jueves. 19.05.2022
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¿Tachas?

Cuando entre las dos guerras mundiales, la sensibilidad francesa entra en la era del frío que se mete en lo imaginario colectivo e invade la cultura, Bataille queda atrapado en los hielos. Distanciado en 1939 de Caillois, cita su Vent d’hiver, exposición inaugural, en 1937, del Colegio de Sociología, y lo hace suyo con la salvedad de algunos matices: “…esclarecido en cuanto al método, reducido a afirmaciones más precisas —y acaso menos seductoras—, me parece que ese texto debería quedar ligado a los estatutos. (Es habitual que unos estatutos tengan una introducción de este tipo.) Estoy de acuerdo en efecto sobre el movimiento mismo que usted expresa:

No son tiempos de clemencia. Se eleva actualmente en mundo un gran viento de subversión, un viento frío, riguroso, ártico, uno de esos vientos tan asesinos y tan salubres, que matan a los delicados, a los enfermos y a los pájaros, que no dejan pasar el invierno. Se produce entonces en la naturaleza una limpieza muda, lenta, sin recursos, como una marea de muerte que sube insensiblemente. Los sedentarios, refugiados en sus domicilios calentados al máximo, se agotan reanimando sus miembros donde la sangre cuajada en las venas ya no circula. Se cuidan las grietas y los sabañones —y tiritan. Temen arriesgarse afuera donde el nómada robusto, sin sombrero en la jubilación de todo su cuerpo, viene a reírse al viento, embriagado de esa violencia glacial y tónica, que chasquea en su rostro y en su cabellera tiesa.

Una mala temporada, acaso una era cuaternaria —el avance de los glaciares—, se abre para esa sociedad desmantelada, senil, medio desmoronada; un espíritu de examen, una incredulidad despiadada y muy irrespetuosa, que ama la fuerza y juzga por la capacidad de resistencia —y que gusta de las astucias para desenmascarar prontamente las astucias. Ese clima será muy duro, esa selección verdaderamente arrasadora. Cada uno deberá dar pruebas ante unos oídos sordos a las canciones, pero vigilantes y ejercitados, ante unos ojos ciegos a los adornos, pero penetrantes, por un acto extraordinariamente educado, ese sentido más material, más realista que los otros, al que no engaña la apariencia, que separa a las mil maravillas lo hueco de lo pleno. Se reconocerá, durante esas bajísimas temperaturas, a los que tienen buena circulación por su tez rosada, por el frescor de su piel, por su holgura, por su alegría de gozar finalmente de su condición de vida y de las altas dosis de oxígeno que sus pulmones necesitan. Los, otros, devueltos entonces a su debilidad y expulsados del escenario, se contraen, se encogen, se acurrucan en los agujeros; los agitados se quedan inmóviles, los habladores silenciosos, los histriones invisibles. Queda libre el campo para los más aptos: ningún estorbo en los caminos que trabe su marcha, ningún gorjeo melodioso innumerable que cubra su voz. Que se cuenten y se reconozcan en el aire enrarecido, que el invierno los deje unidos, compactos, codo con codo, con la conciencia de su fuerza, y la nueva primavera consagrará su destino.

Si Caillois, como sospecha Bataille, pronto reniega de sus expresiones, ¿hay que reprochárselo? A pesar de la lengua soberbia, esos acentos de energía rosa, ese eugenismo de ventisca que halagó sin duda los oídos de Drieu de la Rochelle, asiduo del Colegio, resuenan para los míos desagradablemente. ¿Quién creería en la tonicidad del hielo en el marasmo de los años treinta? Depresión económica, crisis económica permanente, tentaciones sediciosas de la derecha, dimisión internacional del Frente Popular, confesión de impotencia de una colectividad mal repuesta de la sangría de la Primera Guerra, alud de síntomas mórbidos, de dramas y de carencias que inducen una filosofía torva, resucitadora de las ensoñaciones inquietantes de la magia que le saca el bulto a la muerte por medio de una ideología de la muerte, de la crueldad que huye de sí misma por medio de una ideología de la crueldad. Es el auge de las fiestas, de las orgías nevadas bajo la égida de los esquimales de Mauss y de los chinos de Graner. Es el triunfo de Sade, Sade glacial que suplanta a un Sade de fuego, subterráneo y eficaz, al que se encomienda, unánime, todo el siglo XIX —Sade de placer, antídoto de las ascesis burguesas, antepasado de una familia de insurrectos, ahora confiscado y transformado en prenda de toda palabra válida gracias a una retórica de la tortura y de lo sagrado, que, observa Bataille, no es más que un simulacro, apelación controlada del no-ser cuyo ejemplo proporcionaron y siguen inexorablemente proporcionando los dictadores.

No es pues por un malentendido por lo que Bataille, a partir de 1945, pero sobre todo desde su desaparición en 1962, queda designado como el “patrón” por el new look universitario. Sartre lo acusa de misticismo. Es cuando menos el cantor de la renuncia. La lava, en él, tal como en Artaud, se endurece como si la vida se encontrase en la literatura un espejo de su recusación. Bataille engendra una familia de voyeurs que, de Lacan a Robbe-Grillet y a Foucault, desrealiza la mirada, en griego θεωγα, con lo que hemos hecho teoría, consigna de nuestra cultura bloqueada.

El espíritu derrotado oscila entre dos tentaciones, apelar a la historia para sacar de ella las serenidades de la experiencia o bien desertarla por desesperación. Entre 1930 y 1945, la tragedia de la coyuntura prohíbe la simple huida fuera del tiempo.

Jean-Paul Aron

 

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