Es Lo Cotidiano

Cuestión de suerte

Héctor Hugo Ramírez Medrano

Cuestión de suerte

 

 

 

 

Caminó frente al edificio desde la cafetería antigua, se detuvo un momento, lo detuvieron los aromas, las formas que toma cada esencia, la mezcla de olores que se formaban, indudablemente era un lugar abominable. Un espacio apestoso como todo aquel designado a los de su clase.

En un callejón oscuro se detuvo. La moneda es lanzada al aire, necesitaba distraerse con algo. Era una vieja moneda de plata que siempre cargaba, “Te va a dar suerte” dijo ella cuando se la dio. Era la reliquia de la familia, el abuelo de Amanda trabajó en una mina y un gringo de la empresa se la regaló un día que le ayudó a sacar de un arroyo su coche. “Desde entonces nunca nos fue mal”, y al soltar estas palabras ella puso la moneda en la palma de la mano, cerró el puño, lo envolvió con sus dedos y susurró algo, como diciendo una oración.

Pero él no creía en supersticiones, él creía en que las cosas pasaban “y cuando pasan o son buenas o te carga la chingada”. El había pasado por ambas. Encendió un cigarro, la luz iluminó su rostro, el humo se perdió entre el vaho de su aliento. La calle seguía tranquila, sólo un triste perro flaco y mugriento que tiraba la basura interrumpía el sonido del viento. Un coche se aproximó, se detuvo delante de la casa, dejó de caminar. Descendió una pareja riendo, tambaleándose, abrieron la cerradura. Él empezó a moverse.

Dentro se encendieron unas luces, otra estaba en tinieblas. Se escuchaba música. Un grito, un balazo. Rompió una ventana y entró. Subió lentamente al segundo piso tentando la pared, a oscuras. Tropezó en las escaleras, se asomó a una habitación, una mujer muerta, un hombre tirado en el piso. El golpe lo aturdió y cayó de cara a la alfombra, intentó levantarse cuando un pie le sacó el aire y la comida del día.

Volvió a caer, esta vez sobre su propio vómito, tocó sus costillas, intentó jalar aire. El hombre lo encañonaba mientras dejaba salir de su boca gritos que nunca escuchó, gritos que solo imaginaba como palabras escritas volando en el ambiente. Se tocó las costillas de nuevo, y mientras tomaba el aire, sacó la pistola escondida entre las ropas, tampoco escuchó el sonido. Volvió a tocar sus costilla sobre el abrigo, ahí estaba la moneda… “tuve suerte”, se dijo así mismo.

Se incorporó como si anduviera ebrio, apenas estuvo de pie, vio sobre las escaleras a un segundo tipo, lleno de sudor, la pistola temblorosa, una mancha sobre los pantalones. Se miraron a los ojos tanto como la oscuridad lo permitía. Él hubiera deseado ver unos ojos brillantes como los de un gato, como los de aquel perro que estaba buscando comida en la basura. Quería ver a los ojos a la muerte, ya fuera propia o ajena.

Aún estaba aturdido por el golpe, pero seguramente todo estaba en silencio. La oscuridad y el silencio, después un zumbido. Poco a poco recuperó el oído, cuando volvía a la normalidad sonaron dos disparos.

Tocó otra vez sus costillas, sintió algo pero no quiso ver. Ya no encontró rastros de otra mirada. Sintió calor en el estomago.

—Pinche suerte —dijo en voz alta mientras se recostaba en la pared.

 

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