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EN LA MIRA | ENTREVISTA

El poema, memoria de la lengua | Daniel Bencomo

Francisco Rangel

El poema, memoria de la lengua | Daniel Bencomo


Comparto con Daniel Bencomo más de un oficio y un sinnúmero de actividades recreativas.  Sólo que él es poeta y yo nomás lector. Esta vez los invito a leer una charla entre quien produce poemas y a quien le gusta consumirlos, pero que pasaron por uno de los oficios más viejos del mundo: la filosofía. Así que el diálogo tiene esa cara, pero en el fondo... es un cenicero, un vaso medio lleno y dos tipos hundidos en sillones hablando de la verdad. Y sé que ustedes también lo han hecho, ton’s que, ya éntrenle, agarren asiento y craneen con nosotros.

¿Qué es un poema?

El poema escapa a una definición certera, porque al igual que la poesía, el poema deviene, nunca es lo mismo. Se han planteado muchos acercamientos que aciertan, que lo abordan con lucidez; no obstante, siempre existe la posibilidad de una definición opuesta. Ahora se me ocurre una noción: el poema es una caja musical, una caja de resonancias, que suscita en la lectura un movimiento emotivo —intelectual—. Mañana podría aparecer ante mí otra noción con el mismo rango de validez. En estos días he estado muy cerca de un algo que dice Jacques Roubaud: el poema suscita un efecto de memoria, memoria de la lengua, distinto en cada uno de nosotros. Dice el francés: “No es posible aprehender un poema sino pensándolo como un ahora. Poetry is now”.

¿Cuál es su función y cómo se constituye ésta?

La función de un poema, al menos para mí, es igual de inestable e indefinible. Ese movimiento emotivo, ese ahora que plantea el poema, es distinto en cada persona. No obstante, me gusta pensar que el poema distorsiona algo en el lector, lo remueve para que pueda reincorporarse a la vida. Sin caer en el optimismo, creo que ese movimiento que ocurre en cada individuo puede producir a la larga un movimiento más amplio, un movimiento en comunidad, al interior de un lenguaje, es decir, de una polis.

¿Existe algún tipo de metafísica en tu trabajo? ¿Cómo se desarrolla?

No existe metafísica en mi trabajo, salvo aquella por la que debe pasar todo poema: hacer que las palabras, como quiere Roubaud, susciten un ahora, un ahora que ha dejado de ser en lo real pero que permanece latente en el poema —quizá esa presencia, ese ahora también deba quebrarse, tarea pendiente. Más allá de ello, en mi trabajo reciente aparecen con frecuencia términos que pueden vincularse con lo metafísico y con ciertas líneas de pensamiento filosófico, pero con una intención opuesta: me interesa que el poema confronte esa forma de la metafísica que ha permeado en la estructura de nuestra sociedad y nuestra cultura, que traduce “su Verdad” en prácticas humanas de dominación, enajenación y corrección política, que depredan la experiencia humana y alejan al individuo de la experiencia más bella, la más mundana, es decir, la ilusión radical de este mundo. El poema debe devenir junto al mundo y polemizar, con mucho amor, con él y contra él.

¿Tienes alguna filosofía de composición? ¿Cómo es?

Diálogo, paciencia, levitación entre la hierba.

¿Cómo es tu metodología de trabajo?

En este momento me interesa que el poema despliegue una experiencia compleja. Para ello, debe alejarse de toda certidumbre y toda verdad impostada. Me gusta que el poema se muestre como falso e ilusorio, que divierta y embelese a través de su música, que se oscurezca hasta el límite. Que no se entregue en una forma edulcorada de sabiduría. Que no apele al chantaje facilón, emocional, ése que no busca conflictuar a los lectores sino confortarlos. Creo firmemente en lo que afirmaba Paul Celan: “la poesía no se impone, se expone”. Y sobre todo, me preocupa que el poema recupere su capacidad proteica, que sea una trampa, una planta carnívora y armónica. Una carcajada en penumbras.

¿Si alguien se acerca, te pide que le ayudes a construir un poema, cómo serían las instrucciones?

Que se arme primero con poemas de otros. Que busque tararear al pensarlos y gozar con ellos. Y que mientras escriba, haga todo lo posible por huir de sí mismo.

¿Por qué traducir y qué se traduce de un poema: la música, la idea, las imágenes?

Creo que las tres cosas son indispensables a la hora de traducir un poema. Y creo que las tres deben pasar por un proceso de emulación, sobre todo la de la música. La versión de un poema debe emular el ritmo y las cadencias, las imágenes, el discurso, del idioma nativo en el idioma “huésped”. El cómo lo logra puede ser muy traicionero, lo cual me parece absolutamente válido. Cada verso debe ser transterrado, para que pueda crecer entre sus nuevos lectores.

¿Qué decides traducir, por qué y para qué?

Traduzco autores jóvenes de lengua alemana, como Björn Kuhligk, Ron Winkler, Steffen Popp o Tom Schulz, cuyas propuestas me atraen como lector y porque considero pueden aportar algo auténtico, actual —a través de sus gestos formales y la experiencia humana e intelectual que éstos traducen— a un lector latinoamericano. Pero también me interesa traducir poetas a los que ya se considera parte de la tradición de la lengua alemana, como Hugo Ball, Ingeborg Bachmann, Gottfried Benn, Johannes Bobrowski o Friederike Mayröcker.

¿Qué nos recomiendas leer?

El ensayo filosófico Lejos de mí de Clèment Rosset. Entre los poetas latinoamericanos más recientes podría recomendar a Juan José Rodríguez, Alejandro Tarrab, Aníbal Cristobo.

¿Qué has publicado?

He publicado cuatro libros de poesía. Dos de ellos, De maitines a vísperas (2008) y Lugar de Residencia (2010) pueden descargarse en mi blog Mnemosyne Bar (cactusverbal.blogspot.com). Ahí mismo pueden consultarse algunas de mis traducciones.

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