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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

La invariable obsesión de los insomnios (algunas cucharadas de nostalgia)

Víctor Hugo Rodríguez Bécquer

La invariable obsesión de los insomnios (algunas cucharadas de nostalgia)

Siempre será insuficiente el tiempo —por ser, el mismo, relativo— para expresar holgadamente las particulares apreciaciones sobre el propio quehacer literario, que no acerca del hacer de los otros, donde a veces hay material tan vasto para explayarnos y aún así, se sabe, el tiempo apremia reconviniéndonos para que la brevedad nos vuelva prudentes y nos obligamos a redondear la idea haciendo de nuestra disertación un ajustado resumen, a veces para no lastimar susceptibilidades, también para dejar a los lectores un merecido espacio para insertar sus juicios y no abrumarlo demasiado con el producto de nuestra lectura crítica, aunque también, se sabe que por muy profundo que sea el conocimiento sobre el trabajo de los demás, siempre se quedan en el tintero algunos aspectos que quisimos abordar; pocos críticos se aventuran a develarlo todo, los motivos que inducen al escritor a lanzar mensaje de náufrago, por ejemplo, para que alguien les dé socorro y encuentran en el eco del trabajo ajeno voces insospechadas que se apropia el lector, cerrándose el círculo mágico de la literatura.

Las anécdotas son recursos para ilustrar con cierta objetividad algunos pasajes inciertos que, por remotos, nos transportan en tiempo y espacio para ubicarnos en el entorno de los hechos que merecen ser invocados. Recurriré con frecuencia a ello en un intento de legitimar mi tránsito a través de la literatura.

De la declamación al plagio

Mis padres adoptivos —Ángela, mi madre, era hermana de mi padre y su esposo Salvador, mi padre segundo— eran arcángeles terribles, se encargaban de contarme las andanzas de mi padre biológico, de su fama de buen conversador, estudiante de una brillantez inusitada y medio loco que gustaba de estudiar en la alameda trepado en las ramas de un árbol, de recitar las lecciones de memoria con tamaña ironía y descomunal atrevimiento que enfatizaba títulos, decía el pase de una página a otra y siempre puntuando hasta decir: punto final y la lección termina.

Esto le condujo a oficiar de maestro de ceremonias en la Escuela Normal para maestros y ser requerido como orador en las reuniones importantes del Magno Colegio o era reclamado en las tertulias para declamar dramáticamente hasta conmover a los cautivos. También, no contento con las piezas declamatorias de los autores del libro universal del declamador sin maestro se propuso escribir sus propias obras.

Una de ellas llegó a mis manos, me la proporcionó mi madre —ya dije que era su hermana, en resumen, mi tía auténtica—, con la insana intención de que yo encontrara una motivación especial de emularlo, pues “todo hijo debe parecerse a su padre” y me inicié en la declamación escondiendo aquel poema épico hasta que me decidía presentarlo como propio. Había terminado la instrucción primaria y pocos se explicaban la genialidad de niño tan prodigio, pero en la secundaria no pude engañarlos, sobre todo a la maestra de español, pues no sabía explicar el significado auténtico de algunos vocablos como lontananza, ultraje… y otro etcéteras.

Me incluyeron en un festival con motivos evidentes para un 10 de mayo a transmitirse en vivo, desde el Teatro Calderón, por una emisora local; debía proporcionar el título del poema que habría de declamar para que se incluyera en el programa especial que diseñaba el diario de mayor circulación  y sin titubeos se los dije. Muy bien —dijo el director de la escuela—, ¿y el autor? Es un poema mío, le dije con aplomo. Yo no tenía ni una estrofa y quedaban tres días para escribirlo y memorizarlo. La anécdota transcurre entre insomnio y  responsabilidad absurda pero salí venturoso de aquel trance que me valió popularidad en la escuela, el barrio, los amigos… sobre todo con los últimos que me invitaban a su casa a comer; por supuesto que luego de saborear aquellos platillos exquisitos, que la cotidianidad sazona especialmente cuando hay invitados, me pedían declamara para la señora de la casa el poema que se había transmitido por la radio. Durante algunos años se siguió declamando aquel poema cuando yo no estaba ya en la escuela.

Acrósticos lánguidos para las niñas más hermosas, poemas para obsequiar a los necios que insistían en hacer de la poesía un infalible anzuelo y que firmaban como suyo, oraciones fúnebres para lucir en las exequias de alguien, piezas lacrimógenas para conmover a la musa y hacerla reflexionar de que el amor está por encima de todo, misivas platónicas a la muchacha que se me había metido entre ceja y ceja y todas esas cursilerías ramplonas. Tenía un cuaderno especial con hermosas faltas de ortografía pero con un sentimiento que derramaba mieles exquisitas. Hasta que supe que la poesía no era solamente la de Nervo, Juan de Dios Peza, Bécquer o Lugones, ni Martí, ni tantos como ellos.

