Martes. 15.10.2019
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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Pedrito dijo que fue por el Santuario

Marcelino Díaz Mares

Pedrito dijo que fue por el Santuario

A mí no, a mí puros vivos se me aparecen, pero nada ni nadie del otro mundo. Cierto, he sentido de pronto cómo me jalan los cabellos o he despertado con la sensación de que alguien está sobre mí, invadiendo mi espacio y no me puedo mover, ni siquiera me atrevo a abrir los ojos. Cosas del sueño, mi querido sobrino, qué más.

Imagínate si hubiera sido miedoso, no podría haber hecho la vida que hice, andar de vago por medio México con la vida en riesgo real y si eso le agregas el temor, pues estás en la lista de los siguientes muertos. Eso sí, conocí muchas historias, la mayoría coincide. Es la aparición de mujeres.

Beto el de Guadalupe dice que a él no, que a él se le apareció el diablo y lo cuereó y lo mandó a correr hasta la puerta de su casa, pero no lo derrotó; al contrario, Beto se ponía borracho y lo iba a retar e insultar, cuando andaba bueno y sano mejor se iba a dormir temprano. Pero era más la tentación del vino y cuando así andaba le gritaba, aparécete, Príncipe de las tinieblas, Belcebú, llévame si eres tan poderoso, aquí está Beto de Guadalupe para ponerte a mano.

Nunca más se le apareció. Pero sí dice que una noche que andaba en su juicio oyó ruido de la vía del tren, como si viniera uno muy grande. Luego pasó una energía que era la de muchos trenes juntos y del otro lado oyó la voz, sosiégate, ya te tengo, no me hace falta asustarte, te espero en el infierno y que entonces sintió el sofocón, se cayó como si lo hubieran golpeado y quitado el piso y un frío desconocido lo abrazó. Regresó a su casa y no le quedaron ganas. A la semana siguiente se fue a Juaritos y allá hizo otras tropelías que no vienen a cuento hoy.

A Pedrito se le apareció de la manera convencional. Iba de lado a lado, venía de la Soledad y subió por la calle del Santuario, grandioso el templo con esa luna detrás de una de las torres. Y Pedrito traía ganas de seguirla, pero el dinero se había acabado y era mejor recibir ahora el regaño de su madre, no fuera a ser que aunque ella era fuerte, ya no la encontrara viva en una de esas y se iba a condenar.

Agarró fuerzas para no bandear tanto de lado a lado de la calle y aguantar la subida y la vio. De espaldas, un vestido dorado, ajustado, con unas señoras nalgas a la vista, el pelo negro que caía abundante hasta el inicio de ese par de agarraderas a la vida. Se contoneaba como culebra del amor.

Ay Dios mío, dijo Pedrito, aquí o me bajo el pedo o me voy a quedar sin conocer la gloria. Y dicho y hecho, algo le entró a la altura de la hombría que ya no pudo desatar el embrujo de esas nalgas, de esas piernas y de esa espalda que no se veía a causa de la cabellera. En lugar de dar la vuelta para la Calzada de Guadalupe, la hembra dio vuelta a la derecha y se pegó al muro del templo, sin dejar de contonearse, sin dejar de avanzar a una distancia donde la vista fuera lo importante. Y Pedrito quería acción, quería pasar del mirar al tocar, a estrujar. No se le hacía, siempre le guardaba más de 10 pasos y su respiración iba en aumento, casi como ese trasero que tendría que ser suyo. Agrandó la distancia y se metió entre unas yerbas, altas, la tapaban y Pedrito sólo veía los tacones y allí estaba lo que lo mantenía en la cacería. Por fin salieron a un campito de unos 50 metros de diámetro. Era raro que le resultara desconocido, después de que él rondaba aquellas tierras desde niño. Y en el centro estaba una especie de banquita de piedra. Allí se detuvo la mujer, qué mujer, y comenzó a girar y el tiempo se detuvo. Era completita, qué pecho, qué banquetazo, Pedrito. Entonces giró la cabeza y la cabellera se tornó crin y lo que esperaba fuera una hermosa cara de morenaza era trompa de caballo. Y lo miró, lo llamó, todavía buenota la parte de abajo, todavía estrujable, pero ya Pedrito empezaba a entender que no le iba tocar nada de lo soñado, así que se detuvo y vio cómo los ojos rojos de la bestia se encendían como foquitos y de las fosas nasales le salía un fuego de varios metros. Hasta allí tuvo pleno dominio de los hechos.

Corrió como pudo, entre la maleza y oía una especie de bramidos que le llamaba Pedro, te voy a dar la tuyo, Pedrito, ven y gózame. Salió con ayuda de rodillas, manos, piernas hasta la calle Antillón. Allí sintió que debía ir a su casa. Por la cara le escurrían sudor, sangre, mocos, lágrimas. Llegó a su casa y su madre estaba detrás de la puerta. Le tundió una docena de varejonazos y lo dejó tirado. Al día siguiente no le creyó lo que le contaba, creía que ella lo había dejado así a fuerza de mano y se sentía muy orgullosa. 

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