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UN RATITO DE TENMEALLÁ

El sabor de las cerezas (Irán, 1997) de Abbas Kiarostam

Isaac Zepeda

El sabor de las cerezas (Irán, 1997) de Abbas Kiarostam

Refiriéndose al suicidio, Cioran comentaba que la vida es soportable tan sólo con la idea de que podemos abandonarla cuando queramos, y esto mientras se siga soportando está bien, pero (harto ya) la corporeidad del acto implica otras incomodidades. Del suicidio práctico nos queda poco: la historia del por qué y del cómo, algunos afectados y a veces la historia del fracaso que no es muy halagadora. Esta película nos enfrenta al cómo (última expresión de la voluntad) sin un por qué (justificación para esa voluntad).

Badii (Homayoun Ershadi), un hombre de unos 50 años, conduce su auto y va en busca de quien pueda enterrarlo, porque ha decidido acabar con su vida. Ya tiene el lugar,  en alejadas colinas, un agujero al lado del camino, y la forma, pastillas para dormir, pero quiere ser enterrado después de hacerlo. Y ese es el problema, ir a pedirle a alguien más que haga algo por él. Porque las personas se inmiscuyen, les importa lo que va a hacer y no sólo la paga que Badii les promete, que es buena. Van con sus distintas morales y miedos absteniéndose de echar veinte paladas de tierra a un agujero.

Tres son las personas a las que sube a su auto y pide ayuda: un joven militar, un seminarista y un viejo taxidermista, curiosa elección de personajes, podría pensarse en una alegoría de las edades o también en el Estado, la Iglesia y una tercera entidad que no me atrevo a definir, pero bueno eso es otra onda. Vemos los distintos diálogos con cada uno, porque Badii no se las suelta así de fácil para no asustarlos, les pregunta por su economía, luego les dice de un “trabajo” y de una buena paga que les haría bien, ellos sospechan y preguntan cuál es el trabajo, Badii responde que lo único que necesita de ellos es sus manos, no su mente. Y es el viejo quien lo entiende mejor, porque él mismo quiso suicidarse alguna vez.

Es interesante la espacialidad de esta película que se reduce al automóvil de Badii. Si bien a veces se hacen tomas del campo que ha escogido para morir, la mayoría del tiempo estamos dentro del auto o viendo el auto desde fuera. Esto puede llegar a incomodar a ciertos espectadores, pero nada que no hayan hecho en un viaje de menos de dos horas. Me resisto a sacar mensajes moralizantes de ésta película. Habría que entenderla sin un discurso lastimero o compasivo. No podemos entender a Badii y el mismo no se interesa en ello: si le prestamos nuestras manos o no, nada más.

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