Es Lo Cotidiano

EL PARIETAL DE CHOMSKY (COMUNICACIÓN Y LENGUAJE)

Marina Arjona Iglesias

Matilde Hernández Solís

Marina Arjona Iglesias

Marina Arjona Iglesias. In Memoriam (24 de mayo de 2003)

Contextualización. Aunque tal vez otra persona lo haya mencionado ya, creo importante decir que la mayoría de los que estamos en estas mesas, en este homenaje In memoriam a la Doctora Marina Arjona Iglesias, formamos parte del grupo Pinos ’97, caracterizado por una serie de encuentros anuales en la ciudad de Pinos, Zacatecas.

Este espacio se determinó a partir de un estudio dialectal que tuvieron que hacer en 1993 Marina Arjona y Juan López Chávez; aquí empezó la intervención del maestro Morquecho porque fue el facilitador de los informantes; de allí surgieron horas y horas de sobreentendidos y de supuestos en nuestras conversaciones (la píjara, viera qué buena me salió la prieta, eso no hay, alegrito). Luego de ese estudio, Marina adoptó a Zacatecas, Juan ya lo había hecho muchos años atrás, hacia el ‘84 más o menos (y digo Zacatecas porque debo incluir al municipio de Guadalupe junto al de Pinos).

Lo primero. Las primeras reuniones surgieron en 1994 para festejar el ‘gran evento’ (había y hay que celebrar la coincidencia del natalicio de Juan y del maestro Morquecho el día 6 de mayo). No diré de qué año respectivamente porque es más elegante que eso lo digan los aludidos.

Lo segundo. En 1997 se establecieron ‘Las jornadas de ciencia y vida’ donde cada quien desarrollaba a su gusto un tema que quisiera socializar con los tragagatos (denominación que, aunque suene exótico, implicaba la selectividad, la pertenencia al grupo). En estas jornadas, así como antes se le llevaba la mano a un niño para que aprendiera a escribir, Marina nos llevó a los ‘ágrafos’ a la escritura.

Lo tercero. Por una particular empatía con el espacio, se decidieron Marina y Juan a casarse allá en 1998, luego, había que celebrar también el aniversario de boda —con grito de independencia incluido, Maribel pistola en mano y el inexistente aparecido—. Hasta aquí tenemos, pues, las reuniones de mayo y las de septiembre.

Lo último (no por eso menos importante). Marinita y Juanito, como nada más se la pasaban pensando —pero no se hagan una imagen de contemplación pura, quienes la conocimos sabemos que hay mucho más allá de estas simples palabras—, en otros términos, estaban siempre tramando algo —en el buen sentido, cosas como una investigación, un libro, una obra de solidaridad con los amigos, con la gente que apreciaban, bueno, aunque hay que reconocer que también se la pasaban deshilvanando el ‘desempeño comunicativo’, llamémosle así por ahora, de los tragagatos y sus allegados— y urdieron, en 2000, en uno de tantos regresos de Zacatecas a México, ‘Los seminarios de investigación y tesis’. Sólo a este par se le pudo haber ocurrido tal osadía (¡no, ‘odisea’!).

 La idea básica era reunirnos en Pinos, fijar duración en días, horarios de trabajo, de comida, incluso de descanso (campanazos y gritos del maestro Morquecho son las claras señales de que el tiempo /es el tiempo/: ‘¡Jábori, tu marranero!’), y aprovechar de manera grupal y jerárquica, eso sí, la asesoría que cada uno pudiera dar a los otros. Como uno de los requisitos era y es aislarse lo más posible con el afán de que no hubiera/haya distractores, alguna gente suspicaz sobremanera ha especulado un poquillo de más, pero basta estar allí para darse cuenta de que sí es como lo pintan, de que no hay mano negra, de que los ‘Seminarios de investigación’ se hacen por ‘el puro amor al arte’ (es inevitable evocar algunas expresiones atónitas: “¡¿trabajar en vacaciones?!” “¡¿sin cobrar asesoría?!”)

Para ponernos el ejemplo de cómo se debería hacer, continuando con su enseñanza de la escritura o en este caso, de cómo se hace una tesis, Marinita se lanzó conmigo duro y tendido en el primero, de allí salió la que denominé La joya de Pinos —todavía se llama así ese archivo—: mi tesis de Maestría en Letras con especialidad en Lingüística Hispánica El léxico disponible de estudiantes de primaria de la ciudad de Zacatecas, cuya presentación en la Universidad Nacional Autónoma de México, disculpen la inmodestia pero acabo de consignar los créditos, tuvo aprobación con mención honorífica. Debo decir que de los productos de los Seminarios de investigación no es la única tesis con ese mérito, son varias: la doctoral de Alejandro García (UNAM), las de licenciatura (UAZ) Gabriela Cortez,  Etna Macías, Cecilia Trejo han recibido igualmente aprobación con mención honorífica.

Por allí han pasado las tesis de licenciatura en la UNAM de José Antonio Jacobo, de Jacaranda, de Rocío, de maestría en la UNAM de Matilde Hernández, Silvia Reséndiz, Patricia Callejas, Ricardo Arriaga, Hilda Patraca, Mary Paz  y Noraima, de doctorado en la UNAM de Alejandro García, de maestría en la UAZ de Estela Galván, Ricardo Martínez, Jesús Aristorena, y Rosalía Rodarte, de licenciatura en la UAZ de Gabriela Cortez, Beatriz Soto, Etna Macías, Cecilia Trejo, Rosaura Román, Kutzi Hernández, Luz Mauricio, en el último seminario se avanzó en los proyectos de maestría de José Alvarado, Rosario Castor, Gabriela Cortez, Rosina Pargas.

Incontrovertible es, pues, que dejó Marina un gran legado, porque no ha sido algo que sólo una persona haya aprovechado sino que se ha extendido de manera piramidal. Eso son los Seminarios de investigación: una más de las maravillosas ocurrencias —a mi favor, para empezar— de Marina y Juan.

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