miércoles. 26.01.2022
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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Húngaras del demonio

Marcelino Díaz Mares

Húngaras del demonio

Como tu comprenderás, sobrino, culón he sido. Yo de valiente no tengo absolutamente nada. Claro que vi húngaras o gitanas. Llegaban a una orilla de la ciudad y hacían sus recorridos, por lo general en grupos de tres o cuatro. A mí me interesaban las mujeres, porque se decían cosas terribles de ellas.

Pero también uno veía cada cosa hermosa entre ellas. Y eran coquetas. Las mujeres maduras no, aunque te echaran linduras sabías que te estaban camelando y su belleza se iba apagando o de plano había desaparecido para dar paso a un gesto agresivo, aderezado por el miedo que teníamos desde siempre. Las otras también decían cosas por interés, pero a uno le convenía ese juego porque siempre  el iluso macho piensa que puede salir ganón.

Para empezar las mujeres que se enteraban de su invasión al barrio escondían a sus hijos y encomendaban a Dios a sus maridos. Era amenaza de diario “Si no te portas bien, te voy a llevar con las húngaras” o “si se sales a la calle nada más de vago, te van a cargar las húngaras.

Cuando ellas aparecían las mujeres querían desembarazarse de ellas muy pronto, pero no las agredían, porque pensaban que les podían hacer algún mal, así que la cosa era difícil y las húngaras aprovechaban esa ventaja psicológica.

Aquel año llegaron y se instalaron en uno de los solares de lo que después sería la colonia Michoacán, entre el futuro Bulevar Hidalgo y la Brisa. Por ese entonces me enfermé y tuve que dejar la manejada. Entonces no había seguridad social y menos para un chofer como yo que a veces tenía patrón y otras vivía de lo que el viento arrastra.

Andábame yo paseando por la plaza de los mártires del 2 de enero o de los fundadores, por allí por donde paraban los Ómnibus de México. Pasó un chamaquillo hecho la Jerónima diciendo allí andan las húngaras. Y sí, alcancé a ver en el portal el enjambre de colores vistosos de las faldas. Y de pronto pasó mi compadre Emeterio. Andaba ya con copas, a pesar de que apenas se había levantado la neblina mañanera de enero. Le dio mucho gusto verme y me pidió para el amargo, para el trago, para el alcoholito con qué curársela y, de ser posible. prolongársela.

Pues ya qué, los pocos fierros que traía bien podían irse a la panza de un hombre que sufre. Y nos fuimos a una cantina allí por la calle Reforma. Fue jornada larga y tuvimos que salir por piernas a media noche porque mi compadre estaba de plano perdido y no teníamos con qué pagar buena parte de la cuenta. Aquellos eran cantineros, criatura, sabían que era mejor que nos fuéramos y que con lo que habían cobrado salía algo de ganancia y se evitaban un pleito de pronóstico reservado. Ya otros pagarían por nosotros o nosotros mismos en una recaída.

Así que casi tuve que cargar a mi compadre. Lo llevé por donde yo mismo no estaba seguro de ir en el buen sentido. Sabía que por la calle Hidalgo no quedaba más que salir a la zona de las ladrilleras. Yo veía azul, sobrino y eso es malo, porque me malaconseja o por lo menos me hace olvidar lo que me conviene.

Cuando llegamos a dónde teníamos que ir hacia la izquierda, mi compadre se empezó a jalar a la derecha. Allí pude ver las carretas y uno o dos camionetillas viejas y el típico color de la hoguera. Aunque ya te digo que yo todo lo veía azul, en este caso azul casi negro, aquello era un campamento de húngaros. Yo sabía que no había que acercarse, borracho que traga lumbre no está borracho, así que lo jalé como pude, incluso nos caímos en la oscuridad, pues de este lado apenas se veía uno que otro foquito lejano y entonces sí, de pronto subíamos o bajábamos y al suelo he dicho. Quién iba a pensar que el rumbo de Los Reyes iba a tener remedio. Mi compadre vivía en una especie de cueva, se bajaba por una escalerilla y allí se metía uno como si fuera culebra, algunos espacios cubiertos por tierra y otros por cartones, papel, plástico, lo que pudiera cubrir.

Oí que mi comadre empezó a gritar desde alguna parte y lo típico del borracho intruso, bueno compadre, pues ya me voy. Cómo crees, si ahorita nos van a servir de cenar. Y ya de plano no oía las maldiciones de la mujer y en eso como que se me subió más la borrachera y el cansancio y solté a mi compadre y que estampa en el suelo. Seguía más borracho que yo. Y la mujer no aparecía, así que allí mismo nos echamos un sueñito.

Con el amanecer me llegó un frío del demonio y descubrí que mi compadre no estaba. En algún lugar se oía un alterne de ronquidos. En alguna parte de esa madriguera se podía cortar el aire y calentarse. De modo que me hice trabajo mental y convencí a mi cerebro de que así como había aguantado lo más peludo de la noche, podía aguantar el mordisco de la madrugada.

De rato me movieron. Era mi compadre. Me despertaba con la punta de su zapato. Estaba igual que hacía un rato, sólo se había puesto un suetercito medio roto de las mangas, pero que en ese momento yo le envidiaba. Levántese, compadre, porque por aquí va a pasar la mujer a traernos un buen almuerzo.

Y cierto, mi comadre pasó, pero ni el saludo dejó. Me dije, mira Mache, por andar de pendejo, ya le diste de beber a llenar a tu compadre y esta mujer si pudiera aquí mismo te destazaba. Intenté despedirme, pero mi compadre me dijo no haga caso, compadre, así es de cabrona, en la noche me negó mi derecho y eso que andaba yo como fusil de guerrillero, pero nada más me lo dejó oler, para que hirviera. No se vale. Pero ahorita almorzamos y si quiere le ponemos a la hechura de ladrillos para garantizar lo que le voy a dar a cuenta de lo que se gastó en mi. Recordé que, aunque él traía un billete, siempre lo ocultó a la hora de la paga y lo hizo perdedizo cuando nos cobraron y salimos por piernas.

Me dijo haga lo que quiera, voy a dar unos pasitos. Y se acomodó el pantalón para centrarse el tiro. No había mucho que hacer, así que subí la escalerilla y vi que por lo menos dos de las ladrilleras ya echaban humo. Me froté las manos y los ojos. No se veía mi compadre. Tampoco la mujer a la que en adelante decidiría negar como comadre.

Pasó el tiempo y me entretuve viendo aquel páramo, sin gente a la vista, tierra cacariza a veces estorbada por montones de adobe, algunos cubiertos con mantas, otros a merced del sol o del viento. Sólo muy cerca ya del río se veían algunos mezquites y pirules, una hilerita como haciéndole paseíllo al agua que brillaba por su ausencia.

Dije ni modo, me voy. Atravesé el terreno, tratando de llegar a esa parte donde por lo menos podría echar una cabeceada. Ya muy cerca oí una voz cantarina, potente. Seguí mi caminar y salíó de entre los árboles la húngara más hermosa que haya visto. Casi corría, a pesar de las enaguas hasta el tobillo. Se acercó y no disminuyó el paso, pero me vio, eran unos ojazos negros provocadores y risueños, prestos a la caricia. Hola, guapo. No hubo más, porque al seguir mi camino apareció mi compadre. No hizo gesto alguno ni de reconocimiento ni de sorpresa. ¿Te vas, compadre?, está bueno, hay que despuntar la cruda, porque si no envenena, deja ver si mi mujer me enchila con el almuerzo lo que queda, Dios que te acompañe.

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