Es Lo Cotidiano

Yo desertor*

Francisco Rangel

En el primero, los principios son palpables pero se apartan del uso común; de modo que nos cuesta volver la cabeza hacia ese lado, por falta de hábito.

Blas Pascal

Buenas tardes, compañeros. Antes que nada me gustaría agradecer al Instituto de Cultura Del Estado, a Liliana Pérez y a Raúl Bravo por la invitación a este Congreso de la Palabra; y, por supuesto, a todos los presentes. Hoy hablo con ustedes y no estoy, habla alguien por mí, mientras estoy en Oaxaca de Juárez. Cuando Liliana me invitó a esta mesa creo que cometió un error, o no. Pero asumir que necesitamos un promotor de lectura me resulta chocante e inútil. No lo creo, no son necesarios. Pero usemos el método del Mochaorejas: vayamos por partes.

Hay que apuntalar que hablamos de un proceso netamente político, o sociopolítico, si les gusta más la palabreja. Desde principios del Siglo XX, se creyó que el trabajo del escritor es un trabajo didáctico, concebido por una logia que sabía que tenía que saber el otro ignorante, tan estúpido, tan indio. De preferencia, ir hasta su hábitat para catequizarlo. Bastante parecido al moralismo ilustrado francés, si lo vemos en su contexto histórico. Después de la revolución de 1910, institucionalizada durante casi un siglo, el escritor (y el artista, en general) se constituirá en un productor cultural que educa a su público. La negativa a asumirnos como una sociedad capitalista (o con pretensiones de ser y sin ahorrar) marco desde los ochentas la industria editorial en un decaimiento fuerte; al punto de considerar que para publicar son mejores las editoriales españolas. Hasta apenas una década, resurgen las nuestras. Pero sigue enquistada la idea del profesional de las letras que educa; hasta los periodistas se creen con poder de consejeros, cómo si los lectores fuéramos tipos idiotas, que no sabemos qué nos gusta. He esbozado que la idea del escritor didáctico no es más que una forma de autoritarismo que neutraliza a su lector. Muchos escritores aún conciben que son superiores a los demás, no sólo a sus lectores, también a otros escritores. Me ha tocado escuchar que en tal o cual lugar no hay escritores; o en cierto taller literario me dijeron que estaba con ellos o en su contra. Este par de ejemplos son concreciones de esa idea de superioridad. Toda ella valorada económicamente por la memorabilia del posible escritor y sus datos mnemotécnicos de autores, ediciones, obras y la ficha bibliográfica completa. Ni siquiera es su propia obra; es la que él considera que afectó su concepción del escribir. Ante está situación, ¿ustedes se dejarían guiar por un ser así? Yo no. prefiero desertar, prefiero buscar otro camino.

¿Quién jijos sabe qué lectura es buena y cuál es una basura? Sí, sí, ya sé, lo que a ustedes les gusta es la neta y lo otro, pues no, es basura. Algunos podrán objetar que es el valor social que han tenido esos textos sobre cómo se concibe lo social, la escritura o el arte; bien, se las creo. Otro dirán que son los grandes nombres, vacas sagradas, de quien debemos aprender a escribir; puede ser, pero el principio de autoridad no es lo mío. No faltará el que ya está pensando que el arte es una entidad metafísica que existe por sí; de esa visión, paso sin ver. Pues no nos queda más volver a modificar la pregunta: ¿Quién sabe leer?

Entonces el camino comienza en la pregunta sobre el leer. Concibo la lectura como la codificación y decodificación de un conjunto de signos, con una lógica interna que tratan de expresar un proceso de una realidad. Estos signos son puestos en soportes para ser decodificados por la comunidad donde fueron concebidos. No sólo son grafías como las letras o fonéticos como los del habla; dentro de cada sociedad organizamos estructuras y tecnologías que nos ayudan a reconocer los signos propios de ese entorno social. Nuestro cuerpo es el que puede leer con cada uno de los sentidos externos con los que contamos. Aromas, sabores, texturas, imágenes, sonidos, son los signos a decodificar; donde los pongamos es el soporte.

