Martes. 15.10.2019
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Lo dijo el noticiero

Filiberto García

Lo dijo el noticiero

Mi hijo llegó preocupado porque se enteró por el noticiero que perder el empleo era la tragedia más grande en estos tiempos. Por qué se pierde el trabajo papá, preguntó con su mirada palpitante, intentaba descubrir algún gesto en mi rostro, se tocó el pelo y frunció el entrecejo para obligarme a confesar. Por qué se pierde el trabajo, insistió. Pues no sé, puede que haya muchas razones, quiero decir que hoy en día perder el trabajo es tan común como pescar resfriados, te corren del trabajo por hacerlo y por dejarlo de hacer, por viejo o por tener poca experiencia, por tener preparación o por la falta de ella. Perder el trabajo es el pan de cada día. Entonces por qué dicen en la televisión que es una tragedia. No lo sé, quizá el conductor del noticiero jamás ha perdido el empleo y tiene miedo de su primera vez por eso lo considera tragedia.

Mi hijo metió las manos a los bolsillos de la sudadera, agachó la mirada y respiró hondo para después soltar un llanto incontrolable. Qué te pasa, respondí, parecía que había muerto su perro Merlín o su tortuguita Safy, se había perdido para siempre. Le toqué el hombro y lo abracé, él se acurrucó en mis brazos y lloró con más fuerza. No quiero crecer, no quiero crecer, nunca dejaré de ser niño, dijo y me abrazó con fuerza. Perdiste tu trabajo ¿verdad papá? Moví la cabeza afirmativamente. Llevaba desempleado tres meses y los ahorros se evaporaban. Mi esposa no podía estirar el gasto y a pesar de su intento por ahorrar aprovechando las “ofertas”, ya era prácticamente imposible subsistir por más de dos semanas.

Qué vamos a hacer, volvió a preguntar mi hijo. No lo sé, creo que saldré nuevamente a las calles a pedir trabajo. Y si no encuentras, insistió. Yo me encogí de hombros y le contesté. Eso nunca ha pasado, siempre hay un trabajo. Se alejó de mí y comenzó a gritarme, los ojos se le encendieron. Entonces por qué el señor de la tele dice que es una tragedia y tú yo sabemos que las tragedias no tienen solución, contesta. Mientras hablaba tomó un elefante de cerámica que estaba sobre la mesa de centro. Contesta pronto antes de que te lo rompa en la cabeza. Su gesto determinado me obligó a tomarlo en serio, sabía que de no contestar me lo arrojaría sin importarle que fuera su padre. El señor de la tele lo dice para asustarte y creo que ya lo consiguió. No estoy asustado, contestó mi hijo. Estoy triste y nada me importa, ni siquiera tú. Sin pensarlo me arrojó el elefante con todas sus fuerzas.

El elefante me pegó en el pómulo derecho y me abrió la piel, la sangre me salió de prisa. No hice por tapar la herida, sólo quise ir a su lado para decirle que la televisión es una farsante, una canalla que se especializaba en robar a los niños la inocencia, que los problemas de los grandes no son de los niños. Pero se marchó sin escucharme, quise correr tras él; no obstante, la sangre ya me había manchado la ropa y corría por mis labios y mi nariz. Fui al baño, abrí la llave del agua y comencé a mojarme el pómulo. Era imposible no pensar en él, cómo borrar de mi cabeza la imagen de un niño preocupado por el empleo y el futuro laboral de su padre.

Después de que la sangre cesó fui a buscarlo, lo encontré en el cuarto pero estaba cerrado con llave. Ábreme, le ordené sin autoridad en el tono de voz. Él no abrió, en el interior se escuchaba cada vez menos ruido y un silencio sospechoso aumentaba mi angustia. Esperé pacientemente hasta que no pude soportar más el silencio que dominaba el cuarto. Ya no había llanto, ni sollozos, no había gritos ni elefantes volando hacia mi cara. Abre, le grité con la fuerza que me daba el temor. Abre, grité de nuevo. El silencio continuaba, hasta que decidí forzar la puerta mientras lo imaginaba tirado en el piso, quizá desangrándose poco a poco, quizá con un frasco de pastillas a su lado, muriendo lentamente mientras batallaba con la cerradura de la puerta.

Al fin estaba adentro, lo contemplé sobre la cama, abrazado de un muñeco que le regalé hace años, respirando profundamente con una sonrisa en el rostro, como si estuviera soñando cosas agradables. Su mejilla tenía varias trayectorias de lágrimas que resaltaban junto a los párpados hinchados. No quise despertarlo, después de todo lo que importaba es que estuviera bien, que nada malo le hubiera pasado.

Mi esposa regresó del mercado, cada vez tardaba más buscando precios bajos, vio sorprendida al elefantito de cerámica y varias gotas de sangre. Qué ha pasado. Preguntó sorprendida al ver mi pómulo inflamado y con la herida cerca del ojo. Nada. Respondí de manera irresponsable, pues contestar “nada” cuando evidentemente sucedió algo era aumentar la incertidumbre y la desesperación. ¿Cómo que nada? Estoy viendo cómo tienes la cara. Se acercó y analizó mi pómulo haciendo un rictus de dolor. Fue Eduardo, estaba muy asustado y al no saber cómo controlarse me arrojó el elefante de cerámica.

Mi esposa se alejó. Seguro que ni le llamaste la atención, lo dices como si no importara, si eso te hace ahora que es un niño, qué podemos esperar cuando esté más viejo, si a ti te falta autoridad a mí no. Se encaminó hacia la recámara de Eduardo y mientras avanzaba tomó un cinturón que tenía en el perchero. Espera. Le grité, pero estaba decidida y al escucharme apretó el paso. Entró al cuarto y sin decir palabra golpeó dos veces con el cinturón a Eduardo en la espalda. Te voy a enseñar a que respetes a tus mayores.

Me quedé viendo el espectáculo, la forma en que mi hijo corría a esconderse tras un ropero y a mi esposa que le perseguía con el cinturón en mano. Me quedé quieto como siempre, como la vez que me despidieron injustamente, cuando no me dieron ni un cinco de liquidación, observando como objeto que no piensa, que no ve, que no siente, como  ser inanimado que sólo espera que el tiempo lo erosione. No intervine, di la vuelta mientras escuchaba otro golpe y un llanto más agudo. Todo ese día me encerré en el cuarto y me quedé pensando en lo que pude hacer y no hice.

Al día siguiente busqué trabajo y regresé a casa con las manos en los bolsillos, “Nosotros le hablamos cuando haya vacantes”, me dijeron como retahíla en cada lugar que visité. Al regresar, mi hijo estaba en la sala viendo el noticiero, me saludó como si nada hubiera pasado, con un abrazo y besos en la mejilla, se frotaba las manos, por fin apareció la sección financiera, la cual terminó en segundos. ¿Sabes? Preguntó alegre. El noticiero dijo que si la bolsa de valores se mantenía a la alza se fortalecerían las empresas y las posibilidades de encontrar trabajo crecerían. Lo vi con cierta tristeza mientas él sostenía con la sonrisa la esperanza que hacía meses yo había perdido.

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