Es Lo Cotidiano

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

El rinoceronte

Juan José Arreola

El rinoceronte

“El rinoceronte” ilustra el caso del hombre que aniquila totalmente a la mujer, aunque después ella toma la revancha. En “In memoriam” presento el caso opuesto, el del marido que no puede con su mujer. Por eso se refugia en su celda de cenobita libresco, donde trata de salvarse porque ella, sexualmente incluso, amenaza con destruirlo. La mujer de este texto se parece a las hermanas de “Insectíada”, es una devoradora. Allí refiero la historia de la mujer devoradora, tomando como ejemplo la hembra de la mantis religiosa que se caracteriza por su extraordinaria voracidad. Se supone que consume tres veces al día su propio peso. Hay otras bestezuelas de esta índole, entre las cuales el macho tiene que capturar a la hembra peligrosamente, es decir, que le da la vida en el asedio, y que muchos mueren antes de que la hembra sea fecundada. Esta hembra es el prototipo de la devoradora. “In memoriam” proviene como idea de un texto de Jean Cocteau, El gran extravío, donde hay una frase que se refiere a la dureza de las almas. Existen almas que rayan a otras, así como el diamante raya a muchos materiales. En “In memoriam” refiero el choque de dos almas desiguales, fenómeno que ocurre frecuentemente en el matrimonio. De ahí la metáfora, que a mi honradamente me parece buena, que compara el matrimonio con un molino prehistórico, en el que las dos piedras se muelen a sí mismas. Pero las piedras en el caso del matrimonio Büssenhausen son de distinta textura. Ella tiene un alma de pórfido, un alma de basalto. Se dice que tiene consistencia de walquiria. El alma del barón, que es un hombre dulce, un hombre poroso, un hombre calcáreo, sucumbe ante la de la baronesa, quien lo hace polvo y lo conduce a la muerte. El barón, en vez de disputar con su mujer, de divorciarse de ella, se pone a escribir esa absurda Historia comparada de las relaciones sexuales, que es la proyección casi cósmica de su drama personal. Además, toda mujer, aun la mujer víctima, tiene algo de devoradora. Como el hombre escapó de la mujer, ésta trata de recuperarlo y le absorbe la vida en la forma más elemental y significativa que es la materia seminal. Las mantis religiosa en la “Insectíada” ejemplifica esa actitud natural de toda mujer que consiste en absorber al hombre. La mujer caza a la mariposa que representa el espíritu porque se siente como un capullo vacío. Nostalgia que experimenta al ser ella, al mismo tiempo, la materia prima de la crisálida y del insecto que vuela. La mujer padece frente al hombre un sentimiento de pérdida. El símbolo se cumple perfectamente cuando el hombre resulta aniquilado.

 ”Quien estudie mi obra debe verificar literariamente, porque para mí es fundamental, la imagen del parto. Yo, como todos los hombres de la tierra, he sido expulsado.  Por un lado existe la idea del retorno al seno materno, que es lo que Freud llamó, en su texto más profundo, el impulso tanático. Este impulso es el que por encima del impulso de conservación nos hace desear la muerte. Nosotros tenemos una decidida vocación para la muerte: la necesidad de ser depositados en el seno de la tierra. Aunque esta imagen  vaya acompañada de terror, en el fondo es un deseo profundo e íntimo de regresar al seno materno. El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte, porque en una y otra situaciones nos sepultamos. Cuando amamos físicamente a una mujer, aunque sea de una manera parcial, nos insertamos en la tierra. Por eso es tan fuerte el estímulo amoroso. Deberíamos aclarar en qué consiste lo terrible de la idea de la muerte. En realidad también hay algo de terrible en la idea del amor, en la idea de amar que equivale a perdonarnos. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de la agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. También se ha dicho que el mismo hecho del morir tiene algo que se parece al orgasmo. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto. El deseo supremo, más allá del impulso de la vida, es el deseo de desaparecer, de dejar de ser individuo, de volverse a incluir en el todo original. La imagen inmediata que tenemos del todo nos la da la mujer, que sigue siendo terrenal. Una vez hechos todos los cálculos, todos los estudios psicológicos y filosóficos,  Helen Deutch, Simone de Beauvoir, Gina Lombroso, Otto Weininger, todos los que han razonado profundamente sobre el ser femenino coinciden en que ella posee, de manera preferente y preponderante, la parte material. En cierta medida, el hombre es el pájaro escapado de la jaula. De la materia original del ser bisexual, absoluto, el hombre se ha escapado por medio de las alas y del espíritu, y la mujer ha quedado más recargada de materia. La mujer es en sí misma un hogar por lo que tiene de oquedad: la mujer literalmente es hueca, cavernosa, húmeda y ha sido comparada desde siempre con la arcilla del pantano, con la arcilla plástica de la cual se pueden hacer las formas vitales.

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