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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Ariel Muniz, la bondad de la sabiduría en la creación literaria

Víctor Hugo Mondelo

Ariel Muniz, la bondad de la sabiduría en la creación literaria

Agradezco la invitación a este homenaje* al escritor uruguayo Ariel Muniz, con quien tuve el privilegio de cursar su taller de creación literaria por cerca de cinco años. Fui invitado, como a otros talleres artísticos, por David Tapia mejor conocido como Baloo, para presentar mis escritos en la clase de Ariel Muniz. Nunca olvidaré el primer poema, de un desamor propio, que leí en clase, Amor de Locos, con los nervios en esa situación de estar haciendo una pifia; al terminar mi lectura, Ariel se levantó entusiasmado y comentó con el grupo que debíamos de dar la bienvenida a un poeta maldito, ese gesto de bondad es algo que no olvidaré, pues le dio un impulso vital a mi jovial pluma.

Para comenzar a hablar de Ariel, como decía Jack el destripador —una de sus frases favoritas— hay que irnos por partes; me tocó en esta mesa hablar del Ariel maestro, formador de inquietudes literarias, pues dio clases a miles de alumnos de nivel medio superior y superior en muy variadas instituciones educativas. No era el clásico maestro que ponía orden o se pasaba el tiempo silenciando ni dictando.

Su método era muy sencillo, compartir su ingente conocimiento de buena literatura, pues bien lo decía, para escribir hay que leer mucho, pero leer lo mejor, no perder el tiempo con literatura motivacional, pues eso sólo nos crea un vacío mental.

La literatura, para él, era vivir en un mundo alternativo, el cual alimenta con pociones de aventura y conocimiento extraordinario nuestra vida.

Los escritores que conocí a fondo con Ariel son varios; en primer término la obra de Juan Rulfo, pues, para Muniz, Pedro Paramo era el mejor texto en español escrito durante el siglo XX, ya que la mejor literatura, según él, viene de la vida rural. Hicimos varias lecturas de este texto, se tornaba fascinante ver cómo cada punto, coma, punto y coma, signos de admiración e interrogación, estaban en su lugar. Nos mostraba la perfección en la redacción y sintaxis de cada párrafo, algo que por desgracia, muchos escritores de hoy en día se pasan por los cojones, nos explicaba.

Conocí también a Juan José Arreola, sobre todo su narrativa, memorables eran las lecturas y análisis que hacíamos de textos como el Bestiario o La Feria. El colorido de las letras de Arreola con los elogios de Ariel es uno de los recuerdos más trascendentes en mi acercamiento a tan pintoresco escritor jalisciense.

Julio Cortázar era otro de los escritores venerados por el uruguayo, nos presentó una edición especial de Rayuela con apuntes y textos inéditos del autor, las mil y un lecturas del andar parisino entre el jazz y la efervescencia cultural a mediados del siglo XX de Oliveira y la Maga con su travesía surrealista en una antinovela o contranovela. Ariel nos explicaba como este texto publicado por primera vez en 1963 creó una revolución sin precedente en el mundo de la literatura.

Otro escritor que estudiamos a fondo fue José Emilio Pacheco, textos como Morirás Lejos, un tanto complejo e incomprensible en mi primera lectura, a la luz de Ariel Muniz, en una explicación de cerca de una hora, me lo presentó como un cuento de hadas. Pude comprender la muerte de un nazi en medio de un parque en la ciudad de México; plagado de recuerdos de Aushwitz y el  Holocausto judío.

Otro escritor que me presentó a fondo fue Truman Capote, el sufrimiento que padeció durante su obra más representativa A sangre fría.

Y qué decir del hijo pródigo de Chicago, Ray Bradbury, con sus Crónicas marcianas, la cuales, decía, eran una extensión en ciencia ficción de Pedro Paramo por su génesis también, rural.

En el terreno del cuento, su especialidad sin lugar a dudas, pudimos leer y descifrar grandes cuentos de Carlos Fuentes, el uruguayo Juan Carlos Onetti y recuerdo cómo me sorprendió leer la faceta cuentista de uno de mis escritores predilectos, Vladimir Nabokov, pues sus narraciones hacían ver anticuados a guionistas y directores de cine consagrados como Jim Jarmush, Aki Kaurismaki, David Lynch o Tarantino.

En los terrenos del cine, recuerdo cómo nos enternecía su relato al ver una de sus películas predilectas, Midnight Cowboy, que marcó la consagración de John Voight y Dustin Hoffman. Pero sin duda, una de las películas que nos mostró, la cual me ha marcado como artista es aquella del director, cantante, guionista y compositor argentino, Leonardo Favio, El Romance del Aniceto y la Francisca, con el actorazo Federico Luppi. Una película en blanco y negro, escueta, pero con una estructura fílmica exquisita.

Ariel, se daba de topes, y no comprendía cómo, en México, una historia como la de Pedro Paramo llevada al cine, la habían desgarrado con ese pesado melodrama barato. “Como carajo no se dio una vuelta por México Leonardo Favio, hubiese conocido a Juan Rulfo y juntos hubiesen filmado el mejor Pedro Paramo que nadie podría imaginar”.

En la poesía respetaba las obras de Octavio Paz y Borges mas, para él, no eran escritores muy productivos. “Son buenos para dialogar y opinar sobre cualquier cosa, pero tampoco son los gigantes que muchos acostumbran venerar”.

Seguir charlando de mis andanzas con tan bondadoso maestro, nos puede tomar un lustro. Para Ariel el escribir es un acto de bondad, de compartir lo mejor de nosotros con los lectores, quienes deben de recibir nuestras mejores letras a torrente, no arranques onanistas ni vacuos de algún nefasto ensimismado en su miseria.

De su obra, puedo recordar con mucho cariño, Cuentos Cruentos o Temporada de Patos. No olvido su enseñanza en el oficio del escritor y la gran responsabilidad de escribir un texto, sobre todo al momento de editar y revisar; la limpidez de un texto habla mucho de quien lo escribe.

Decía que una hoja al día bien redactada, releída hasta el cansancio, de principio a fin, es el secreto para llegar a un buen fin en este arte literario.

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*Homenaje, Festival Internacional Cervantino 2013, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, 22 de octubre 2013.

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