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Maestro | Vicente González del Castillo

Ernesto Padilla González del Castillo

Maestro | Vicente González del Castillo

Temido y admirado a la vez, permanece en la memoria de las personas que alguna vez le tuvieron de frente en el aula. Como le hicieran saber sus ex alumnos en el reconocimiento que le organizaron en 1963,

El recuerdo de sus enseñanzas vive en forma imperecedera en nuestra mente y nuestro espíritu, porque los conocimientos que desinteresada y notablemente ha sabido impartirnos, habrán de reflejarse con proyecciones benéficas para enaltecer los actos dignos de nuestra escuela y de nuestras propias vidas.[1]

La enseñanza de materias como Literatura Mexicana e Iberoamericana, Etimologías y Francés (idioma que, por el apego que sentía hacia la cultura francesa, dominaba a la perfección, sin haber estado nunca en ese país[2]), denotaban no sólo su amor al lenguaje sino, con mayor fuerza aún, su pasión por formar a personas íntegras y capaces, como fruto de una labor a la cual dedicó su empeño durante 48 años.

Un gran número de anécdotas ilustran la energía y el humor que podía respirarse en las clases que impartía.

Cuentan sus exalumnos que con frecuencia, al pasar lista, era víctima de bromas que aprovechaban su baja capacidad auditiva. Así, era común que antes de que el maestro nombrara a alguna de las estudiantes, un bromista se adelantara y preguntara en voz baja: ¿quién es tu novia? Evidentemente, la respuesta era el nombre de la muchacha, enunciado con firmeza y a muy alto volumen.

Pero Vicente también convertía a sus alumnos en víctimas de su alta exigencia y de la sana malicia que le caracterizaba. Dada la admiración que siempre profesó a su hermano José de Jesús, el maestro mantenía un retrato suyo en el aula donde impartía clases. Pero la imagen no sólo le servía para manifestar su amor fraternal, sino para vigilar furtivamente a los estudiantes cuando les aplicaba un examen, lo cual mantenía intrigaba a quienes eran sorprendidos en la ejecución de una trampa.[3]

Otra historia retrata de cuerpo entero tanto su rectitud como ese dejo de orgullo que con frecuencia le caracterizaba. Habiendo quedado Jorge, el mayor de sus nietos, inscrito en una materia que el maestro impartía, llegó el momento en que debió presentar el examen final, de manera individual y ante un pequeño jurado de tres sinodales, como era costumbre entonces. A fin de evitarse cualquier suspicacia, Vicente decidió excusarse de participar en la evaluación, por lo que hubo de llamarse a un sinodal suplente. La presentación de Jorge fue impecable, por lo que a su regreso, Vicente recibió varios comentarios elogiosos. Su respuesta fue tan corta como expresiva: Es mal de familia.4


[1] Fragmento del texto leído por Fernández (Pecas Jr.) en homenaje dentro de la cátedra de literatura Mexicana e Hispanoamericana, agosto de 1963.

[1] Testimonio de la maestra Angélica Bruneliere de Álvarez.

[1] Testimonio oral del Dr. Efraín Aranda Torres, alumno de Vicente.

[1] Testimonio oral de Jorge Padilla González del Castillo, nieto de Vicente.

Pero sin lugar a duda, el episodio que más fielmente plasma el alto valor que otorgaba a su labor docente, ocurrió justo unos minutos antes de su fallecimiento, cuando le acometió el infarto que un rato después acabaría con su vida. Habiendo percibido sus alumnos que se sentía muy mal, le ofrecieron llevarlo a donde pudieran atenderle adecuadamente. Vicente aceptó, no sin antes cumplir con su última obligación: Permítanme pasar lista.

*Vicente González del Castillo fundó y dirigió el Archivo Histórico Municipal de León, uno de los más importantes de México debido a su fondo documental virreinal. El presente texto forma parte del libro Vicente González del Castillo| Hombre de una pieza, compilado por Ernesto Padilla González del Castillo.

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