jueves. 26.05.2022
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Las soledades de nuestros navíos: 'Paris, Texas' de Wim Wenders

Juan Francisco Camacho

Las soledades de nuestros navíos: 'Paris, Texas' de Wim Wenders

« The dust has come to stay.
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“Paris. Did you ever go to Paris? Can we go there now?” Son las primeras palabras que dirige Travis (Harry Dean Stanton) a su hermano Walt (Dean Stockwell) después de veinticinco minutos de empezada la película. Pero la alusión no es a la cosmopolita capital francesa, sino a un lugar en medio de la nada donde sus padres se amaron por primera vez. Una buena historia puede transcurrir en el lugar más solo del mundo: en todos lados se vive.

Aunque podrá parecer lento, Paris, Texas (1984) es un drama perfectamente logrado donde convergen el amor, la soledad y la alienación que caen sobre los hombros de todos sus personajes. Hunter (Hunter Carson), hijo de Travis y Jane (Nastassja Kinski) ha tenido que vivir con sus tíos Walt y Anne (Aurora Clement) desde que un incidente rompió el esquema de su ya entonces fragmentada familia. Distingo tres partes:

La primera abre con un plano secuencia del desierto texano que se detiene cuando apunta a un escuálido y desaliñado hombre que camina. En primer plano desciframos que se trata de Travis. Después de desmayarse en un local es llevado a un doctor. Éste lo examina y, al descubrir su aparente mudez, busca entre sus cosas para lograr identificarlo. Una tarjeta con el nombre y teléfono de Walt Henderson sacada de su cartera es suficiente. Una llamada y Walt viaja desde Los Angeles para encontrarse con su mudo hermano – a quien tiene más de cuatro años sin ver - en un consultorio de Terlingua, Texas.

El viaje de vuelta a casa será complicado: Los escapes de Travis en busca del mencionado lugar que las mesetas esconden, la falta de interacción en el diálogo, y cuando esto se resuelve vienen las manías (indisposición para volar, rentar el mismo automóvil). Pero con el habla, Travis recupera gradualmente su identidad, sus ganas de comer, y también sus recuerdos. Le cuenta a su hermano sobre Paris, Texas y el espacio que ocupa este polvoriento lugar en su alma. Compró ahí un terreno cuando Él, Jane, Hunter eran uno mismo. Después de lo que viene arrastrando, volver a donde supone que fue concebido como si quisiera volver al inicio de todo para empezar de nuevo, parece una solución.

La segunda parte empieza con la llegada a Los Angeles, donde los esperan Anne y Hunter, el niño que a la mitad de su vida dejó de ver a su padre. El renacimiento de la relación entre padre e hijo nos lleva de la mano. La trama apunta a que se dé con naturalidad, sin forcejeos; los personajes se reconocen y desconocen. Escapan del otro pero terminan encontrándose. Aquí entra una de las secuencias más conmovedoras de la película, cuando Walt proyecta el video de sus vacaciones cinco años atrás: Habían ido los dos hermanos con sus esposas a pescar y llevaban al niño en brazos. La música de Ry Cooder (con quien Wenders trabajaría más tarde para filmar “Buena Vista Social Club”) envuelve con nostálgicos acordes las escenas filmadas con una Super 8. Los buenos años se quedaron atrás. Hunter termina diciéndole a su tía/madre Anne que Travis sigue amando a Jane por la forma en que mira su imagen desde el proyector. El proceso de reconciliación empieza a cristalizar.

Anne, que está en conflicto desde que ha visto la relación creciente de Hunter – a quien sentía como propio, naturalmente – y su padre, le da pistas a Travis sobre la ubicación de Jane. Decidido a buscar a su mujer, toma dinero prestado de su hermano; su hijo se le une y los dos parten rumbo a Houston, donde saben que cada día cinco del mes Jane deposita dinero para el niño. Aquí inicia la tercera parte: Padre e hijo en busca de la madre. El desenlace es inesperado y conmovedor.

Quizá la película más intimista en la filmografía del director alemán. Wenders apuesta bien con el director de fotografía Robby Müller (quien trabajara en maravillosas producciones con Friedkin, Lars Von Trier y Jim Jarmusch) con una cinematografía que compone un contraste entre el rojo y el azul. En la secuencia final un negro viste la pantalla y los personajes para referirnos el desenlace de la situación

Un acercamiento a la alienación que se vive en nuestro tiempo. Todos somos víctimas, incluso los victimarios, de estos desapegos. Como si de aquí en adelante sólo tuviéramos que arrastrar nuestras soledades y dejar de lado los grupos a los que estamos antropológicamente determinados. Las cosas cambian, lo sabemos, pero estos procesos dejan sus cicatrices en niños como Hunter: con dos padres y dos madres; teniendo que elegir a una romperá el corazón de la otra. O como Travis: perdido, sin rumbo. A punto de morir en cualquier lugar, cualquier día. Paris, Texas es un hito en el cine no sólo por su magnífica construcción, sino por su actualidad, una película que nos puede mover desde las entrañas.

xpacox91@hotmail.com

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