Aquí es donde me dije: ah, chingá; todo mi cuerpo lee; lo más seguro es que la mayoría que se parece a mí, leen con todo el cuerpo. Después de 35 años conviviendo con humanos me di cuenta que sí, que todos leen con el cuerpo; pero no leen igual que yo. Que existe una carga interpretativa en cada signo. Pongamos un ejemplo: a mí me gustan los ostiones, los tacos de moronga, los sesos y casi todas las vísceras; mas detesto el caviar, nomás no lo trago. Bueno, para otra persona, las entrañas de las que hablé, parecen productos vomitivos, pero el caviar no. Ya sé que me van a decir: es por el gusto. Ándele, ese es el fundamento de la lectura y del conocimiento en general: el deleite.

Es en la conformación del deleite que desplegaremos nuestras bases epistemológicas. Podría pasarme toda la charla explicando esto, más habiendo un tipo más chinguetas que yo en eso, léanlo: él es Josu Landa y el texto se llama La reivindicación del gusto. Lo encuentran en el libro Tanteos…, o se lo pueden bajar de Internet. Yo me referiré a esto como una tecnología para la construcción del Yo. Porque también tenemos eso: un Yo que se construye, que no viene por default en el sistema operativo de nuestra sesera. Para que yo crea que soy algo es porque hay un entorno de donde tomo los mecanismos que me lo hicieron creer. Es en el entorno donde voy construyendo la referencia para interpretar el signo. Otro ejemplo para concretar lo que expongo: el color negro en mi entorno implicaba seriedad, luto, muerte, frío, maldad; a algunos orientales les expresa todo lo contrario y el luto es de blanco. ¿A poco no es para ponerse a parir chayotes?

Si no se han dormido con esta perorata, se estarán preguntando: ¿Pues no dijo que iba hablar de política, este güey? Y es lo que estado haciendo: hablar de la política que sujeta al cuerpo del individuo a su entorno social. Lo único distinto que he hecho es verla desde el punto de vista del individuo-lector. La visión positivista construyó un modelo de control para expandir el saber en el México del Siglo XX y que aun nos afecta. Instituyó la idea del Intelectual que habla por los demás. Muchos de esos Intelectuales ni siquiera se detienen a pensar lo que impregnan, sólo lo hacen. Lo mismo toman postura sobre la mujer y la feminidad, que nos hacen creer que Gabriel García Márquez es un gran escritor.

Sin embargo, el entorno cambió drásticamente en los últimos treinta años: tenemos soportes con signos alterados, el autor ya valió cacahuate en determinados procesos artísticos, nuestros niños no leen lo mismo que nosotros, los entornos virtuales son avasallantes, y no paro de contar problemas de esa índole.

Empecemos por la lectura infantil y juvenil. La narrativa a la que los chamacos se han acostumbrado es de una velocidad imposible: ellos viven una realidad descomunalmente editada: su cine, sus comic’s, sus videojuegos, su intimidad publicada en redes sociales y, aparte, sienten que su cotidianidad es aburridísima porque no la pueden editar. Al punto que si un chavo de estos se poner a leer una novela como Madame Bovary, lo mandamos en friega al psicólogo: el morro no anda en sus cabales. Eso sí, el profe de literatura lo estará jodiendo para que lea a Juan Rulfo, porque es un clásico que le cambiará la vida. No hay que ser cabrones, mínimo habría que ofrecerles una lectura que los pueda detener un minuto. Y no ofrecerla como si fuera la Verdad absoluta, sino como algo que te pone chido, oculto, prohibido, casi como una raya o un hechizo para el ligue. Digo, si van a ponerse a invitar a leer, innoven. Pero ese mocoso ya está leyendo desde hace un rato y nadie se dio cuenta, ni él mismo. Observen cómo se disfraza, qué se cuelga o qué se quita, con eso el vato ya está construyendo una narración. La cual es, por cierto, una réplica de sus intereses. Mas siendo un meco a medio crecer, ni quien lo pele, no sabe, es imberbe e imbecil. Si de chiripa agarra un libro de Harry Potter para leer en el baño; no, pinches lecturitas pendejas. Pero ya se le quitará. ¿A huevo tiene que leer a Goethe o a Lovecraft, para que su lectura sea tomada en serio? ¿No puede leer mientras juega con el Play Station, el Wii, el XBox o cualquier otra de esas madres? ¿Ustedes han jugado esos juegos y pueden identificar su narrativa? Ellos sí.

