Es Lo Cotidiano

La madre

Adán Contreras Alonso

I
Hay días en que mientras cocina, habla mal de mi padre.
Entonces la miro callado. Luego, me da de comer.
Mi madre a veces está afligida.
Tengo ganas de llorar —me dice.
Yo nací con algo de sus ojos, de sus manos y de su alma triste.

II
Mi madre ronca. Hay madrugadas que me preocupa y voy y le toco el hombro. Ella, sin abrir los ojos, me cuenta lo que estaba soñando.
Muchas veces me odio porque interrumpo los reencuentros que tiene con su pueblo, su novio primero o su madre muerta.

III
Mamá hirvió una sopa de coditos, digna del más glorioso premio culinario. Sin embargo, parece decaída.
—¿Porqué esta triste má´?
—Ayer se acabo mi novela.
—…Ah…
Yo tengo enrollada una tortilla en la mano izquierda, con la otra, le aprieto el brazo a mi vieja en señal de luto

IV
Ahora está poniendo el nacimiento. Ella hizo con sus manos las 58 figurillas de cerámica. Es nuestro primer festejo parecido.
Yo le digo que no se moleste, que mejor me haga unos frijoles apachurrados y un café.
Pero no entiende, como niña se entusiasma y dice por ejemplo: —Un burrito aquí, ¡no mejor allá…! Este rey mago me recuerda al hombre lobo… ¡Mira Adán, el diablo se parece a ti!, etc.
Yo la dejo jugando y me voy sonriendo a encender la estufa.

V

Ella le escarba a la vida. A veces lavando, hace música. Tiende la ropa de una manera que los colores llegan a mi ventana como un arcoíris diluido.

VI
Su novio es calvo. Tiene un bigote porfiriano y unas botas relucientes.
Yo me río de él a escondidas porque me parece gracioso.
Ella dice que es bueno y que tienen paciencia sus manos.
—¿Qué hacen cuando están solos, mamá?
—Imagínate, nunca se le acaba la plática.
—Mmm… Que hombre tan aburrido…

Mi madre es otra cuando sale con él. Horas antes desempolva su mejor sonrisa y toma unas pastillas para el dolor de piernas y regresa a casa con un ánimo verdadero de beberse toda la noche a suspiros.

VII
Mi madre quiere que ya me duerma, pero en la noche tengo las ideas mas claras frente al teclado.
—Mejor bájame la ropa sucia, que me voy a despertar lavando —dice.
En el día tengo la mente amodorrada y solo con café me despierto.
Me gusta abrir las ventanas, quitarme los zapatos, revisar los papelitos que voy guardando durante la jornada.
—¿Ya viste la luna? Ilumina todo el patio.
— Duérmete tú, mamá.

Cuando termina la tarde, llega el momento de recordar lo sucedido y me pongo a masticar las ideas y a darles vueltas. Las palabras tienen mejor disposición para ser escritas cuando nada las distrae, se dejan venir aquellas olvidadas y se acomodan misteriosamente donde deben.
—¡La luna Adán, mira la luna!
Finalmente me gusta la cama, esa nube mía, que me recibe desnudo y fatigado.
—No se te olvide la ropa, hijo…
Además puede uno hacerle caso a su mamá, bajando sonámbulo la ropa y la luna.

VIII
Estaba tomando una cerveza cuando escuché su voz que me pedía un cigarro.
Tardó una semana afuera con su novio.
Mamá llegó.
Trae en su bolsa de mano, sonrisas.

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