Domingo. 17.11.2019
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Mi memoria que no es mía

Blanca Parra

Mi memoria que no es mía

Creo que no hay poema que me toque más profundamente que “Memorial de Tlateloloco” de Rosario Castellanos. Lo que yo puedo narrar no es la memoria de los hechos, sino lo que recuerdo de mi vivencia de ese periodo que me marcó muy profundamente y para siempre. Las memorias han sido escritas por algunos de los que también estuvieron presentes (Luis González de Alba, por ejemplo)  y por algunos que se enteraron de oídas (como Elena Poniatowska). Cada una de las narraciones recoge, sin duda, elementos que dependen del observador y del punto de observación.

Yo llegué a la Ciudad de México poco antes de cumplir los 16 años, para comenzar el bachillerato en  la Voca 3, del Politécnico, en el Casco de Santo Tomas. Hasta ese momento no había conocido ni discriminación ni represión. Nadie había osado agredirme… o nunca  me di por enterada. Sin embargo, conocía de las luchas de los ferrocarrileros, de los médicos y de los maestros, gracias a mi entorno familiar. Conocía de las desventuras de los migrantes que se adentraban en la pequeña ciudad que era Tepic para pedir comida a cambio de trabajo antes de continuar su viaje en el Ferrocarril del Pacifico, cuya estación estaba a no más de un kilómetro de distancia de la casa familiar. La discusión era un ejercicio familiar, con mi padre.

Los dos años en Voca 3 no presentaron mayores contratiempos, excepto por el maestro de Química, de segundo año, quien consideraba que las mujeres (éramos unas cinco en mi grupo) deberíamos estar en nuestras casas aprendiendo a cocinar en lugar de quitarle el tiempo. Ni siquiera me acuerdo de su nombre. Luego llegué como oyente a la Escuela Superior de Física y Matemáticas (ESFM), del Poli, justamente en el semestre en que comenzó la huelga; esperaba entrar a Arquitectura el siguiente semestre, pero en F.M. encontré un ambiente muy libre, donde se ejercía el pensamiento crítico. Me sentí muy cómoda y decidí quedarme.

En julio de ese año supe que la policía podía golpear a los ciudadanos, ingresar a los planteles educativos y golpear a maestros y alumnos. Y por primera vez experimenté el retorcerse de las tripas, la náusea y el desconcierto total ante la violencia de una autoridad que no sabía de discusión ni de dialogo. Así participé en mi primera asamblea, en la que los compañeros, enviados a informarse de primera mano, nos pusieron al tanto de lo ocurrido en la Ciudadela. Los delegados de otras escuelas de Zacatenco y del Casco informaron que se organizaba una protesta ante las autoridades de la ciudad, la cual comenzaba con un paro. No recuerdo si por unanimidad o por una amplia mayoría de votos, decidimos sumarnos al paro. A partir de ese momento solamente iba a la casa de huéspedes donde vivía para dormir y asearme.

La cafetería de la Escuela se convirtió en la cocina/comedor de Zacatenco durante toda la huelga. Junto con mis amigos físicos (un grupo de excelentes personas, dos años mayores que yo), nos hicimos cargo de ese espacio. Recibíamos las ollas de sopa y los pasteles que la comunidad nos llevaba (gente de la colonia Lindavista y sus alrededores) y los cigarros, dulces y demás donaciones de Superama y otras tiendas de la zona. De las colectas (íbamos a botear) utilizábamos una parte para los materiales de los volantes y el spray para las pintas, otra parte era para completar las comidas que preparábamos. El que tuviera hambre podía llegar a ESFM a compartir lo que hubiera.

Aprendimos mucho sobre solidaridad, sobre respeto a las ideas de los demás (había de todo tipo de tendencias), de manejar una imprenta y unas cuantas reglas de seguridad y supervivencia. Yo crecí en muchos sentidos; particularmente, supe que tenía voz y que tenía que hacer que se escuchara (y en eso sigo). La ingenuidad con la que llegué al D.F. se fue agotando con cada golpe represivo, con cada compañero detenido, golpeado o asesinado. La desvergüenza de la prensa me volvió escéptica (afortunadamente no veía televisión).

