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El castillo en la arena (fragmentos) | De viaje

Eduardo Santiago Rocha Orozco

El castillo en la arena (fragmentos) | De viaje

I

Mamá y papá:

No sé cómo explicarles Me fui porque Desde hace tiempo he notado que no son felices y creo que es por Alan que lo mejor que puedo hacer para no hacerlos sufrir mucho para no preocuparlos es escribirles el porqué me fui. Ya han pasado por esto antes y creo que será difícil para ambos  porque ustedes nunca lo han perdonado y creo que yo tampoco no quería partir sin despedirme pero esto es lo mejor no me habrían dejado marcharme  es lo que debo hacer. De haberlo discutido antes hubiesen  creído que los abandonaba me habría sentido culpable no habría podido salir. Me voy porque necesito que me comprendan  todo es una mierda estoy cansado de mi trabajo de lo monótona y vacía que es mi vida de sentirme completamente solo de todo  quizá no sé muy bien de qué pero así me siento desde hace algún tiempo mi vida se consume un día tras otro. Sólo quiero ir tras alguien  recuperarla arreglar un asunto que me tiene abrumado y sé que no me  será sencillo.

Hay mucho que quiero decir y no consigo hacerlo quizá es miedo ¿será que a grandes rasgos no confió en nadie? tal vez es sólo que uno siempre tiene secretos. Quisiera compartirlo todo pero temo que no me comprenderían es complicado no creo poder explicarlo si lo intento debo confesar que les he ocultado mucho no porque sean cosas malas son cosas muy intimas que no les incumben de las que difícilmente hablaríamos porque ello sería exponer partes muy vulnerables de nosotros. De pronto uno descubre que hay cosas que deben estar ocultas incluso en la familia somos susceptibles a lastimar o ser heridos con una simple palabra es mejor ocultar algunos pensamientos sin embargo no todo puede negarse hay cuestiones que reafirman su existencia en la medida que se esquivan y todo termina como parte de un arreglo no firmado. Es increíble cuánto debe disimularse para poder vivir con los demás uno está completamente aislado después de todo al final nadie puede darse a entender como quisiera.

Sólo espero haber conseguido su comprensión y ojalá no los haya lastimado también yo volveré pronto no pierdan la esperanza porque así lo deseo.

Sinceramente: Fernando

Le das otra mirada a la carta y aún no decides si será buena idea  dejarla ahí, la lees una y otra vez, te parece insulsa. Titubeas: “¿no es acaso un sentimiento estúpido?”, me preguntas, pero lo sabes; conoces bien el abandono y el vacío de un adiós jamás dado, por ello valoras más que nadie una despedida, siempre temes que sea la última. Por eso no esperas a recibir mi respuesta que es la tuya, pues la conoces. Tu preocupación sería una estupidez para cualquiera pero jamás lo será para ti. Pretendes siempre una despedida inolvidable sin importar que estés allí presente o no, quizá porque para tu ego es insoportable la certeza de que has de ser olvidado. “Cómo no habría de ser así”, me dices, “una parte de mi se la lleva el otro”. Temes dejar al testigo y al cómplice que llegó a conocer o inventó una de tus tantas facetas como ser existente; el hecho de que alguien te olvide, para ti, significaría morir en parte.

Te preocupa que al final, una a una, las personas se vayan alejando, ya sea que las dejes o te dejen hasta el punto en que sólo tú puedas hablar de lo que ha sido tu existencia y, para colmo, aún deberías lidiar con el recuerdo de todos y cada uno de ellos. Detestas esa idea porque comprendes que no sólo eres uno sino todos. Sabes que en algún punto han de condensarse todos tus seres queridos dentro un cuerpo marchito y sus endebles memorias que intentarás salvar con la repetición agotadora de su relato.

Sabes que conforme la vida transcurre olvidarás a la gente que conociste en un lento y sustancial proceso tan inevitable como la necesidad de ver hacia adelante para avanzar en el comino; sin embargo, persiste el deseo tortuoso de mantener hasta el final a dos personas: Alan, “mi hermano menor”, el mismo al que anhelas no sin cierta aversión; y Leonor, “¿mi amante?”, eso o la mujer a la que te aferras sin un verdadero motivo, “pues, claro, ¿existe una mejor prueba de lo que por ella siento?” Quizá no, pero sería mejor preguntarse si vale la pena abandonar tanto por ir tras ella. “No podré saberlo hasta hacer el intento”.