Esto nos lleva al siguiente punto, los soportes y sus contenidos alterados. Las vanguardias de principios del siglo XX comenzaron a modificar el contenido en los soportes ya preestablecidos: los epigramas, las piezas de Duchamps, la poesía visual de Beuys, etc., etc. Esas cosas aún eran construidas para una elite que las podía disfrutar. Entrando el Pop a los procesos culturales, las cosas cambiaron radicalmente: se perdió esa frontera entre lo popular y lo culto. Con ello cambió el gusto, sus productos y la comercialización de éstos. En un momento anterior Walter Benjamín, T.W. Adorno y otros, ya lo percibían, pero a ellos les ofendía este modelo que genera repetición y consumo. Los muy autoritarios querían mantener las elites para el disfrute del ocio; hay que entenderlos también, hubieran deseado ser nazis, pero eran judíos. Fuera del chascarrillo negro, la evolución del arte nos ha llevado por trayectorias extrañas. Desde los setentas con el Meelting Pot (que por cierto, surgió en las discotecas de negros y latinos gays), los procesos postsituacionistas, la popularización de la tecnología hasta esta corriente desarrollada a finales de los noventa y que en esta década se ha consolidado fuertemente como es el arte generativo.

Explico rápido esto último: el arte generativo ya no busca la obra completa, sino crear la semilla que armará la obra. En el caso de la literatura, lo podemos observar en soportes como Second Life, Twitter, Facebook, Myspace, donde escritores sólo nos dan una parte y nosotros llenamos el resto. Un caso concreto fue la charla-acción realizada por un grupo de escritores y coordinada por Cristina Rivera Garza en la FeNaL 2010: en línea, algunos escritores hacían microrrelatos, otros sólo exponían sus ideas en una frase, etc. Sólo faltó en ese momento hablar de Troles y seres similares que habitan esos espacios. ¿Cómo le va hacer para explicar un promotor de la lectura ese tipo de literatura a la gente? ¿Lo considerará literatura? ¿O sólo es literatura lo que está en soporte de papel? Más problemas y pocos estudios serios a esas actividades.

Hasta aquí sigue habiendo un autor. Pero muchos escritores, ya en formato de papel o en línea, o audio, han buscado desaparecer el autor. En la música electrónica es una constante; en las letras comienzan. Un claro ejemplo es el proyecto Wu Ming: cuatro individuos que tratan de pensar como uno. No es la historia, son los autores que firman como Wu Ming 1, Wu Ming 2, etcétera, y luego intercambian personalidades y cosas por el estilo. Publican textos de una calidad envidiable, pero no creen en el autor, ni en derechos de autor, ni todas esas patrañas que sólo son procesos para azuzar el ego. Pero hay más como ellos; no son los únicos. Si eso ocurrió a nivel de autor, los consumidores también han desmontado la idea de pertenencia del objeto: el proyecto bookcroassing invita a suscribir algún libro en línea y abandonarlo en lugar estipulado. Das los datos, entre ellos dónde lo pusiste, y en uno o dos días te encontrarás con otro libro en ese lugar. A algunos del proyecto les gusta juntarse y platicar sobre su experiencia; a otros nos vale madre, sólo soltamos libros y leemos los que nos dejan. Si lo tuyo es la socialización y no tienes amigos, los puedes adquirir en los chats que ofrece la misma página y no hay costo alguno por suscribirse.

Este tipo de comunidades se replica en otras formas de cultura. En el caso de la gastronomía están los loquitos del Slow Food, sibaritas ultracomplicados que se preocupan hasta por la cantidad de sales que tiene el agua con que se regó el maíz, el Ph de la cal neutralizada para cocer el maíz, el grosor y el tiempo de cocción de la tortilla. ¿Si esto lo hacen con una sola tortilla, qué será con un mole? Poco a poco hemos desmantelado los conceptos rígidos con que se mueve el mainstream.

Regresando a la literatura, ésta se ha convertido en un hervidero de consumos de grupos, y las editoriales tienen que buscar la manera de ofrecer sus productos a sus clientes específicos. Cada editorial se ha sobreespecializado y llega a crear guetos o subsellos, con los que identifica el consumidor lo que desea. Pienso en editoriales como El Billar de Lucrecia, Tumbona, Acuarela, Errata Nature, Alpha Decay, Subterfuge y otras, que publican para un estilo de vida especifico. Las grandes editoriales suelen tener líneas especiales también, como en el caso de Norma y su línea de comic’s o arte secuencial. ¿Los promotores se especializarán también? ¿Y con ello no se limitará el gusto? ¿Algunos de ellos podrían ser sponsoriados por alguna editorial y cerrarle el paso al mercado a otras editoriales?

