Es Lo Cotidiano

El llanto de Assassine

Iliana Vargas

El llanto de Assassine

La cara del enjaulado tiene manchas amarillas. No le han dado agua desde que lo encontraron, y sólo ha comido raíces de jengibre. El enjaulado se ríe y habla solo. Nadie se interesa en escuchar su canto, su risa; dicen que no es natural, que es inhumano. No hay quien se siente a su lado para descubrir que entre sus balbuceos y lacónicos aullidos hay palabras y frases a veces larguísimas con las que trata de explicar que lo que hizo no fue por perversión ni por puro gusto, mucho menos por exotismo. Barbarie… sí, él mismo admite que todo fue provocado por la barbarie.

¿Y si a mi madre nunca se le hubiera ocurrido empezar y luego enseñarme a cazar, a elegir con cuidado, a cocinar de acuerdo a las características físicas de la presa y de las condiciones en que la hallábamos? Yo tenía 17 años la primera vez. Todavía recuerdo la mirada de Iris –mi madre– cuando espiaba entre los matorrales, impaciente porque Arnaldo tardaba mucho en regresar de la laguna con su porción de renacuajos. Al escuchar por fin los chapoteos de sus pies entrando y saliendo con dificultad del lodo, Iris me tomó del brazo en señal de que debía prepararme. La miré con total indecisión y ella me levantó con fuerza, la voz muy alta: ¡todo ser vivo sirve para alimentarse, hasta los que andan en dos patas, aunque te dé asco! Entonces me aventé contra Arnaldo y lo tiré al suelo, deteniendo con mi cuerpo, casi igual de enclenque que el suyo, los manotazos que daba mientras Iris atinaba a encajarle el cuchillo y degollarlo. La sangre era viscosa y tibia, y salía en chorros que me lastimaban los ojos y me hacían llorar. Pero no era sólo por eso que lloraba. Esa vez, Iris no me obligó a ayudarla a limpiarlo ni a despedazarlo ni a ponerlo sobre la fogata para quemarle los pelos; tampoco a juntar hojas y brotes de los sauces y lirios para guisarlo. Esa vez lloré toda la tarde hasta quedarme dormido mientras ella cocinaba sola. Desperté con el ruido de los trastos al ser acomodados en la mesa y el olor que se había impregnado en toda la casa. Un olor delicioso. Iris me llamó a comer como antes de que todo empezara; como antes de que ellos llegaran; como antes de tener que comer ranas, culebras, salamandras, escarabajos y gaviotas; como antes de que eso también se fuera acabando; como antes.

El enjaulado, a quien no le preguntan su nombre pero todos llaman Assassine, se revuelca de un lado a otro hasta quedar completamente encostrado de tierra húmeda. Después de un rato de imitar a las piedras que rodean su prisión, empieza a murmurar diosdiosdiosdiosdiosdiosdios tantas veces hasta quedarse sin aliento.

Al escuchar sus murmullos, el custodio que verifica que nadie le dirija la palabra, ni le dé agua o comida o un impermeable para cubrirse de la lluvia, lo mira muy atento y, creyendo que no lo escucha, que está perdido en sus delirios, pregunta, casi para sí mismo: ¿Qué va a saber de Dios una criatura como tú?  

Assassine se levanta de un brinco haciendo caer los gajos de tierra que lo cubrían. Parece un molde de escultura de barro a media cocción. ¡De dios por fortuna no sé nada! ¡Nada, pero estoy seguro de que no es humano ni tiene nada que ver con lo humano! ¿O sí? ¿Tú crees que tenían que tratarnos así  porque iban en su nombre?

El custodio, que no esperaba respuesta y teme que las autoridades lo reprendan por alterar al enjaulado y poner en peligro a la población, le hace tragar una dosis de raíces de jengibre para adormecerlo. Atado de manos, Assassine no puede defenderse, pero el efecto anestesiante tarda en quitarle la euforia que se desata en su lengua y habla sin preocuparse mucho por ordenar sus pensamientos.

¿Qué podíamos hacer al vivir en una ciénaga donde lo más comestible eran alimañas, raíces y plantas acuáticas; donde de un día para otro había que intercambiar muestras de sangre, piel, cabello y dejarse examinar hasta el exceso de la humillación para obtener un poco de arroz y carne de soya? ¿Qué debíamos hacer al encontrarnos dominados por un grupo de científicos religiosos convencidos de que formábamos parte de la Esencia Primera de la Creación? Según ellos, éramos un precioso objeto de estudio y de prueba del poder de Dios sólo por el hecho de haber nacido inexplicablemente ahí, en medio de un pantano totalmente aislado de todo continente. Pero, en todo caso, de lo único que éramos culpables era de no haber escrito una historia de nuestro pueblo que incluyera evidencias de asentamientos prehistóricos, migraciones, guerras, intervenciones. Simplemente habíamos estado ahí desde siempre, nosotros y quienes estuvieron antes de nosotros. Habíamos hecho caminos de piedra; puentes de madera y lianas que nos llevaban  al exterior. Intercambiábamos lodo –¡sí, lodo para que la gente de La Orilla del Continente construyera sus casas!– por comida, ropa, utensilios. Aunque algunos se iban de la ciénaga y no regresaban, la mayoría se encontraba bien ahí: al no conocer otro tipo de vida no sentían la necesidad de huir o ser adoptados por algún país.