Así te respondes si bien sabes que tu voluntad poco o nada ayudará en este asunto. Pretendes ir tras alguien a ciegas con tan sólo una vaga idea de dónde podría estar, como si bastara con llegar a su ciudad natal para encontrarla por ahí vagando en las calles. Eres consciente del desgaste que representa una búsqueda, el fracaso y la impresión de que cada segundo va borrando la posibilidad de un recuentro futuro; pero te atreves a creer que esto es distinto. “Ella no se fue a hacer vida lejos de casa, no llevaba consigo maletas o tesoros,” me dices, “ella vuelve a su hogar, en todo caso tendría que buscar el domicilio de sus padres, una dirección fija de gente a la que, en el peor de los casos, podría llamar por teléfono para continuar mis pesquisas”. En parte puedo creerte, las razones parecen factibles; sin embargo, dudas, temes estar equivocado y, por lo tanto, también yo que soy tú.

Vuelves a ver tu carta de despedida, atrapado en la enésima lectura de sus caracteres apresurados, esas grafías inclinadas y pequeñas, estás molesto por lo burdas que resultan en ciertas partes, ininteligibles marañas de tinta pretendiendo dar un mensaje interrumpido por tachaduras impertinentes; rayones que ocultan a la fuerza parte del mensaje, en específico, aquellas consideradas como un desliz inducido por la poca premeditación del discurso. De entrada, la presentación te parece impropia, el contenido tampoco lo sientes grato; aún persiste la idea de que no es una carta memorable sino un simple recado para excusarse, un aviso llano, evasivo y hasta cierto punto impersonal, como uno de esos oficios que, de vez en cuando redactabas para tu  trabajo en el banco.

Decides pasar la nota en limpio, ahora ocultando la parte del proceso creativo, sin los bosquejos de una mente dejándose arrastrar por una serie de posibilidades. El discurso se presenta todo hilvanando, una serie de palabras continuas con un inicio y un final, como si desde el principio estuviera exento de la mancilla de la prueba y el error. “Nada más fantasioso e hipócrita”, dices, en las manos llevas la prueba irrefutable de que nuca ha de poder decirse todo lo que se quiere.

Lees la nueva nota, ahora sin lo que antes estuvo tachado, hay cierta conformidad, ahora la letra resulta agradable a la vista y la carta a lo poco resulta efectiva; sin embargo, de pronto te pones de luto por aquellas imágenes y emociones que no sobreviven al borrador y caen al olvido. Por dentro sientes el vacío, hasta este instante, jamás habías notado la insoportable certeza de que eres insaciable; no por la ambición de lujos o posesiones, si no por esa ingenua pretensión de atesorar lo más efímero y distante.

Con cierto pesar dejas la carta sobre la mesa, la nota original la guardas en un bolsillo, cargas la maleta sobre tu hombro y te vas.

II

Es la primera vez que viajas en avión. Detestas cómo todo es tan lento, entiendes el porqué de los protocolos de seguridad, sin embargo no dejan de ser una molestia. Ves cómo registran la maleta que llevas sobre el hombro, sabes que luego irán sobre ti, pasarás por el detector de metal y todo estará en orden para ellos.

Se percibe la desconfianza, hay cámaras vigilando en cada esquina, guardias y retenes; nadie está exento, son sospechosos. En pro de un viaje seguro se sacrifica la intimidad de los pasajeros, uno a uno están obligado a soportar eso, y nadie parece indignado. Singuen en la fila con impaciencia, de reojo ven el reloj para convencerse de que el tiempo en realidad trascurre; otros zapatean por momentos para liberar algo de tensión; unos cuantos hablan por teléfono o le escriben a alguien para conseguir desprenderse de esta realidad, otro mundo está al alcance de sus manos, les exige su atención y de buena gana se entregan; afuera de las aplicaciones y la pantalla táctil, el mundo resulta una vulgar y tediosa fila de cateo.

Ves la maleta abierta y las manos que hurgan con prepotencia hasta ultrajar el orden de tu ropa interior, notas cómo la privacidad ha caído al olvido para transformarse en un valor devaluado, todo para asegurarle al mundo que en el bendito vuelo de las quince tampoco intentó subirse un terrorista. A simple vista, parecen pocos los beneficios de tanta prevención pero evitar la histeria lo vale. Eso quieres creer.

