Es Lo Cotidiano

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Lavin el berrendo

Benita Galeana

Lavin el berrendo

Hace muchos, pero mucho años, cuando los pueblos de Guerrero estaban completamente incomunicados, cuando sólo a lomo de bestias había comunicaciones, se contaba con los grandes arrieros que eran los que comunicaban a todos los pueblos con su mercancías.

Se veían otras caras y había murmullos y se platicaba con ellos y venía la gente de otros pueblos y esto servía como distracción porque la gente se ponía en movimiento, se platicaba sobre los arrieros. “¡Vamo a la plaza”, unas con otras dicen, “que train bonitas cosas”. La fiesta empezaba porque la gente caminaba contenta, porque tenían algo nuevo que ver, unos que no compraban nada porque no tenían dinero y otros que sí; los que no traían dinero se quedaban aunque sea para ver, la gente viendo la mercancía, eso era la fiesta, se veían salir de sus casas y unos van y otros vienen, se silban unos a otros…

—¿Qué trujeron los arrieros? 

—Poo guaraches.

—¡Arajo, tanta falta que me hacen, no que ya me enterré una estaca!

—Poo son de baqueta cruda.

—¿Poo que le anque?

—Poo anda pa’ que vea.

—¿Y pa’ qué chingao voy si no tengo pa’comprarlo?

Y siguen las preguntas…

—¿Eh, tú, que hay en barilla?

—Muncha cosa, dende lo ancho encaje, la peineta, lo ancho litone, lo juguete, la alpargata, papel de china, lo cuete, dulce y lo garrafone de mezcal, el metate, la artesa pa’ lavar los trapo, el hacha, lo sombrero, lo rebozo, lo machete, lo cinturone en forma de culebra pa’ guardar el dinero, la tarecua pa’ labrar la tierra.

Toda esa mercancía era una de las comincaciones que  que los arrieros llevaban de pueblo en pueblo con sus alegres vendimias.

Había arrieros que todas sus caminatas las hacían a pie, porque eran sus burros los que cargaban las mercancías y ellos arriándolas. Es decirlos arrieros pobres. Los arrieros ricos traían mulas, los que traían mulas hacían menos tiempo que los traían burros; había unos arrieros que traían más mulas, pues de esos, era uno el que resaltaba de los demás trinchones que se llamaba Lavin, “que este chingaba a todos los demás”.

Estos arrieros tenían permiso de los ricos para que tendeiran sus mercancías en los grandes corredores de sus enormes casas, esos corredores están enladrillados con ladrillos muy rojos, y allí tendían sus mercancías. Por lo general estos arrieros llegaban de madrugada, así que cuando amanecía ya tenían su ancheta puesta, bien tendidita para que los compradores la vieran en el corredor y éstos estuvieran muy alegres llenos de todos los colores para empezar la venta.

El arrieron Lavin traía mulas cargadas de la mejor mercancía y sus mulas las tenía en buenas condiciones, bien comidas y bien limpias y los aparejos casi nuevos, y muchos mozos y además tenía una cualidad en sus haber que le favorecía, se muy berrengo con sus pantalones muy huntaditos, con su camisa muy blanca, con su botonadura a lados de plata. Un día llegaba a un corredor y otro día a otro, recorrías todos los corredores de las grandes casotas y le tocó en suerte llegar al corredor de una señora llamada Benaú.

Doña Benaú era una uclta dama, que usaba sus vestidos largos y cuello alto. “¡Croque llevaba corsé porque ia muy derechita! ¡Sepa ponde iba!” Seguro que todavía eran rastros del porfirismo. Esta señora era esposa de un señor llamado Jesús de la Cabada que tenía unos bigotes muy peinaditos, “poo quedó viuda del de la Cabada” y les quedaron tres hijas: se llamaban Abenai, Lustrina y Rosa Linda.

La viuda de la Cabada usaba su vestido alto, abanico de pluma de avestruz, sentada en esas salas con grandes sillas de bejuco, importadas disque de la Francia, tenía una enorme casa, era de teja, con unos balcones grandísimos, los pisos eran todos de ladrillos rojos y altos y grandes corredores, también enladrillados (esto era con el fin de recibir aire). Tenía grandes patios, adentro había un gran pozo donde se surtián de agua, seguían los grandes jardines y un traspatio.