Ahora es claro por qué estaba tan nebulosa la mañana que llegaron esos hombres: la neblina encubría la barbarie de aquellos científicos avalados por el gobierno y por Dios para desentrañar un misterio de la generación espontánea y el amor divino. Eso decían, esa era su justificación, éramos resultado de la generación espontánea porque nadie tenía idea de cómo habíamos llegado ahí, pero si existíamos no era por mera casualidad, sino porque Dios así lo había decidido. ¿Qué nos hacía tan especiales para ser los elegidos del Creador? ¡Ah! ¡He ahí el gran misterio, la tarea que la ciencia y la iglesia neo-absolutista había encomendado a estos honorables miembros de la Comisión para el Resguardo de Evidencia de la Esencia Primera de la Creación. Nunca entendimos lo que esas palabras significaban, y nunca entendimos en qué éramos tan diferentes. Acaso nuestros pies, que con el tiempo se volvieron distintos a los de la gente de La Orilla del Continente, pero no porque Dios quisiera o lo mandara, sino porque debieron acostumbrarse a la humedad y el lodo, y por eso tienen estas ámpulas cubiertas de gruesos pelos. Pero eso no era suficiente, no era una prueba, no los obligaba a amurallar todos nuestros caminos hacia el exterior, a encerrarnos en sus cápsulas de vidrio y hurgar en nosotros por dentro y por fuera centímetro a centímetro.

 ¡Ah! ¡Pero no se atrevieron a recorrer las cuevas, no sabían que se puede atravesar el Océano de la Ciénaga por debajo del lodo, a través de las cuevas. Las cuevas húmedas y bochornosas, llenas de musgo, murciélagos y ciempiés. Las cuevas que Iris y yo recorrimos perdiéndonos una y otra vez, huyendo de esos salvajes que querían destrozarnos vivos con sus pinzas metálicas y sus ardientes líquidos intravenosos. Sólo nosotros, nosotros y cinco más quedábamos en toda la ciénaga. Porque ya nos habíamos comido a veinte, porque muchos se habían muerto de hambre y porque muchos habían quedado como sonámbulos, atrapados en esas cápsulas de vidrio llenas de un humo violáceo que salía de los tubos incrustados en  todo su cuerpo.

Iris sabía del laberinto de las cuevas, pero no sabía que era tan infinito. ¿Cómo imaginar un pasillo tras otro tras otro tras otro que se junta a otro y a otro y a otro, infinitamente oscuro? Iris me prohibió que la volviera a llamar madre cuando descubrió la grieta por donde entraba la luz que le lastimó para siempre los ojos. Nos costó mucho llegar a ella porque las piedras eran cada vez más lisas y el agua subía despacio, pero sin detenerse, de nivel. Iris me enseñó a retener el aire para flotar, a agarrarme de la orilla de las piedras más filosas o con más relieve. Iris hizo todo eso antes de darse cuenta que faltaba mucho para salir y que ya no teníamos comida. Fue cuando encontró una de las piedras filosas que sobresalían de la pared por donde escalábamos y, antes de aventarse contra ella para atravesarse el cuello, me dijo: mantén los ojos así, entrecerrados, y no los abras hasta después de mucho tiempo cuando estés allá afuera; por lo demás, ya sabes qué hacer.

El enjaulado va bajando la voz hasta adormecerse con sus palabras-murmullos. Hace rato que el custodio se ha ido sin terminar de escucharle. Tenía ganas de quedarse hasta el final, pero ha llegado su relevo y no se ha atrevido a pedirle que le cambie el turno o que le deje acompañarlo hasta que amanezca. No. Las leyes de este pueblo son inquebrantables. Assassine ha cometido un crimen monstruoso y merece una dureza ejemplar. Fue encontrado a la orilla de una cañada, abrazado al cadáver de una mujer visiblemente destrozada. Al principio se creyó que habían sido víctimas de un terrible accidente, pero los pedazos de carne y pellejo que la criatura rumiaba cuando un grupo de cazadores se acercó a prestarles ayuda, evidenciaron la horrible verdad.

No saben todavía lo que harán con él; todos los habitantes del  pueblo deben dejar su opinión por escrito y la descripción detallada del castigo que ha de recibir. Está prohibido verle o hablarle, y quienes lo custodian están completamente cubiertos con una manta roja: no permitirán que se reconozca en ellos, en los otros, en ningún hombre. No se ha vuelto a oír su voz; ni un gemido, ni un aullido siquiera. Es de suponer que a causa del hambre de estos días, ya se ha comido su lengua.

Sigue sin decidirse el castigo que tendrá: la mayoría opina que hay que dejarlo ahí hasta que termine por devorarse a sí mismo; otros dicen que lo mejor será dejárselo a las serpientes, a las hormigas o a las garrapatas. Sólo un  anónimo propone: Cocinémoslo y juzguemos, si la esencia del pecado sigue en su carne, qué tan culpable es.

***

*Este cuento forma parte de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma, Conaculta/Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012.

Iliana Vargas nació en la ciudad de México en 1978. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde coordinó el Encuentro Multidisciplinario en torno a lo Fantástico, en 2001. Fue coeditora del fanzine Caligari y ha colaborado en diversos foros y programas radiofónicos dedicados a la literatura. Su trabajo narrativo se encuentra en diversas publicaciones impresas y electrónicas, como Entremaresmagazine, La hoja de arena, La imaginación en México, entre otras, así como en las compilaciones Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013); Bella y brutal urbe. Narradores nacidos en la Ciudad de México de 1970 a 1989 (Editorial Resistencia, 2013); HIC SVNT DRACONES [Aquí hay dragones], (Conaculta /Tierra Adentro, 2013); Penumbria. Año I (Ediciones Penumbria/KGB, 2013); El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (Ficticia, 2012) y Antes de que las letras se conviertan en arañas (IMC, 2006). Es asidua a los encuentros y descubrimientos sobrenaturales, y de ello dan fe los cuentos que conforman su primer libro: Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (Conaculta/Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012).

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