Luego a pesar el equipaje. Esperas tu turno para ponerla sobre la báscula mientras esperas que el pase a otra fila te sea aprobado, en tanto, eres consciente de que a simple vista cada revisión parece un ritual absurdo e insustancial que sólo consume el tiempo y la paciencia de los pasajeros aunque nadie proteste. ¿Pero cómo atreverse a viajar sin la garantía de que el avión no ha de desplomarse mientras vuela contigo adentro. “En el trasfondo todo es tan básico”, piensas, “al final, el instinto de conservación se alza sobe cualquier dignidad”. Quedas atrapado en esa certeza, la bella ilusión de que la humanidad es una entidad honorable e íntegra se desmorona al ver cómo no hay mayor prioridad que sobrevivir sin importar los sacrificios. Someterse a un proceso de acarreo como si de ovejas se tratara, sólo para asegurarse un día más de vida, ello sin aspirar a ya no ser nunca parte del rebaño. De pronto te preguntas qué es la libertad, y toda una serie de términos similares; valores de la moral, nada, sólo la construcción abstracta de una cultura que sobre la marcha altera a su antojo y conveniencia, tanto la jerarquía y los significados de esos conceptos.

El guardia termina de registrarte, hace un gesto para indicar que puedes continuar el camino. Sonríes al verlo, reconoces en él una expresión, la misma que solías mostrarle a tus clientes justo al terminar de atenderlos en el banco, es una ligera sacudida de cuello para exhortarlos a marcharse luego de haberles apuntado la salida con la frente; ello con la mirada baja, sin ver al otro a los ojos, pues, casi nunca hay tiempo para hacerlo. Sabes que el trabajo demanda prestar la misma atención a todos, ignorándolos con la más calurosa condescendencia.

El camino sigue, otra fila, ahora para entregar el equipaje antes de abordar. Piensas en cómo cada valija es distinta a las demás, con un contenido único y no obstante resulta que es necesario etiquetarlas a todas, poner una marca distintiva y clasificar. Entiendes que la confusión nace entre el abigarramiento y más si las cosas fluyen sin detenerse, lo heterogéneo pierde sus propiedades hasta volverse un todo irreconocible y dependiente del conjunto. En el caos se pierde cada maleta con los vestigios ocultos de una vida que pasará ante los ojos de otro sin que llegue a saberlo. Equipaje, es cúmulo de memorias empaquetadas en una corteza común; una pila de objetos con una historia, que procede de un ente pensante y que, en conjunto, condensan la vida de alguna persona.

“En una maleta cabe la esencia del ser”, dices, desde cómo huele, la forma y apariencia de su cuerpo, parte de sus gustos y personalidad, ello se puede deducir con detenerse a leer cada objeto. “Somos lo que nuestros objetos, ¿o es al revés?”, te preguntas sin buscar una respuesta, pues a grandes rasgos te da lo mismo.

Sigues perdido en seguir con la mirada el rastro de tu maleta entre el montón, piensas en cómo sería casi imposible volverte a topar con ella si tuvieses que buscarla tú solo, sin la ayuda de un sistema organizado de recepción. Aprecias que en el mundo lo más natural es el desorden, la dispersión absoluta del cosmos, el estado primigenio. Luego piensas en el ser humano que viene para transgredirlo todo con su desesperado afán de cambiar las cosas a su comodidad, poner orden para no perderse en la inmensidad del mundo.

Demoras un poco en deducirlo pero encuentras que, apenas uno empieza su vida, ya aparece la noción de estar descolocado. El malestar de la existencia se vuelve un grito que apela a una segunda persona. Una variedad de estímulos y tribulaciones internas confluyen en una vorágine que impresiona a ese ser ansioso por asimilarlos, entonces, habla y empieza a pensar. Dese el principio impera el caos en la psiquis, por ello, no basta ordenar el mundo material, el que se lleva dentro es lo bastante complejo como para perderse en uno mismo.

El caos impera tanto adentro como afuera y el motor que guía el existir es el deseo. Ves a la gente alrededor y comprendes cómo se mueven ambicionando un encuentro que poco o nada puede interesarte. “¿Qué es el mundo si no un montón de tonterías que sólo le importan a uno?”, concluyes al recordar que la realidad es la fricción constante entre los anhelos y lo que la vida ofrece.

Justo cuando das por ida tu maleta, marchas para abordar el avión, entre el movimiento de la gente te abres camino para encontrar otra fila, para variar. Es tiempo de esperar otra vez para poner a prueba la tolerancia mientras el nerviosismo por abordar provoca ya sus primeros estragos. “Ya casi”, musitas, al tiempo que debes lidiar con la renovada sospecha sobre cuáles son tus intensiones al estar aquí, otra vez resulta necesario comprobarle al mundo que las cosas van como deberían, un último cateo antes de que te dejen partir y no hay novedad. Si este avión termina en llamas no será por ti. Cuando llega tu turno muestras el boleto en gesto que delata entre desdén y a medias un mal disimulado gesto de triunfo; mientras, el aeropuerto sigue siendo un perfecto sistema de trampas y en medio de la tranquilidad de haber terminado el proceso, al menos por ahora, descansas.