Puedo seguir infinitamente apuntando todos los problemas recién creados, pero ya me siento como las viejitas que van al seguro y se ponen a contar sus enfermedades. Ya abrí la bocota, pues hay que dar alguna solución. Creo que es posible replicar el sistema de fichajes que usan las disqueras indie, en que el autor manda su maqueta, si la compañía la considera dentro de su área de acción, se edita una cantidad pequeña (en los libros podrían ser unos 500 ejemplares, como máximo).

Hasta aquí se parece mucho a lo que se hace; el cambio viene en la manera en que el artista tiene que funcionar dentro de este sistema. El escritor tiene que firmar un contrato donde se estipule que debe hacer una gira de promoción: por ejemplo, a Chuchis Pérez se le editó el libro El Cargapilas; ahora tiene que ir a unos veinte municipios y tratar de convencer a los que lleguen, de que le compren el libro; cómo lo haga es su bronca, tiene que seducir a su público. Porque ya basta de que existan chorrocientos mil libros guardados en bodegas, pagados con los impuestos. La mayoría de las editoriales grandes suelen dar un tiempo determinado de vida a un libro; en caso de no vender, se va al picadero. Las editoriales gubernamentales no pueden hacer eso, la moralina intelectual los llamaría fascistas: entonces, que se pague por guardar libros que nadie conoce.

Siguiendo con la solución: si el escritor llega a terminar la edición se le provee una reimpresión, y a darle. Cuando llegue a los dos mil, pueden anunciar con bombo y platillo que está su segunda edición, cómo no.

La editorial gubernamental y los institutos de cultura tendrán la obligación de crear expectativas en sus ediciones: son sus artistas. Pueden generar un tipo de Ep o muestras para ser bajas por el consumidor vía web; la infraestructura ya la tienen. Hay que terminar de tajo con estos vicios de publicar un texto y que nadie lo lea, o ni sepa siquiera que existe.

Al inicio de esto decía que podría ser un error la invitación. Pues no los defraudaré; o sí. Si el artista se hace responsable de su obra y sabe de antemano en lo que se mete, nos ahorraremos un montonal de molestias y de personajes que viven de la paraliteratura: promotores de lectura, que viven del culto a un objeto que es libro impreso en papel y respaldado por un conjunto de conceptos anquilosados. Antes de entrar con esto directamente, me gustaría recordar un dicho que ya se ha vuelto popular: el dinero no compra la felicidad, pero tenerlo da una sensación tan parecida, que no la distingo. Lo que he propuesto ya existe, pero nos cuesta trabajo entender que quien lo realiza gane dinero: suponemos que lo debería hacer por amor al arte. En el Estado ubico y reconozco trabajos desde la empresa privada, y otros desde las instituciones, quienes generan promoción para los artistas: por lo regular son vilipendiados porque unos trabajan para el gobierno y los otros porque buscan obtener fondos por su actuar. Hay otros que inventan toda una fantasía para sacar ese recurso, por ejemplos los que tienen una semieditorial, se inventan unos cursitos de escritura, para luego cobrar a los cautivos una feria por “tallerearlos” y otra, para ver sus pininos en un formato de libro. La fantasía consiste en hacer creer a estos novatos que ya son escritores, por tener un libro autopublicado que nunca se confrontó a un dictamen o un concurso, y evitan verlo como una maqueta o un demo. Sinceramente no me molesta su negocio; lo que sí, es la poca vergüenza con la que trabajan y el engaño que producen. Otros andamos mandando nuestras copias para ver si son publicables y, de ser factible, obtener una remuneración por ellas.

Creo que esto es un negocio y debe comportarse como tal. De otra manera estamos perdiendo el tiempo, la vida y el dinero que obtenemos en otro lugar.

Con esto concluyo mi intervención. Un saludo y paz. 

*Texto leído por el autor antes bibliotecarios y promotores de la lectura en 2010

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