Es Lo Cotidiano

No deberías llorar

Rocío Serrano Rangel

No deberías llorar

No deberías llorar, sabías que esto pasaría, yo también te lo dije muchas veces, “Aurora no se quedaría contigo”; ella siempre tan altiva, con ese aire de tanta seguridad en sí misma, independiente y además de todo, hermosa; pero tú creías que tenías todo ganado. Recuerdo la euforia con que me contaste que le habías confesado que la amabas, no podrías haber disimulado la alegría que sentías por el hecho de que ella no te rechazo de entrada; me contaste que sonrió y te beso tiernamente en la mejilla, por eso pensaste que te correspondía. Me preocupaba ver como día con día ibas ilusionándote al verla, al oír de ella; tú me decías que era amor, yo al principio lo dudaba, pero con el tiempo me di cuenta de que realmente te estabas enamorando. ¡Esto era nuevo para ti, lo dijiste con tanto entusiasmo! Incluso cuando le suplicabas que se vieran y te mandaba al demonio por cualquier otra cosa o persona, la disculpabas diciendo que era una mujer con muchos compromisos laborales y sociales, que eso te hacía admirarla más y debías aprender a tener paciencia.

¡Por favor, no hables ahora de querer morir, nadie se muere de amor! Te pedí tantas veces que dejaras de buscarla, que cuando paso una semana sin que la mencionaras, creí que habías comprendido que eran vanas tus ilusiones.

Pero el día que me llamaste de madrugada para contarme que habías estado con ella, que por fin habías logrado poseerla (que yo más bien he pensado que fue ella quien te sedujo a ti), me di cuenta que habías llegado demasiado lejos, ya no sería tan fácil el camino de regreso,  te dije que era solo un capricho de Aurora ¿y recuerdas lo que me contestaste?, que aunque así fuera habría valido la pena, habías besado su placible boca, ahora su aliento también te pertenecía; habías hecho tuya su tersa piel de durazno, te habías perdido entre la firmeza de sus senos mientras los besabas, te embriagaste con el aroma que su sexo emanaba; tu mente estaba turbada de tanto placer, te había permitido que la recorrieras centímetro a centímetro, que hurgaras en los rincones más profundos de su cuerpo. Yo te escuche sin saber que decirte y creo que de cualquier manera no me hubieras escuchado.

Al día siguiente nos vimos, nos encontramos en el café de siempre, aún se te notaba la emoción por lo que había sucedido; recuerdas que te pedí que pusieras los pies en la tierra, porque yo nunca creí que tuvieras futuro con ella, seguía pensando que no eras más que un juguete con el que ella estaba saciando una morbosa curiosidad, perdiste el control y me dijiste que lo que sucedía era que te envidiaba porque yo no era capaz de sentir amor como el que tú sentías y que no necesitabas una amistad como la mía. Ese día te vi alejarte con la furia de un remolino y te juro que desee ser yo quien me equivocara. Desde ese día no te busque, sabía que si llegabas a necesitarme tú lo harías y ya ves, aquí estamos. En verdad me duele mucho verte así, pero en el fondo sabíamos que esto pasaría, que no tenías ninguna posibilidad de algo con ella, Aurora es una mujer muy difícil de conquistar, ella siempre ha dicho en forma irónica que su vida solo la puede aquietar un verdadero hombre que cubra todas las necesidades que ella tiene como mujer y tú… tú solo eres una mujer insatisfecha contigo misma.

Rocío Serrano Rangel. Licenciada en Psicología. Ha participado en diferentes talleres literarios y grupos de teatro. Ha sido publicada en El Cartón. Preside la Corresponsalía Lagos de Moreno del Seminario de Cultura Mexicana y coordina talleres de creación literaria para niños y jóvenes. Es miembro del taller literario El Páramo.

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