III

Por fin inicia el vuelo, hasta en ese momento te detienes a pensar en qué podría esperarte una vez que llegues a tu destino, cuando debas descender del avión y veas que no tienes un lugar en esa ciudad. Descubres que salir de casa se ha convertido en un boleto con destino al mayor desbalance en tu vida; deberás prever cómo atenderte en las cosas que en tu hogar estaban dadas de antemano y, con cierta desazón, lo admites; sin embargo, resulta demasiado pronto para preocuparse por ello, apenas formulas cómo enfrentarte a la situación y descubres que, pese a estar considerando las posibilidades  más sensatas o  ideales, no estás obligado a decidir aún. No hay suficientes certezas, al momento, nada se ha dado y la situación no existe más que en el plano de un “tal vez”. 

“Sólo dos horas, es lo que duraré suspendido en el aire”. Un salto significativo si lo comparas con el viaje largo y pesado que supondría ir por tierra, y sin embargo, luces cansado e impaciente. Reclinas el asiento, de vez en cuando, das una mirada a la ventanilla o a la pantalla que transmite una película, a priori, te parece insípida. Piensas en cómo la tecnología ha conseguido reducir el tiempo para llegar de un punto a otro pero, a pesar de todo, el hecho de permanecer a la espera se mantiene.

“Esperar”, la permanencia forzosa en un sitio mientras el mundo gira sin ninguna consideración, en tanto, aquel que aguarda se ve reducido a una criatura inútil y estática, aguantando la carga consciente de su existencia; al menos, hasta que se digne a venir aquello que se esperaba en un primer lugar.

La percepción del tiempo se distorsiona, “y no porque entonces los segundos sean más largos”, me explicas, “más bien se debe a que sólo en esa situación uno se vuelve consciente de cómo se da el devenir”. Porque, hasta ese instante, se ve el tiempo tal como es: una sucesión amorfa que no sabe de medidas, inoportuna por naturaleza; el acontecer de un suceso único e irrepetible que se precipita hasta su final para ser sucedido por otro intervalo tan particular como irrelevante, creándose una cadena interminable de olvidos. “La espera no es otra cosa que un abandonar lo que fue de sí mismo”, pues, detenido en la visión de lo que será, uno se olvida del pasado y, en parte, de lo que se es.

Sin más remedio te entregas al ocio, sigues esperando, desde luego, pero ahora con una distracción de por medio. Haces un intento por ver la película, aún cuando te has perdido gran parte del inicio, las imágenes de un hombre en una mazmorra medieval delatan parte de lo que parece ser la trama. La reconstrucción de los hechos, muestra progresivamente el cómo de ser alguien libre, el protagonista llegó a ser preso. Sigues la secuencia perdido en una ignorancia doble, puesto que ni siquiera sabes qué cosas está bien desconocer, pero ello no te inquieta, pues, toda la atención la has ido centrando en un aspecto no tan obvio: el personaje también espera. 

En principio, no entiendes qué; todo apunta a que no podrá salir de su prisión, ya no hay esperanza y tampoco un motivo para ponerse a esperar.

“¿Acaso, conseguirá escapar al final?” No sé, pero pareciera que más importante que el destino último del personaje es descubrir el inicio del mismo.

De manera progresiva conoces el pasado del prisionero, resulta ser el príncipe del reino, todo se vuelve confuso, entre la incertidumbre del porqué de su situación y las escenas tan claustrofóbicas como repetitivas de él estando inmóvil en su celda; sin embargo, más allá de la intriga que tiende hacía el origen de todo el conflicto, sigues interesado en el cómo ha de acabar. “¿Qué es lo que espera en última instancia?”, me preguntas con el ansia de un niño que se enfrenta ante la revelación insólita de una verdad extraña y, no obstinante, tan suya.

Al igual que un chiquillo, eres víctima de las fascinaciones efímeras. Arrellanado, vas perdiéndote en un gradual amodorramiento, luchas un poco antes de caer rendido ante el sueño. La duda acerca de qué ha de ocurrir al final del film consigue dejar una ligera y momentánea sensación de vacío, apenas una molestia que se adelgaza con la placidez del sueño.

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