Oyó decir que esta dama había enviudado, le gustó y pensó…

—¡Arajo, se me hace que este corredor lo voy a dejar pa’mí!

Cuando en el camno se encontraba con los demás arrieros que le iban ganando la delantera para llegar antes que él y ganarle el corredor, éste ni dormía pensando que si llegaba y encontraba su corredor ocupado por otro arriero, ya no podría ver a la viuda Benaú, pero se ponía listo y nadie le ganaba su corredor, porque él llegaba antes que cualquier otro, descargaba sus mulas a la alta hora de la madrugada y no perdía tiempo, tendía su barrilla y sacaba todo cuanto traía, ya estaba el corredor bien adornado y el muy caballero y angelical y atento Lavin ya se había encariñado con este corredor.

Un día de tantos la viuda que era muy rica y codiciada se asomó por la rendija de la puerta a ver qué le gustaba y de reojo vio lo que ella buscaba, y lo encontró al arriero Lavin el Berrengo. Como era sabido las viudas y las grandes damas no salían, pero de vez en cuando se asomaban por las rendijas de la puerta.

Entonces Lavin también veía para adentro y veía a la señora que no estaba despreciable. ¡Pues quién sabe dónde y cuándo se apalabraron y a qué horas empezaron los amoríos! El caso es que empezaron los murmullos.

—¿Poo que doña Benaú dicen que tiene un tumor?

—¡Pero cómo es eso!

—Dicen que de eso se mueren.

—¡Devera tú, que el dinero que tiene no sirve pa ‘ na y ora se va a morir!

—¡Oy, tú, supite que doña Benaú, mandó llamar a Pola!

—¿Y eso cómo etá?

—Poo sepa.

—¡Y ora pue pa’ qué quiere a Pola, si ella es partera!

—¡Ay, madre mía! ¡Virgen Purísima!

—¿Poo qué será que etá panzona?

—Ay, mujer, ni lo diga. Ella no anda con hombre, pue ora ata que salga a ver qué se sabe (Pola era la que tenía qué decir si e preñé, tumor o qué pué).

Los murmullos se prendieron de arriba hasta abajo, los chismes y las mujeres se rascaban la cabeza deseosas de saber quién sería el papá de semejante preñez, se ponen las manos en la cabeza, la cintura y la plática en grande unas dicen…

—A mí se me figura que son murmullos y imra no estés diciendo nada, mejor será que cuando salga Pola le preguntamo.

—Yo no le pregunto nada, pa’ que me mande a tiznar a mi madre!

—¡Y qué te quita pué!

—¡Mira, salió Pola!

—¡Arajo, va muy tapada de la cabeza con la vista al suelo!

—¡Ve cómo va Pola! ¡Arajo! Va muy compungida, va con la cara avergonzada y la boca muy apretada y ni parpadea, no regresa pa’ ningún lado.

Nadie se atrevió a preguntarle nada, los meses pasaron y la panza más grande.

—Ay joder, poo cuándo será pa’ saber si e preñé, tumor o qué pue?

Se infiere que llegó el momento de dar a luz, porque Pola volvió a pasar y tardó varios días en la casa grande. Por lo regular la partera se queda en la casa para estar al pendiente del niño, y hasta que tumba el ombligo, es cuando sale bien chocolatiada, con pan de huevo se le alimenta bien y luego su buena pagota, los ricos pagan mejor que los pobres.

—Poo ¿qué pasará —se preguntan—, nada que es preñé?

—¿Qué será, mujer o hombre?

—¡Y el papá, pué, quién es!

—Sepa, ella no va a querer a un hombre pobre.

—Hay que buscar quién es el papá de esa criatura.

—¡Arajo a la gran Benaú!

—¡Pue que con razón a don Lavin le gustaba tender su barilla en el corredor de doña Benaú! Le agarró cariño al famoso corredor y lo cuidaba devera.

Y del preñé nació Ramiro Rojas. Para eso Lavin Ramos era casado en Chilpancingo y tenía una hija llamada Elodia Ramos. Los amoríos de doña Benaú, viuda de la Cabada, no eran bien vistos con el arriero Lavin y no le podía dar el apellido a los hijos que tenía por fuera, siempre llevaban el apellido de la madre. Ni modo, no se les podía dar el apellido, ellos tenían el apellido comprometido con su primer matrimonio y no le podía andar prestando ni regalando para otra ni les hablaban a los hijos.

Comentarios