Por supuesto que muchos de mis compañeros de cursos no participaron más que enterándose de lo que acontecía día a día, preocupados por lo que ocurriría cuando regresáramos a clases y tuviéramos que presentar exámenes. Muchos de los estudiantes de provincia regresaron a sus lugares de origen mientras la huelga terminaba. Mis padres me apoyaron en todo momento, a pesar del costo que significaba mantenerme en la Ciudad de México y a pesar de la desinformación de los medios (debo agradecer que la televisión no hubiera llegado todavía a Tepic).Eso sí, “perdí” a la mayoría de las que se suponía eran mis amigas de primaria y secundaria, que porque yo era comunista, dijeron. No lo lamento, y no milito en  grupo alguno (por si tenían la duda).

Además de los compañeros que se volvieron amigos, en ese tiempo conocí a algunos de los profesores: los que pagaban por el café que ahí se tomaban y colaboraban lavando sus tazas, por lo menos; los que participaban muy activamente, junto al Comité Nacional de Huelga (CNH) o como enlace en nuestra comunidad; los que aprovecharon para irse al extranjero.

La crónica de las marchas, de las protestas, de las exigencias en el pliego petitorio, está más que documentada en videos, blogs, libros y Wikipedia (Tlatelolco massacre, en inglés,  y Movimiento de 1968, en México, en español; interesante contrastarlas). Igualmente está documentada la represión que se vivió en ese periodo, y la toma de  la UNAM y del Casco (Politécnico) con el saldo de muertos, heridos y detenidos en cada caso. Las historias de horror que contaban los estudiantes de Medicina asignados al Hospital Rubén Leñero, probablemente estén consignadas en algún documento.

París, la REvolución de mayo, Carlos FuentesHay muchos recuerdos gratos y muchos recuerdos tristes. El ejemplar de París. La Revolución  de Mayo, de Carlos Fuentes, dedicado a La Subversiva (yo) y un duende vestido de rojo, entre los objetos que me regalaron compañeros de otras escuelas que asistían a comer con nosotros. Cada regalo es un recuerdo grato, y cada uno es un recuerdo triste porque quienes me los regalaron no sobrevivieron a la represión.

Miércoles 2 de octubre de 1968. La puesta de sol ocurrió a las 6:34 P.M., dice Wolfram Alpha. Era, de hecho, el inicio de la noche.

Memorial de Tlatelolco
Rosario Castellanos

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

Habíamos llegado a la Plaza de las Tres Culturas en el vocho que manejaba Raúl Álvarez Garín o Ángel Verdugo (mi maestro de Álgebra I), ellos dos y tres estudiantes que cargábamos volantes hechos por nosotros mismos en la imprenta del Poli (Zacatenco) y los botes para la colecta. Ángel y Raúl se habían ido directamente al Edificio Chihuahua, desde donde el Consejo Nacional de Huelga (CNH) se dirigiría a los congregados: estudiantes, obreros, residentes de la zona; niños y adultos. Los tres estudiantes recorrimos la Plaza repartiendo los volantes y haciendo la colecta. Estaba lleno y era casi una fiesta, Wikipedia, en Tlatelolco massacre, dice que eran 10 mil asistentes.

Mis dos compañeros y yo nos fuimos acercando gradualmente al Chihuahua para escuchar mejor los discursos, que iniciarían a las seis de la tarde. Los compañeros del CNH avisaron que la marcha que estaba programada se suspendía en razón de que la Plaza estaba rodeada por granaderos y soldados. La consigna: evitar caer en provocaciones.

Porque eran buenos para provocar. Me recuerdo caminando de Zacatenco a Lindavista, sola, bordeando los prados del Poli, mientras un camión de granaderos me seguía de cerca insultándome; y me recuerdo corriendo por las calles de Lindavista hasta que una puerta se abría y alguien me jalaba para ponerme a salvo. Algunos compañeros llegaron a ser levantados por los granaderos por el hecho de vestirse de la misma manera que ahora es usual: jeans, playera, tenis o chanclas, el pelo largo para los estándares de la época. Parece impensable, pero así ocurría.

