Es Lo Cotidiano

Literatura, vida y dobles vínculos

Alejandro García

Literatura, vida y dobles vínculos

Un día le obsequié un par de peinetas y me dijo:
—Ya tengo.
En otra ocasión le regalé una blusa negra y la puso a un lado:
—A  tu papá no le gusta que me vista de negro, porque es ropa de luto.
Ya mayor le llevé mi primer libro publicado y lo dejó en el buró:

—Luego lo leo.
Vicente Leñero

Don Vicente cumple 80 años. Bien vale la pena atreverme a comentar uno de sus libros. Más gente así (2013, Alfguara, 255 pp) no sólo continúa la labor del libro Gente así 2008, sino que parece pedir más personajes con características similares. La clave de esto está en la unión entre literatura y vida. Personas que son personajes, referencias que sólo quedarán para mí en el papel, como personajes y no como las personas que son o fueron, segmentos de vida que transitan a la ficción, ficción que se cubre con la realidad de todos los días, cotidianidad de lo excepcional, excepcionalidad de lo cotidiano.

La galería se mide en 15 puertas que Vicente Leñero construye verbalmente para que el lector se introduzca en cada una de las habitaciones para vivir una experiencia, no a la manera kafkiana de angustia, o quizá incluso esta posibilidad sin que nos pueda retener, porque nos llamará a volver al pasillo, a continuar el paseo, el acceso a esos mundos. Circulan por sus páginas Carmen Ballcells y José María Morelos y Pavón,  la primera como la promotora de escritores de mayor éxito en el mundo de habla hispana (su catálogo está coronado por Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, antes tan amigos y ahora tan renuentes siquiera a saludarse), un mundo de “posiciones y disposiciones”, dijo Bourdieu, de luchas intestinas, de independencia al interior del campo y de dependencia final del mundo del dinero. Leñero dice que ante la inaccesibilidad al mundo de la uvas, qué pena, sólo queda decir que estaban verdes. En cambio el héroe de la Independencia se muestra como hombre de su tiempo, estratega de primera, y atado al destino de una dama que se le fue con otro: se encontrarán cuerpo a cuerpo ella y él, también el seductor o el ladrón. También eso corre por la historia.

Con Frank Alexander vivimos la guerra entre iglesias en Estados Unidos, la lucha por este territorio donde lo simbólico y lo cultural se suelen anteponer a lo económico. Habrá aquí necesidad de un reciente spitfire. Después salimos del territorio de la caza y entramos al de la casa, a la huella familiar. El de las uvas verdes dibuja la figura materna, allí late el corazón desbocado de los Edipos. Se regodea en él, o se escabulle o, por qué no, se llora, entre la reverencia ciega o la cicatriz del doble vínculo. Y para enfriar la travesía, qué mejor que asistir a la lucha entre los personajes de Agatha Christie, escritora prolífica, actriz que llevó a la vida el drama de su desaparición en pleno divorcio. ¿A dónde irá herencia? No hay crimen, sí hay falta.

Don Benito, en cambio, ajeno a apellidos a identidades, pide limosna en una España donde el narrador intenta incidir sobre ajenos guiones cinematográficos. La película está en otra parte, en ese personaje que oculta un crimen y defiende a una mujer. Y si de buscar tesoros se trata, se podrá ir en pos de Eduardo Martínez Urrea, hasta conocer su desenlace en el periodismo de sangre, para culminar en la sangre de Larrea, el escritor español decimonónico, por una mujer ajena y que pide el poeta le guarde el secreto de la entrega, mientras José Zorrilla escribe unos modestos poemas fúnebres que le sirven de catapulta a la fama. Y para rematar, vendrán en pos de un tal Vicente Leñero, un tal H. J. K. que pide la aclaración de un detalle editorial en la sesentera novela Garabato.

Por si extraña la ciudad de tiros y balas, puede uno ir al calvario o al cadalso del cardenal Posadas, en el inicio de nuestra actual dieta de sangre cotidiana o más amablemente asistir a una imposible/posible entrevista con Graham Greene, y seguir con uno de los libros del inglés, uno de los llamados libros vituperadores de lo mexicano, Caminos sin ley, aunque en realidad trayendo a nosotros algo de la personalidad del exiliado español Otaola o del atormentado pintor Cantú o al fondo siempre la voz reflexiva del narrador/autor con respecto a los dobles vínculos sean maternales, sean de la representante literaria, sean de los dominadores del campo literario:

Siempre sentí, con paranoia posiblemente injustificada, que el jacobinismo de nuestro ambiente cultural durante mis primeros años de escritor me convirtió en persona non grata por católico, por mocho, por conservador. No sé si fueron razones ideológicas, más que literarias —tomando en cuenta además mi temperamento de suyo solitario— las que me hicieron a un lado.

Podremos, a punto ya de agotar las puertas, asistir a la vida de Humberto Murrieta, quien enfermo se dedica a vivir, a viajar, aunque los males lo alcanzan, lo debilitan, pero regresará a morir en su casa. U optar por la vida ansiosa de la opinión unánime del escritor Benjamín de la Garza, rico, hijo de papá, intolerante a las puntualizaciones de Rafael Ramírez Heredia y obsesionado por hacer entrar en razón al gran crítico de su tiempo, El Sapo.

Y ya nada más nos queda la puerta del amor, binomios que giran en torno al encuentro y pagan cara la osadía en una plaza mexicana de un dos de octubre que no se olvida.

Qué nos queda. Hacer lo que nos dé la gana. Regresar a cada uno de los cuartos, examinar en la habitación, preguntarnos por detalles o enigmas, darnos de cabeza contra la pared que cierra el camino o simplemente regresar sobre nuestros pasos, respirar libremente y confundirse en la vida.

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