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Atlantis City

Óscar Luviano

Atlantis City

Dicen los que han ido (aunque nadie ha regresado nunca para contarlo) que todo muere, y eso es un hecho, pero tal vez, algún día, todo lo que ha muerto regresará. Pinto tus labios, arreglo tu cabello lo mejor que puedo: mis dedos están húmedos... Esta noche hemos de encontrarnos en el Casino de Atlantis City.

Dicen que para llegar resulta inútil el potro, que la montura repela al vislumbrar el abismo. Hay que dejarla sin brida en la carretera cubiertas por magueyes, decirle adiós asiendo su crin y frente contra frente; sus ojos en el oscuro reflejo del cráter que ocupa el sitio donde alguna vez se levantó la ciudad.

En las viejas fotos de sus mejores años se veía como un amasijo de luces y metal, como si alguien cuyo tamaño sólo fuese superado por su indolencia la hubiese dejado caer sin amor desde los cielos. Como si sus arquitectos la hubieran soñado bajo esa condición.

Dicen que su hundimiento fue sólo la continuación de esa caída. Dicen que no hubo más anuncio que los pájaros levantando el vuelo al unísono una mañana, y después un vértigo de tierra ascendente. Autos e iglesias fueron a dar al fondo de su lecho pantanoso, sin tiempo para gritos o rezos.

El Casino está en la isla al centro de Atlantis City.

Hay que afianzar la cuerda al mojón más cercano (el pie de un poste o una maraña de raíces carbonizadas) y bajar  entre las cascadas que se derraman desde los túneles sesgados del metro, aferrando pencas de nopal y cables arracimados que brotan rabiosos entre los peñascos. Descender toma una noche y otros horrores. El menor de ellos son las ratas que bajan ciegas de hambre por la cuerda, pesadas como perros, y buscan entre sollozs los blandos labios, el jugoso cuello. No son pocos los peregrinos que cuelgan de sus reatas, huesos secos y ennegrecidos, plagados de nidos de paloma.

Al amanecer, dicen los que han ido, el lago es el horizonte y en él se refleja el sol, como si la sangre fuera otra forma de la luz: un lujo que no se pueden creer los peregrinos de Atlantis City.

Tras mediodía de marcha, y siempre que logres ocultarte del olfato de los perros (brotados a cientos como llagas entre el pavimento quebrado y las raíces de los ahuehuetes), la orilla. El agua es tan oscura y cuajado que no merece ese nombre.

Dicen que no hay que llamar la atención de los que sobre chinampas empujan su paso entre espumeantes azoteas reducidas a islotes. Dicen que nacer sobre las aguas tornasoladas les ha arrancado la crueldad y la lujuria, y lo que hacen contigo y los restos de tu cuerpo lo ejecutan con el sopor de los deberes que nadie encomienda. Hay que evitarlos con la brazada lenta y silenciosa, y probar suerte con el guardián de la isla.

Dicen que era un sacerdote o un sicario como el que tocó a  nuestra puerta anoche. Vigila, multiplicado y ubicuo por obra de alguno de los oscuros milagros que abundan en Atlantis City, cada punto de la orilla a fuerza de machete.

“Dicen que todo muere, pero de todo lo que se va, algo podría regresar”: Esas son las palabras que diré al guardián, arrodillado, sin atreverme a mirar las cicatrices que le apergaminan el rostro bendito o la Virgen de jade que (dicen quienes nunca le han visto) le ocupa el lugar de la nariz. Le contaré como quien escupe su vergüenza sobre la oferta del ranger. La entrega del paquete más allá de las cañadas, el pago fácil, los pies de Lupita que nunca habían conocido zapatos; mi feliz aceptación del trabajo.

Le diré sin asomo de lágrimas que era una sorpresa: pensaba llegar cargado de bolsas y regalos, que no tenías advertencia y que todo el camino de regreso soñé despierto con la forma en que se abrirían tus ojos (como nuevos, como hiere a la vista el neón sobre la fachada del casino de Atlantis City) cuando te dijera que no más techo de palma, que nos daríamos a mejores caminos...

Los sicarios llegaron un día antes que yo.

Sin dejarme llegar al final de mi relato, el guardián pondrá el filo del machete contra mi boca. He de lamerlo sabrosamente y entregarle mi tributo: el mechón coagulado de tu cabello y la muñeca que Lupita aferró hasta el final entre sus deditos plenos de anillos de plástico. No será suficiente y con un gesto me dará a elegir. Pondré la mano izquierda sobre la roca masticando el cable con el que he aplicarme el torniquete.

Después queda otro día de camino. Hay que evadir las visiones falsas: el ahorcado que se aparece en cada poste de pie, la voz que brota de las alcantarillas, la pirámide que escurre sangre y se agita como un cuervo en el horizonte... Cruzaré entre ellos pensando en la peineta que te puse para disimular el orificio de entrada y en tus labios de tan rojos como nacidos de entre las cerezas.

Lo único real ahí es el anuncio luminoso sobre el sitio en el que pirámides y catedrales terminaron por confundir sus piedras: Atlantis City.

Dicen que visto desde el cielo, el casino es como una cruz gigante y que el resplandor de sus neones derriba a pájaros y ángeles, pero no quedan más aviones para demostrarlo. Dicen que al entrar, todo es como una foto vieja, y que los meseros llevan frac y se reparten cócteles con sombrilla entre las mesas. En cada ruleta otros peregrinos se juegan el alma o la virtud de sus hijos, la carne de sus mujeres. Iré la mesa de póker sosteniéndome el muñón tibio.

Dicen que nadie osará estar a su lado: ni las escorts de sonrisa fácil ni croupier alguno. No estará sentado, claro: dicen que flota sobre una nube de serpientes. Yo sé que se limitará a estar de pie en su traje de empresario impecable y que sólo le delatará el zumbido de moscas que tiene por voz. Buenas noches. Buenas, le diré, temblando ante esa mirada que no está ni entre los vivos ni los muertos, y a la que ambos le tienen sin cuidado.

Pondré tu foto con Lupita sobre la mesa: ambas sonríen bajo el sol verdadero. No se dignará a verla, pero cortará el mazo y me entregará mis cartas. Respiraré hondos antes de conocer la suerte de mi mano. Dicen que todo muere, y tal vez algo de lo que muere, regrese.

Si gano la partida, he de verte en Atlantis City.

***

Óscar Luviano. Ciudad de México (1968), Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones, incluyendo El Fanzine y Noisey.

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