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Poesía y revolución

Enrique Rangel

Poesía y revolución

¿Por qué la poesía es la mayor arma revolucionaria? Basta dar un vistazo a la historia del hombre para entender su poder de evocación y provocación.

Citando al diccionario de la Real Academia Española, la definición de poesía es: la

manifestación de la belleza o sentimiento estético por medio de la palabra en verso o prosa.

¿Y cómo si hablamos de belleza manifiesta se puede producir con ello entonces un efecto de cambio profundo? Veamos, si atendemos nuevamente la definición del diccionario de la lengua española, veremos que la revolución es, entre otros conceptos, el cambio rápido y profundo de una cosa. O el movimiento de un astro a lo largo de una órbita completa.

Hasta este momento sólo he tratado de mantener su atención en base a una sola pregunta, que he formulado al principio, para definir el porqué la poesía es la mayor arma revolucionaria. Pero de entrada les digo que también estoy haciendo poesía al articular, en engarces sencillos del lenguaje: sujetos, verbos, artículos,  adjetivos o predicados.

La poesía está implícita en la vida del hombre desde su gravidez suspensa en el vientre materno, cuando la madre canta una canción de cuna o acompasa con el pulso intermitente de su corazón, ese diminuto palpitar que dentro suyo se va transformando lento en  carne y hueso.

Seguramente el hombre primitivo encontró alguna manera de manifestar este ardor que lo revoluciona todo apenas manifiesto; aunque hasta el momento no tenemos constancia sino de su pintura rupestre –que para mí es, a fin de cuentas, una especie de ideograma balbuceante del universo vivo y de golpe en ojos nuevos-.

A través de la historia, desde los lejanos tiempos de Sumeria, hasta el vértigo que hoy nos producen las apps, second life, todas las redes sociales o los beat furiosos del new rave, la poesía está implícita en la evolución del ser humano y define con toda claridad su condición frente al universo.

De la Mesopotamia primigenia tenemos un canto poético que ha sobrevivido a lo largo de milenios, donde se refleja con su esplendor y decadencia el ideario de esos primeros hombres civilizados que iniciaron con la poesía la primera y gran revolución, a partir de la épica que relata el poema de Gilgamesh: la preocupación por la mortalidad. ¿Por qué el hombre es finito?

Este primer concepto, una pregunta apenas, una serie de 5 palabras en nuestro idioma español, generó un cisma que aún hoy nos tiene contra las cuerdas a más de 4,500 años de haberse formulado.

Homero revolucionó la Grecia antigua con su Odisea y La Ilíada, algo que también haría Virgilio en el naciente imperio romano a partir de La Eneida.

Aunque las revoluciones que evoco no fueron sangrientas, sí constituyeron por su efecto una nueva forma de entender el ser, de edificar un universo nuevo. De ahí que su efecto aún persista al paso de los milenios.

Para muchos de ustedes la poesía está ligada invariablemente al amor, lo cual no es falso, sino impreciso. Hoy existen al menos, según dictan los estudiosos ortodoxos, 19 formas de medir las sílabas poéticas –del bisílabo al eneadecasílabo- y al menos 11 fórmulas, de arte menor, y 11 también, en arte mayor, de articular en estrofas rimas y versos, para trasladar, de lo abstracto a lo sonoro la poesía contenida en todos nosotros.

 El amor, uno de los grandes temas de la poesía, en pleno siglo XXI, sigue generando la misma revolución, como lo cantaban los antiquísimos poetas egipcios, "Oír tu voz es para mí dulce vino, vivo de oír tu voz” – estos cuyos versos  [capturados en el Papiro Chester Beatty no. 1, de la época de Ramses V, hacia el 1125 a.c], no distan mucho de lo que hoy canta su servidor Enrique Rangel, o Nizar Qabbani,  el más grande de los poetas sirios, cuando dice: “El Burdeos que saboreo me vence/ y tu cálida voz no deja piedra sobre piedra”.

La poesía es el lenguaje natural del ser humano, sólo que lo opaca el ruido, la tropelía de la monotonía enseñada en aulas, empresas, en discursos políticos estúpidos, en el acto cotidiano de intentar domesticar al otro, a golpes, con usura,  con la venta de paraísos artificiales –abismalmente groseros y en extremo grotescos si se les intenta equiparar con los que fueron cantados por Baudelaire-.

La poesía no derriba naciones, porque su naturaleza no es violentar para derramar la sangre, sino las ideas. La poesía es la mayor arma revolucionaria porque les recuerda a los revolucionarios que son hombres. La poesía emancipa al hombre de su animalidad latente;  por ello la necesidad de su permanencia y escucha.

Como epílogo sólo diré que no soy un poeta revolucionario o un revolucionario poeta. Sólo un utópico que cree en la re-evolución. Y la poesía, estoy absolutamente convencido de ello, me dará la razón.

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