A las 6:15 P.M. soltaron las dos bengalas que me hicieron decir “Mira qué bonitas bengalas” a mis dos compañeros. Pero en el mismo instante se escucharon los primeros disparos. En ese momento no supimos exactamente de dónde provenían, pero había que ponerse a salvo. Al darnos la vuelta para correr hacia atrás del Chihuahua, uno de los dos compañeros quedó atrapado dentro del cerco creado por los hombres que con guantes blancos se identificaban: el Batallón Olimpia.

Corrimos mientras sentíamos pasar las balas muy cerca; tocamos puertas en diferentes departamentos hasta que en uno de ellos una mujer de unos cuarenta y algo de años abrió, nos miró y nos dejó entrar. Con toda tranquilidad nos quitó los botes de la colecta y los volantes, que no habíamos soltado,  mientras nos instruía: “Soy su tía, es mi cumpleaños y ustedes vinieron a festejarme; aquí hay algunos primos suyos, platiquen. Soy enfermera  en el Hospital La Raza”. Se llevo a esconder los botes y a quemar los volantes mientras conocíamos a los otros refugiados.

Pasaron muchas horas, en las que escuchamos el tiroteo, los golpes en las puertas de los departamentos, los gritos. Nadie tocó o trató de entrar en el depa en el que nos encontrábamos. Salimos de ahí en la madrugada, hacia la calle de Reforma donde los soldados nos interrogaron. Mi acompañante tenía credencial de empleado de la imprenta de su padre y yo era su novia; habíamos ido a festejar a la tía. Nos dejaron ir.

Yo quede muda de espanto, literalmente. Todavía ahora, 45 años después, los cohetes y los disparos me sobresaltan. En mi recuerdo más doloroso está una familia en el centro de la Plaza: el padre con un hijo en los hombros y otro de la mano. Supongo que no pudieron correr hacia lado alguno. De Ángel Verdugo nunca volví a saber (aunque no fue víctima de los disparos); Raúl Álvarez estuvo en Lecumberri durante mucho tiempo, al igual que Luis González de Alba y otros. Alguna vez me tocó llevarles comida a ese horrible lugar.

¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

La Plaza fue barrida y lavada para que no quedara rastro. Las notas de los periódicos del 3 de octubre retomaban las palabras del gobierno. “El 2 de octubre del 68 sometió a los medios a la información oficial, oficiosa o distante, pero los propios medios no se atrevieron a abrir la concha del ostión autoritario.”, dice Zócalo Saltillo.

Durante mucho tiempo se mantuvo la verdad oficial. Poco a poco se han ido conociendo los detalles, las fotos, los videos. Los responsables han sido señalados. Mucha gente, sin embargo, conserva la idea de que los estudiantes éramos un grupo de desocupados revoltosos que intentábamos derrocar al gobierno. Incluso en mi misma familia ha habido y hay quien piensa así. Es difícil que entiendan la rabia y la impotencia que se siente cuando los derechos de uno y de los que están al lado son atropellados. Que uno puede salir a la calle a protestar, a hacerse escuchar, a desafiar a la autoridad. Y que en todo eso no hay más ganancia que el pleno ejercicio de la libertad y el rescate de la propia dignidad.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
Y si la llamo mía traiciono a todos.

El lunes 7 de octubre regresamos a ESFM, los que estábamos, para hacer el recuento. Nos acompañaba Oriana Fallaci, periodista italiana. Había sido herida en una pierna mientras se encontraba en el Edificio Chihuahua, junto con el CNH. Comentó entonces que ni como periodista en tiempos de guerra, en Vietnam, había pasado por algo semejante.

No recuerdo en qué momento se retomaron las clases. Sí recuerdo que reprobé tres de las cinco materias que cursaba. Pero me gradué como ciudadana activa y mi padre estaba orgulloso.

Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordamos
Hasta que la justicia se siente entre nosotros.

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