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UN RATITO DE TENMEALLÁ

Un riñón para Salman Rushdie

Alejandro García

Un riñón para Salman Rushdie

 

Me gustaría pensar en los hijos del profesor Hitoshi Igarashi, el traductor japonés de los Versos satánicos, que fue asesinado. Me gustaría pensar en el traductor italiano, el doctor Ettore Capriolo, que fue apuñalado y afortunadamente se recuperó. Y en el distinguido editor noruego, William Nygaard, que recibió varios balazos en la espalda y por suerte se restableció plenamente. No olvidemos que esto ha sido un suceso espantoso y me gustaría expresar también lo mucho que lo siento por todos aquellos que murieron en manifestaciones, especialmente en el subcontinente indio. Como se ha visto, en muchos casos no sabían contra quién o por qué se manifestaban, y eso fue un derroche terrible y espeluznante, y lamento eso tanto como todo lo demás que ha ocurrido.
Salman Rushdie

El fin del segundo milenio y del vigésimo siglo y el inicio de la centuria XXI y del milenio tercero trajeron consigo un despertar siniestro y angustioso: las guerras étnicas, cuando la lección de los nazis (por hablar sólo de la cima de la barbarie) parecía irrepetible y aprendida. También trajeron la persecución de escritores: el primero, una década antes de concluir el periodo; el otro, al iniciar el segundo lustro de los nuevos tiempos. En 1989 el ayatola Jomeini anunció la fetua contra Salman Rushdie por haber ofendido a Mahoma, al Corán y a los musulmanes en su novela Los versos satánicos. En 2006 Roberto Saviano publicó Gomorra y se ganó la sentencia de muerte de la mafia napolitana.

 Sin duda una peculiaridad del fenómeno fue el manejo de los medios. Ambos escritores se movieron en la cresta de una campaña donde los recursos financieros y la mercantilización estuvieron muy presentes. Eso sin duda permitió, en parte, que salvaran sus vidas, pero se convirtieron en un peso para los presupuestos públicos de las naciones involucradas que también estuvo presente a la hora de las discusiones. Pero el aspecto de fondo es el asedio a la literatura y a sus productores por parte de la religión y de la mafia. En el caso de Rushdie el asunto pareció estar presente en el momento en que la Guerra Fría daba su lugar a un mundo unipolarizado, pero en donde ciertos protagonistas levantaban la mano y obstaculizaban el imperio de un solo lado. Por supuesto, el Muro de Berlín cayó entonces y vino la carambola de los países socialistas.

En 2012, Rushdie ha publicado Joseph Anton. Memorias (México, Mondadori, 686 pp). Narra los acontecimientos biográficos entre 1989 y 2002. Como es ya costumbre, mi intención aquí es recomendar la lectura de este libro incontrovertiblemente polémico. Aquí hay elementos para discutir desde muy diversas perspectivas, pero mi idea es incidir en la importancia de estas casi 700 páginas.

Joseph Anton. Memorias es el testimonio de un hombre indio de nacimiento y de posterior nacionalidad inglesa, lengua, ésta, en que escribe sus libros. Rushdie, nacido en 1947, año de la independencia de la India, publicó en 1980 la extraordinaria novela Hijos de la medianoche. Con ella, puso un interesante problema para la literatura: ¿se trataba de un autor de hechura inglesa que había escrito una gran novela sobre la India?, ¿o era un novelista indio que escribía en inglés?, ¿o estábamos simple y sencillamente frente a una más de las independencias de la literatura de origen colonial? La respuesta no es sencilla, pero parece indudable que Rushdie había hecho en poco tiempo (33 años) una novela que recomponía el mapa de la literatura en lengua inglesa y que entraba plenamente a la literatura sin adjetivos. En la biografía habla de sus compañeros de generación, el llamado “dream tream” literario inglés: Amis, Ishiguro, Mc Ewan, Swift, Barnes. El libro fue saludado con entusiasmo y se vendió a nivel mundial.

En 1988 publicó Los versos satánicos y el humor que tanto se había celebrado en su obra anterior (Vergüenza de 1983 está considerada como una segunda parte Hijos de la medianoche, pero no ha tenido los lectores de ésta), en este caso con algunos personajes de la religión musulmana, fue tomado por los sectores fundamentalistas como irreverencia, herejía.

El 14 de febrero, día de San Valentín, el ayatola Jomeini dictó la fetua y vinieron en cascada las manifestaciones de los fieles y Rushdie tuvo que vivir bajo vigilancia policiaca durante casi una década. Después de esto la amenaza ha seguido, pues si bien Irán retiró el dictado, declaró que quien podría realmente cancelarlo ya había muerto. Rushdie encontró en Estados Unidos el proceso de normalización de su vida y pudo capitalizar lo que había ganado en fama y en respeto literarios.

Quinientos elementos de la “línea dura” se habían comprometido a vender un riñón cada uno para recaudar el dinero con que matarlo.

El caso Rushdie escapó a la literatura y se convirtió en expediente en las negociaciones entre Inglaterra e Irán e inclusive en las norteamericanas. El mundo intelectual no estuvo entero con el escritor. Hubo desde los musulmanes que coincidieron con la fetua, los que priorizaron la libertad de expresión, pero eran partidarios de una muestra de autocrítica o de pleno arrepentimiento, hasta las discusiones propias del gremio. Esto se determinó en parte por lo que se consideró era un conflicto que no podía costar tanto ni involucrar el destino nacional. Entre los solidarios menciono a Harold Pinter, entre los cuestionadores a John le Carré. Encontramos también la presencia solidaria de los novelistas latinoamericanos y norteamericanos.

Además de esa vida pública, Rushdie nos cuenta en Joseph Anton (su nombre de gestión, en honor de Chejov y Conrad)  su vida personal, sus matrimonios con Clarissa, Marianne, Elizabeth y Padma, desde la vida sesentaiochera, pasando por la competencia con otra escritora y su vida con una mujer solidaria, hasta el impacto de la vida del jet set, ya no de escritores, sino del mundo del cine y de la farándula. También narra sus desajustes cromosomáticos que no le impidieron tener a sus hijos Zafar y Milan, distantes casi en dos décadas.

Rushdie habla del proceso creativo de sus novelas El último suspiro del Moro, El suelo bajo sus pies y Furia. Sólo mencionaré que Furia se iba a presentar en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. No fue posible por el ataque a las torres. La portada del libro parecía retratar la tragedia.

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