Nuevos amigos de la Universidad me invitaron al taller literario. El mundo parecía diferewnte y un total desconcierto se apoderó de mi lánguida ingenuidad, entre sentimientos encontrados y serias complicaciones por tamañas complejidades hicieron de las suyas en mi escuálida formación inconsistente de prospecto poeta, que me obligaban a que adoptara otros rumbos y una actitud comprometida para asumirse escritor. Era la época dorada de Los Múltiples Caminos, revista antecesora de Dosfilos ahora con vistosas canas. Y vinieron las publicaciones todavía más formales (en Monterrey se atrevieron a editarme una plaqueta) y otros talleres, como el de Aguascalientes, me aceptaron. Lecturas, encuentros, festivales y todos en esa fraternal convivencia me hicieron creer que ya era poeta. Un amigo declinó en mi favor para que me publicaran en Aguascalientes, el SPAUAS reeditó ese libro. El pez soluble  me incluyó en su catálogo y ante la complicidad de muchos seguí escribiendo.

   

Aquí me permito insertar otra pequeña historia

—Mira (le dijo el Psiquiatra a su esposa), él es Bécquer, ¿te acuerdas que te había platicado de un compañero de la escuela que en vez de estudiar Anatomía se la pasaba escribiendo poemas?

—Bueno, creo que le dije, el contorno de los huesos, las articulaciones y puntos de inserciones musculares era un… nada poéticos.

—¿Y qué podría ser poético en la Escuela de Medicina?

Hubiese querido que el doctor se fuera atender los asuntos de su congreso para explicárselo a la señora…

De las obsesiones y el autoplagio

Ahora escribo menos poesía que narrativa. Siempre quise ser narrador pero mis amigos talleristas fueron insistentes y me instalaron en ese estatus de poeta con toda la responsabilidad que esta especialidad implica; a pesar de revelarme con dos libros de cuentos siempre me reconvienen. Uno dijo:

—¿Qué acabas de publicar…?

—Sí.

—¿Y qué escribiste?

—Unos cuentos.

—Entonces yo voy a publicar matemáticas…

El más reciente libro es de teatro. Al invitar a la presentación  a otro de mis amigos, éste dijo:

—Y ahora qué…

—Teatro.

—Ha de ser teatro poéticos.

—Leve, pero ha de ser.

—Habrá que verlo.

Algunos dicen que no debo alejarme demasiado de la poesía, lo comprendo. Aunque empiezo a repetirme, a fusilarme imágenes de otros poemas anteriores, creo que es un fenómeno muy usual entre  los que escribimos. Pocos lo confiesan. El trabajo es cada vez más agobiante.

Las ametralladoras emboscadas en el caserío seguían arrojando miles de proyectiles, y sólo un hombre que había también caído, pero que repuesto de su sorpresa, había logrado alcanzar un caballo, galopaba camino atrás. Era el coronel Fonseca.

Cuando me invitaron a participar en este ciclo Los Nuestros nunca me especificaron que se publicaría, creo que asumí que invitaban al poeta y desempolvé un proyecto en el que ahora trabajo. Plan de vuelo se llama y un extracto de su segunda parte, consta de tres, se publica ahora como Casa vacía (las historias manidas-los versos prosaicos) de la serie Sombras interiores. En él sigo siendo un obseso, acudo a viejos poemas para rever, de esos que se leen de espalada a una ventana donde la lluvia chorrea sus lánguidas siluetas. La mujer, la soledad, el insomnio… pero sobre todo la búsqueda incesante de un lenguaje sencillo, es la más cara de mis fijaciones que me hacen padecer cada vez que reintento la poesía.

Con la prosa no ocurre este fenómeno, en la prosa el lenguaje fluye con las circunstancias; en la poesía, por otra parte, debe esmerarse uno con el ritmo y las imágenes. He llegado al extremo de ensayar otras posibilidades, como el escribir de izquierda a derecha, pero obligar al lector a leer en sentido inverso, lo mismo que hacerlo desde el último verso al primero, o intercalar dos poemas que aparentemente son independientes, de acuerdo a la lectura tradicional se leería el primero, el tercero y el quinto verso y los que son pares tienen relación intrínseca pero también a conservan el primero con el segundo en una sucesión casi trucada, lo que da para otra lectura.

Cuando se lo he contado a otro amigo sospechó que en realidad padecía de dislexia, aunque en verdad creo que mi profunda obsesión sea seguir ensayando las múltiples posibilidades de hacer que las imágenes tengan un impacto diferente y con una sonoridad conjugada con la significación emotiva, plenamente identificable con el lector, desde una cotidianidad tan especial que lo envuelva para que no abandone la lectura y se recreé haciendo suyo cada elemento poético. 

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