creación de uno de los narradores mexicanos más interesantes de la actualidad:

Resueltos los últimos detalles, insúfleles su originalidad, su aliento creador, para que crezcan. Cuidado con las proporciones. Sin caer en sensiblerías, goce todo lo posible. Sienta la novísima dirección del aire provocada por su obra. La miseria del mundo si usted no hubiera.

Es bueno saber que aún existen escritores preocupados por privilegiar las historias y de dar al cuento la cantidad de ficción, humor negro y verosimilitud que merece. Es bueno saber que el cuento no ha muerto y que siempre anda de parranda.

Ante este panorama y este mundo ficcionado no queda más que seguir las lecciones que nos da el buen Élmer:

Sonría. Es bueno estar contento. Después de todo es una miserable historia que se repite eternamente.

Ciudad de Zacatecas. Agosto 24 de 2013.

Comentarios